HISTORIAS DE VIDA

Vanessa De La Torre: "Soy una constructora y realizadora de sueños"

Presentamos en nuestra serie Historias de vida, de Isabel López Giraldo, a Vanessa De La Torre, madre, esposa y periodista. En ese orden. Tiene un número importante de sueños y de ambiciones que mueven su vida. Nació al lado del río Pance, en Cali, lo que ha impactado su personalidad y la forma como se relaciona con la naturaleza.

Vanessa De La Torre, periodista caleña, afirma que la radio, la televisión y la prensa escrita la retroalimentan constantemente. Leo Queen

Tuvo una infancia rodeada de un paisaje muy verde y de un río maravilloso. Se relacionó siempre con animales y con personas de todas las clases, ámbitos y edades. Es una caleña muy extrovertida, va diciendo lo que le parece porque es sincera y honesta, no puede esconder lo que le gusta ni lo que le molesta, por esa misma razón, es muy transparente: “Conmigo las cosas de entrada son muy claras”, me dice. 

Mi papá, bogotano, médico oftalmólogo, era un gran lector y tenía una de las bibliotecas más exquisitas de Cali. Durante los años 60, cuando comienza la época revolucionaria, de la insurgencia y de las guerrillas urbanas, como él era muy de izquierda decide irse a vivir a Cali donde conoce a mi mamá.

Mi mamá, una niña de la sociedad vallecaucana nació en Tuluá y pertenece a una familia muy tradicional. A sus catorce años mataron a su papá y mi abuela quedó sola con seis hijas y tres sus hermanas: todo un matriarcado. Entonces mi mamá, en ese contexto de una violencia política tan dura, termina viviendo en Cali y a sus diecisiete años conoce a mi papá. Su familia lo rechaza de entrada por ser de Bogotá y por sus ideas de izquierda. Él era un tipo que rompía esquemas, que tenía las revoluciones plasmadas en al alma. Y mi mamá se enamora perdidamente de ese hombre inteligente, tan inquieto intelectualmente. Se casan y, mi hermano y yo, somos producto de ese amor.

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Mi papá fue de los primeros en fundar un centro de trasplantes en Colombia, y comienza el movimiento de trasplantes de córnea y de órganos que luego lleva a Medellín a convertirse en la meca de los trasplantes a gran escala en Colombia. Mi papá fue el pionero. Dirigió el Departamento de Oftalmología del Hospital Universitario del Valle durante treinta años. Fue un hombre magnífico, que tuvo siempre un sentido social impresionante. Recorrió todo el Pacífico Colombiano operando gente y yo lo acompañaba. Se esmeró mucho por mostrarme el mundo y yo por aprender. No sé qué fue primero, pero creo que la curiosidad periodística que tengo, la necesidad y el compromiso de contar historias de los menos favorecidos y de hacerlos visibles ante una sociedad que a veces puede ser tan arisca y tan agreste, nace del espíritu de mi papá.

Él tenía una combinación muy contundente. Por un lado, su espíritu libertario, heredado de la revolución francesa. Leyó tanto a los franceses que nos educó combinando esos principios elementales de la existencia, la libertad, los derechos humanos, la igualdad, la fraternidad: todo esto reinaba en mi casa. Y por otro lado, su servicio social marcó tanto su vida como la mía.

Entonces, desde que tengo memoria, mis vacaciones eran en Tumaco, por ejemplo. También tuve la oportunidad de conocer el Caquetá, porque mi papá vivió con mi mamá allá cuando nosotros éramos muy chiquiticos. Te cuento que  mi primera mascota fue un tigrillo selvático en El Doncello, Caquetá. Siempre nos llevaron a las montañas. Mi mamá creció en una hacienda a orillas del río Cauca -donde mataron a mi abuelo que era ganadero-, y todos los fines de semana íbamos a la finca en Tuluá. Yo aprendí a nadar en ríos.

Tuve una infancia muy marcada por una consciencia política y social. En mi primera comunión, se presentó un grupo de teatro con sus músicos, todos del Pacífico. Yo nunca tuve la fiesta de princesas de Disney, en cambio, teatreros, marimberos o bailadoras de currulao llegaban a mi casa a todas las fiestas.

