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Usted, señor Guillermo Vilas (Como de cuento)

Usted, señor Vilas, que aprendió a jugar tenis a punta de libros, y que aprendió a hablar inglés en parte porque esos libros estaban escritos en inglés.

Imagen del día en el que Guillermo Vilas obtuvo el título del abierto de los Estados Unidos, en 1977. Cortesía

Usted, que estuvo tres años frente a un muro de tenis porque su profesor le dijo que para fortalecerse, y hay que hablar de músculos, pero también de conciencia y de moral y de paciencia, tenía que estar esos tres años dándole a la pelota y al muro. Seis horas al día, siete días a la semana. Usted, que confesó hace años en una entrevista que no tenía ni idea de que el tenis existía hasta la tarde en la que se escapó de un partido de fútbol porque la gente insultaba y nada bueno podía salir de un lugar en donde la gente insultaba. Usted, que le explicó esa vez a Gastón Pauls que gran parte del enojo de la gente era porque habían sacado del juego a Amadeo Carrizo, y Carrizo era el ídolo de casi todo el mundo en Mar del Plata. Usted, que llegó a Villa Hansen y vio a dos tipos jugando con dos raquetas. Los dos, impecablemente vestidos de blanco, caballerosos, serios, limpios, brillantes.

Usted, señor, que se enamoró del tenis por aquella primera imagen, y que decidió aprender a jugarlo, y que lo jugó como pocos, y que fue el mejor del mundo y ganó los títulos más importantes y se la pasó de avión en avión y de hotel en hotel y de cancha en cancha, y que por su ejemplo hizo que millares de niños comenzaran a jugar tenis, y que aprendieran de usted su disciplina y perseverancia. Usted, señor, que se la pasaba con un libro en las manos, y que escribía todas las noches lo que le ocurría en el día, y que quería ser rockero y lo fue, y que quería ser poeta y lo fue, y que siempre tuvo claro que el mundo era su hábitat. El mundo, sí, porque usted decidía cómo vivir en ese mundo, en parte por su timidez mil veces admitida, en parte por su inclaudicable afán de hacer las cosas lo mejor posible. Usted, señor, que desde que empezó a hablar empezó a preguntar, y que atacaba a sus padres a preguntas pues quería saber, saberlo todo. Qué era la vida, qué era la muerte, qué era el juego, qué era la fantasía.

Usted, que creyó, que siempre creyó, y más que creer, se convenció de que sus mayores tenían todas las respuestas, y que una tarde se fue con su padre de paseo y su padre, el escribano número siete del círculo de escribanos de Mar del Plata, don José Roque Vilas, lo llevó a que viera un castillo y le dijo que lo esperara ahí para que le informara si la puerta se abría, porque cuando se abriera iba a aparecer una princesa. Y usted, señor, esperó. Fue el niño que esperó una hora y otra y otra, mientras don José Roque charlaba y jugaba con los amigos, hasta que se desgajó una tormenta y la puerta se abrió, y aunque no salió ninguna princesa, para usted fue como si hubiera salido y le hubiese mandado un beso. Nunca lo olvidó, como tampoco olvidó a su caballo, Estrella, con el que se iba de paseo desde las madrugadas hasta las tardes. Su confidente, su amigo más entrañable. Usted, señor, que aprendió a leer porque tenía que saber de qué cosas estaba hecho el mundo. Qué era el tiempo, qué era el amor, o eso de lo que hablaban que era el amor. 

Usted, señor, que necesitaba saber qué era aquello de la juventud perdida de la que hablaban los mayores, qué era un sistema, y cuál era el sistema que regía los días de su propia vida, y cómo se hacían los libros, y quiénes hablaban por la radio, y de dónde surgían las canciones. Usted, que fue el protagonista de su vida porque comprendió que a la vida había que ir a buscarla. Y buscó. Y halló. Y luchó. Y esperó. Y sufrió. Y rió.  Usted, señor Vilas, que abría tanto los ojos para ver siempre la pelota de tenis cuando empezó a jugar, que los lacrimales se le obstruyeron y pocas veces pudo llorar en serio, y usted, señor Vilas, que una tarde le oyó decir a alguien que uno de los brazos de Rod Laver era el doble del otro, y le pregunto a su primer profesor, Felipe Locicero, si eso era importante, y cuando escuchó que Locicero decía que si lo hacía Laver debía ser importante, se fue a fortalecer su brazo izquierdo jugando con una sola mano y echando la otra hacia atrás, hasta que consiguió ser como Laver. 

Y usted, señor Vilas, que de niño se daba la bendición con la izquierda porque era torpe con la derecha y empezó a persignarse con la derecha para no irse al infierno, y que luego comprendió que la izquierda hab+ia sido eternamente estigmatizada, y que dijo cuantas veces le preguntaron que usted era de izquierda en todo. Usted, señor Vilas, que le propuso alguna vez a un periodista que hablaran de la nada cuando le respondió a su saludo y le dijo "nada". Usted, que se dejó el pelo largo toda su vida porque era una huella de lo diferente, y que jugó con vinchas cuando las vinchas eran objetos demonizados, y que se inventó golpes, y que publicó tres discos, y que escribió miles de poemas. Usted, señor Vilas, que siempre fue un ejemplo y que por eso no sale todos los días en el "feo periodismo de hoy", como lo llamó unos años atrás.  

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Fernando Araújo Vélez

Cultura

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