El abuelo de mi padre era un médico peruano, que recorriendo el Pacífico llegó a Guapi y se enamoró perdidamente de una negra. Él cogió a su negra y se la llevó a vivir a Bogotá. Esa negra fue mi tatarabuela. De ahí viene un mestizaje muy fuerte. Mi papá era un hombre de piel muy oscura pero muy orgulloso de sus ancestros, como lo soy yo. Me enseñó que a uno por las venas lo que le corre es el Océano Pacífico. Crecí comiendo piangüa, persiguiendo tortugas, metida en medio de los manglares. Volver al Pacífico es reencontrarme con la vida.

Crecí en ese ambiente y con una biblioteca muy impresionante. Leí muchísimo desde siempre, a los trece años ya había conocido a los clásicos, a Dostoievski, Al Quijote -la obsesión de mi papá-. En mi casa siempre había libros pero también escritores amigos. Mis padres llevaban una vida intelectual muy intensa. Íbamos a Medellín a encuentros literarios donde hablaban de todo un poco mientras tomaban vino. Así crecí y así soy. Nunca fui televidente porque en mi casa por alguna razón estaba prohibido ver televisión y ahora trabajo en ella -lo cual es una paradoja- y obvio aprendí a tenerle un cariño y un respeto enorme. Pero para poder ver televisión negociaba con mi papá que siempre nos decía:

   — "Léete un libro a la semana y puedes hacer lo que quieras".

El rigor de leer un libro a la semana lo tengo desde siempre. Leo un libro de viernes a domingo sin parar, soy muy disciplinada leyendo y me ha gustado toda la vida. Tengo una biblioteca fabulosa en mi casa: es casa biblioteca. Vivo rodeada de libros, además, porque heredé gran parte de la biblioteca de mi padre: las grandes colecciones, la biblioteca de Borges, los clásicos de la literatura, los latinoamericanos. No me la he leído toda pero seguro algún día terminaré de hacerlo.

Siempre he sido muy inquieta, muy metida y preguntona. Pregunto lo que me apetece: nunca he tenido ese filtro de que hay cosas que se pueden preguntar y otras que no; creo que la diferencia está en el modo. No juzgo a nadie, me parece que todos los seres humanos tenemos un mundo en el que nos podemos explicar solamente nosotros mismos y mi tarea es simplemente contar hechos y disponerlos. Para lo otro, está la justicia. Creo que la sociedad ideal es donde cada uno hace bien lo que le corresponde. A mí como periodista me corresponde preguntar y contar.

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Fui muy juguetona. Crecí montando en bicicleta y en paseos con los amigos. En el colegio era insoportable pero tuve la fortuna de haber llegado al Gimnasio la Colina después de que me echaran de otro colegio por indisciplinada. La rectora desde que me vio, identificó que yo era buena para el teatro, para leer y escribir, y me dejó montar un periódico que dirigí. Me gané el premio a mejor actriz en el Festival Intercolegiado de Teatro de Cali en 1996 con una obra de Jairo Aníbal Niño sobre la masacre de las bananeras, entonces a los dieciséis años ya sabía que era la United Fruit Company. ¡Era imparable!

Cuando me gradué, me fui a vivir a Washington a perfeccionar el inglés. Además, no sabía qué estudiar. Mis padres no estuvieron de acuerdo con que yo me dedicara al teatro. Yo quería estudiar en Argentina en una de las escuelas de Konstantín Stanislavski, el gran padre del teatro ruso. Literatura era también una opción y comunicación social, biología. Era muy indisciplinada, pero era muy creativa, entonces la sacaba por donde fuera. Los números no me gustaban pero me aprendí -por ejemplo- la tabla periódica de memoria. Todavía me la sé. (la recita).  Me aprendía las cosas con canciones, por ejemplo le puse ritmo a las invasiones bárbaras:

   — Anglosajones, francos, visigodos, escandinavos, alamanos y normandos, también los hunos, su rey Atila… (canta)

Los inventos de la Edad Media, me los aprendí también con una canción: pólvora, papel, imprenta, astrolabios, calaveras, brújulas y los sextantes. Todo me lo aprendía de memoria con canciones como mi método de estudio. Cantaba, obvio, en la mitad de los exámenes.

Me escapaba del colegio para irme al río con mis amigos y me inventaba que tenía citas médicas. Era muy necia pero muy buena persona entonces los profesores me querían. Yo era la que hacía las obras de teatro, recogía la plata para las fundaciones,  lideraba las jornadas de apoyo social.

Nunca he dormido bien. Chiquita me obligaban a acostarme a las ocho de la noche y me levantaba a las seis de la mañana, pero durante la universidad me desperté siempre a las cuatro de la mañana a pintar. En Washington, la primera vez que viví allá en 1996, me inscribí en clases de pintura y de arte en la National Gallery. Pintaba y copiaba cuadros. Tuve un amor enloquecido por Vincent Van Gogh. Cuando regresé a Colombia decidí estudiar comunicación social con énfasis en historia del arte.

Estuve en psicoanálisis desde muy jovencita. Y es que mi mamá decidió estudiar educación preescolar cuando yo tenía más o menos dos años, porque pensaba que debía ser una profesional para poder criar a sus hijos, en especial a mí. Después con los años estudió gerontología. Fue siempre muy comprensiva de las inquietudes que yo tenía en la infancia y decidió con mi papá que me apoyarían con un proceso de psicoanálisis. A los trece o catorce años conocí al psicoanalista Víctor Salamanca, a quien quiero y respeto profundamente, y recuerdo que conversando sobre mi carrera, concluimos que comunicación social me permitiría atender una cantidad de inquietudes que yo tenía precisamente por su amplio espectro. Hice psicoanálisis muchos años, como cinco, tal vez.

Podría definirme como una persona curiosa, disciplinada, observadora, en paz con la naturaleza y con la gente que me rodea. A mis hijas les inculco una disciplina férrea, horarios y criterio para saber lo que se debe hacer y lo que no. Mi vida es al aire, la radio es al aire como la televisión, entonces no soy flexible con mis horarios y soy súper respetuosa de los tiempos de los demás. Me molesta el incumplimiento. Ser tan rigurosa con los tiempos es lo que me permite hacer todo lo que hago.

Viajé a Medio Oriente a un kibutz en Israel cuando tenía diecinueve años. Estando en la Javeriana, escuché la conversación de unos compañeros hablando de un kibutz. Yo no sabía qué era, ni dónde quedaba, pero me llamó la atención así que empecé a averiguar. Para resumirte, apliqué a uno y me recibieron. Tenía que estar el 8 de agosto de 1999 en Tel-Aviv y viajé con una amiga. Me gustó pero no me encantó. Eran jóvenes de todos los lugares del mundo, trabajando. Tal como funcionaba la base de la economía israelí: sociedades pequeñas y autosuficientes que comparten entre sí los productos que desarrollan. A mí me pareció un campo de verano. Trabajábamos en la mañana y en la tarde nos divertíamos. Pedí cambio de kibbutz y nos fuimos a un hostel de inmigrantes ilegales en Tel-Aviv, mientras nos asignaban el nuevo kibutz. Allí conocí muchísima gente, tan impresionante como maravillosa y muy trabajadora, pero también conocí el drama de la inmigración ilegal. Era caro vivir en Israel, entonces yo me inscribía todos los días en la lista de trabajo y terminé lavando platos, siendo mesera, cuidando niños: lo que hace cualquier inmigrante ilegal en cualquier ciudad del mundo. Mis papás pensaban que yo seguía en el kibbutz en Israel. No imaginaban que estuviera en un hostel de inmigrante trabajando a los veinte años. Ahorré mucho dinero y decidí que me iba a la India.

Viajé por el Medio Oriente en una pausa de un semestre de universidad. Estuve en Israel, en Egipto, y en la India con el ahorro del trabajo. En Nepal aprendí a meditar, hice yoga y subí al Annapurna, la sexta montaña más alta del mundo. A mis veinte años hice un viaje que me cambió la vida.

La India te muestra lo más afortunado y lo más desgraciado que tiene la humanidad en todas las facetas: desde los deformados de la radiación hasta el esplendor de la riqueza, la desgracia, las castas -que es la forma como está dividida su sociedad-, el poder de la religión que es tan inconmensurable; la riqueza de la ecología, de los paisajes, de ese medio ambiente que es tan divino, pero también tan contaminado. Encuentras lo mejor y lo peor que le ha pasado al ser humano en una cuadra. Al lado de una estación de tren puedes ver a los enfermos de sífilis o a las personas con lepra. La vaca pasa al lado del semáforo y el elefante al lado del carro. Es un subcontinente en el que hablan tantos idiomas, -dos mil dialectos heredados del Hindi-, que los obliga a comunicarse en inglés. Leyendo a Octavio Paz pensé que la entendía un poco pero cuando llegué me di cuenta de que a la India es imposible comprenderla. Es un lugar que rompe los cimientos. Coge lo que tú crees que eres, lo que tú piensas, tu concepto sobre vida, religión, política y todo te lo desbarata, pero te lo vuelve a armar.

Como bien dices, me sacudió. Con una cultura occidental como la mía, que había vivido en Washington, que había estudiado en Bogotá, con un papá cultísimo, una madre comprensiva y dedicada, me encuentro ese mundo tan caótico pero a la vez tan fascinante. Fue súper fuerte. Conocer el Ganges, el río por el que ha pasado la mitad de la civilización del planeta, fue un sueño. Siempre me ha llamado la atención cómo la religión impacta el desarrollo de la humanidad. En Israel me encuentro la mezquita de la Piedra de Jerusalén, que es la tercera más importante después de Medina y La Meca. Ver a estos francotiradores al frente del muro de los lamentos, a los católicos y a los judíos entregados a la devoción mientras al lado están los francotiradores árabes protegiendo su mezquita. Todas estas contradicciones religiosas me generaron incertidumbre y un espíritu muy crítico frente a la religiosidad y frente a la espiritualidad. En ese Ganges encuentro un río enorme y precioso, en el que tiran a sus muertos, sus vacas putrefactas, pero se toman su agua y en él se bañan para limpiar los pecados. ¡Cómo entenderlo!

Mi respeto por la naturaleza nace de ese viaje porque es como si la naturaleza dijera:

   — Mire, usted como ser humano puede hacer lo que quiera, es lo suficientemente inteligente como para saber si quiere destruir, cuidar, maltratar, acabar, matar, o hacer lo que quiera. Pero yo me impongo.

Y es que no importa lo que el ser humano haga en al planeta, si lo destruye o lo cuida, el planeta va a sobrevivir, porque es lo suficientemente fuerte y también capaz de reconstruirse, de reinventarse, como para poder seguir existiendo. Como en Bojayá, en  Machu Picchu o en Santa Marta, el verde se impone y cubre las ruinas que el hombre excava y descubre. Y luego, un día, la naturaleza volverá a cubrirlo todo.

Luego de ese viaje regresé para terminar mi carrera en Bogotá. Pero nunca volví a ser la misma.

En el año 2000, Juan Carlos López que era el jefe de la corresponsalía de CNN en Español en Nueva York, Javeriano, ofrece la posibilidad a un estudiante para que se vaya hacer una pasantía a Nueva York con él. Ese mismo año surgieron dos cupos más en CNN Atlanta. Mis dos amigas, compañeras de estudio, se fueron para Atlanta y yo para Nueva York.

Estando allá, tumbaron las Torres Gemelas (llevaba apenas cinco días). Entendí, con un dolor inaudito, lo que estaba ocurriendo en el mundo y que a mí me gustaba esa presión, esa pasión, el explicar y el contarle al mundo lo que ocurría. Fue durísimo pero ese día decidí que quería ser periodista.

Estaba en CNN cuando mi mamá se enfermó y la tenían que operar. Le hicieron una cirugía complicada, así que decidí devolverme al país después de soportar un invierno muy duro y la amenaza del ántrax. Recuerdo que andaba con unas pastillas de ciprofloxacina en un bolsillo y el pasaporte y la plata en el otro. Era un ambiente muy tenso.

Tengo una relación de amor y de melancolía con Nueva York. Allí siento que no me alcanza nada, ni el tiempo ni la plata ni las ganas. Quedé con una melancolía muy dolorosa. Me tocó la Nueva York que perdió el anonimato, donde todo el mundo se volteaba a mirar si había un turbante y yo ya los conocía, yo ya había convivido con turbantes y sabía que esa demonización del islam era equivocada. Me dolía la ciudad. Me daba miedo el mundo porque también había este nuevo surgimiento de un terrorismo que no era frontal -como el de la Primera y la  Segunda Guerra Mundial-, sino de pequeños núcleos terroristas regados por todo el planeta. Me sentí muy vulnerable y pensé que si iba a cubrir una guerra pues que fuera en Colombia donde lastimosamente siempre hay guerras.

El once de septiembre vi gente tirarse de los edificios. Me quedé en un hotel al lado de la oficina, por el Madison Square Garden, y todas las noches oía las sirenas y esperaba a que tumbaran el Empire State. Sabía quién era Osama Bin Laden por mi curiosidad por el mundo árabe. Supe entonces que ese es el tipo de periodismo que quería hacer: pero en Colombia.

Tuve a mi regreso la gran fortuna de entrar al programa Reporte Mundial de CM& donde conté con un jefe magnífico, Jorge Iván Castro. En ese momento Yamid Amat regresó de Caracol Televisión, era marzo de 2002. Decidió acabar con el programa pero yo me quedé trabajando con él. Aprendí a hacer periodismo creativo, viajé muchísimo, fui reportera de fiestas y de carnavales por toda Colombia. Luego Yamid montó un noticiero largo y yo fui directora del programa ‹Los Ángeles de CM&› a mis veintitrés años. Presentaban Viena Ruiz, Adriana Arboleda, Catalina Gómez y María Mercedes Ruiz. Hice unas cosas loquísimas, todo lo que se me ocurría me lo dejaban hacer. La verdad que he sido muy afortunada con unos jefes que me han permitido soñar y ser creativa.

Nunca he sabido qué voy a hacer, pero voy encontrando cosas y siempre tengo proyectos, así que cuando dejo de hacer algo que me gusta, tengo que pensar en lo siguiente. No soy el tipo de persona que se queda rondando en la tristeza, en la desgracia o en lo que no funcionó. Le huyo a las amarguras y le corro a las a los problemas. No me gusta el conflicto ni el drama. Me gusta todo facilito, rápido, suave… Busco soluciones. Mi talante es construir y no quedarme estancada.

Tengo una capacidad infinita de borrar lo que me duele. No sé cuándo se murió mi papá, no sé la fecha ni el año, pero sí sé el día: fue un martes. Es una fecha tan triste y tan dolorosa me marcó. Me pasó algo muy particular en estos días. Estaba con mi mamá y con mis hijas en Villa de Leyva. Pasamos un sábado por la noche charlando, tomando vino y hablando de mi papá. Y a los días, me dice mi mamá:

   — ¿Sabes que esa noche tu papá estaba cumpliendo años?

   — ¡No puede ser! ¿Cuántos?

   — Setenta.

No le pregunté la fecha porque no me quiero acordar, pues aprendí a vivir con esa tristeza. Y la tristeza es algo que respeto profundamente porque la muerte la conozco de frente.

He tenido muy buenos amigos hombres. A mi mejor amigo un cáncer se lo llevó a sus veintinueve años. Fue una amistad y un amor precioso durante casi una década de mi vida. Esa muerte me dolió mucho. Pero otro amigo (con el que viajé a la India, a Nepal, Israel y a Egipto, un chef genial que se fue a vivir a Londres cuando yo regresé de Medio Oriente a Bogotá), murió hace cinco años en Hong Kong cuando lo atropelló un camión. Fue muy fuerte. No creo en nada después de la muerte, tampoco le tengo miedo porque la he mirado a los ojos tantas veces y se me ha llevado a tanta gente que quiero, pero le temo a faltar por mis hijas.

Mi proyecto de vida siempre ha sido propositivo con gente propositiva. Soy de muy pocos amigos, pero a la gente que quiero, la adoro con el alma, con el resto no me desgasto. Las redes sociales me tienen sin cuidado: que si me vieron con una coca de almuerzo al aire o no, eso no tiene ninguna importancia. Pongo filtros a todo y no leo lo que no me interesa.

Siempre me he movido por el amor. Después de CM& decidí hacer una maestría. Me enamoré de un argentino que se iba para Washington, con quien me casé. Fui corresponsal de La W, de El Espectador, de El País de Cali, cubrí las elecciones de Obama para Radio Caracas Televisión, para Unitel de Bolivia, para Telefé de Argentina y para Ecuavisa de Ecuador.

Cuando renuncié a CM&, no tenía trabajo. Me llamó Julio Sánchez Cristo a proponerme ser su corresponsal de La W. Morí de la emoción -es algo que le voy a agradecer a Julio toda la vida-. En esa época Uribe tuvo su primer encuentro con George W. Bush y Lucía Madriñán, entonces directora de Noticias Caracol, me llamó y me propuso cubrir ese encuentro. Yo no sabía de qué iban a hablar y nunca había entrado a la Casa Blanca. Fue muy angustiante pero me le medí, lo hice bien y Caracol me contrató. Así fue como terminé trabajando con Caracol y La W, y escribiendo para El País.

Como tenía amigos venezolanos, cuando Radio Caracas necesitó una corresponsal trabajé con ellos. Chávez estaba en el poder pero todavía no en ese quiebre de la democracia tan contundente que se dio más tarde. Y a mí me toca su cierre en el 2008. Nicolás Maduro que era el Canciller, viajó a Washington y me propuso ser corresponsal de TELESUR muchas veces pero nunca acepté porque he sido una defensora de la democracia. Y es que la democracia puede no ser perfecta pero tenerla y preservarla es una obligación.

Washington para mí fue una experiencia muy importante porque conocí el periodismo magistral. El periodismo que hacen los gringos es admirable, como su respeto por las instituciones. Eso que tienen de preguntar lo que quieren, a quien quieren y de siempre estar incomodando al poder, es real, es en serio. Y yo lo aprendí. Y es que yo sí me creo el cuento de que la prensa es muy poderosa, muy importante y determinante en el destino de las sociedades. Soy una convencida de que un país con una democracia fuerte y sólida, y obviamente, un país libre, necesita una prensa comprometida, trabajadora e independiente.

Honestamente Isa, lo que a mí me gusta es contar historias que muestren cómo le ha cambiado la vida a tanta gente que no vemos. Estoy escribiendo un libro sobre el amor y la guerra, sobre cómo amamos las mujeres y la forma como somos capaces de cambiar y de reconstruir la sociedad y el mundo a nuestro alrededor. Una  mujer enamorada puede superar las heridas de la guerra y crear un impacto muy positivo en su familia, en los vecinos y en ella (que fue lo que le pasó a un gran número de mujeres desmovilizadas). Este libro es producto de una investigación periodística muy exhaustiva.

Cuando me separé de mi primer esposo, aprendí a vivir sola y sobreviví (mi papá murió cuando yo vivía en Washington). Me encontraba lista para trabajar en una cadena estadounidense pero estando allá conocí a Diego de quien me enamoré: un colombiano criado por fuera que había regresado a vivir en Colombia. Analizamos la posibilidad de estar juntos, si a él le resultaba trabajo en Washington o a mí en Colombia, lo que ocurriera primero. Y Caracol me trajo a presentar el noticiero de la mañana. Entonces con él regresé a vivir a Bogotá y me hice mamá (algo que planeaba con un año de anticipación pero ocurrió antes de lo previsto). Tenemos dos hijas y una familia que adoro.

Nunca dejé de trabajar, sólo durante la licencia de maternidad (no me he desconectado del trabajo pero lo he variado). Además he hecho televisión, que me fascina, radio y prensa escrita. Las tres se retroalimentan y son muy distintas. La televisión es mágica, poderosísima e impacta a millones de televidentes con historias, crónicas y reportería. La radio es improvisación, inmediatez, eres tú con lo que tienes, con lo que eres porque no puedes fingir nada. En cuanto a la prensa escrita te digo que si yo no escribo, no entiendo. Es la forma de decantar la realidad, de entenderla, asimilarla y reproducirla por escrito. Escribir es un ejercicio porque para entender el mundo yo necesito escribir.

Me gusta hacer de todo un poquito y el tiempo me alcanza. Nunca nada me parece suficiente. Soy súper inconforme con todo, con la gente, con la vida, con los proyectos, con los reportajes. Yo me veo en televisión y digo:

   — Pudo estar mejor.

Hago un reportaje y lo veo al aire y digo:

   — Pudo haber sido mejor.

Me exijo mucho. Con esta entrevista, seguramente cuando la lea, voy a decir:

   — ¿Cómo dije eso? ¡Pude haber dicho tal cosa!

Eso hace parte de mi naturaleza. Siempre quiero más.

Creo que la vida es el resultado de una construcción constante e incansable, con unos elementos que en mi caso son disciplina, creatividad, algo de talento y una curiosidad infinita. Pero yo no sería lo que soy hoy en día si hubiera cambiado o hubiera hecho algo distinto.

¿Por qué pasó del "obviamente me lo gané" (la experiencia en Washington), a "algún talento debo tener"?

Porque soy muy insistente. Soy el tipo de persona que cuando quiere algo, lo tiene y punto.

¿Cómo sabe cuál es el momento de mirar para otro lado, de pasar la página?

No es un instante reflexivo, es innato. Si hay algo que no me gusta, lo dejo, lo aparto. Si hay una persona que me incomoda, la saco de mi vida. No me sumerjo en discusiones ni en episodios. Y cuando me llaman a darme informes o razones:

   — Mire es que le quiero explicar…

Yo no quiero que me expliquen nada porque no soy una persona que circule dentro de lo mismo. Lo que quiero, lo busco. Soy una constructora y realizadora de sueños. Me aburren las explicaciones y los dramas. Te repito: muy pocas cosas en la vida son realmente importantes, lo demás es efímero.

¿Cómo maneja la frustración?

Busco otra cosa que me guste. Me dura tres minutos, ni siquiera, sólo dos, y se me pasa. Pienso en lo que sigue. No soy una persona que esté pensando qué hubiera sido sí… ¡Nunca!

Hablando de ‹hubiera›, ¿si no fuera periodista a qué se hubiera dedicado en la vida?

Tal vez sería una bióloga marina o una exploradora del Amazonas. Me encanta la naturaleza. Perfectamente podría ser una escritora de la National Geographic.

Si no fuera una persona sino un animal ¿cuál sería?

Quizás un águila.

¿Cuál es su elemento?

Soy una persona súper terrenal, con los pies muy puestos en la tierra y la cabeza en el aire. Vivo en construcción permanente, soñando, pensando. Me fascina el agua y soy buzo profesional. Si me toca hacer alpinismo pues me subo al Himalaya, pero soy una persona con los pies en la tierra.

Medito a diario porque me da tranquilidad y me ayuda a mantenerme bajo control porque soy muy acelerada.

¿Cuál es su nivel de riesgo en la vida?

No me gusta nada que me implique riesgos. No me gusta tirarme de un paracaídas, ni montarme en una moto. Los deportes extremos no me interesan.

¿Qué cosas son las que más disfruta?

Me gusta conversar, pintar, reírme. Disfruto cosas muy elementales. Soy feliz sentada en un parque, debajo de un árbol, tomándome un buen vino con alguien al lado con quien pueda conversar delicioso. La felicidad son esos pocos momentos, pasajeros. Toca saber que los estás viviendo porque se pasan y tal vez no te enteras.

Soy amante de los mercados. En cualquier lugar del mundo voy al mercado local a ver qué encuentro porque me gusta la variedad, los colores, hablar con la gente y probar la comida local.

¿Cuál es su color?

Para todo lo importante me visto de rojo. Me encanta pero también me gusta el blanco. Tengo unas amigas me van y me organizan el closet porque no tengo tiempo para saber qué combina con qué. Entonces me dejan todo armado y listo.  Me gusta verme bien pero no soy vanidosa.

¿Existen los grises en su vida?

Sí, como en la vida de todos pero yo soy muy clara. Esto está bien, esto no. Entonces no doy ese espacio a enredarme. Soy abierta a las palabras, a preguntar, a que me digan.

¿Cuál es su límite?

La sensatez es mi límite. Cuando algo es insensato me desbordo.

¿En dónde debería estar en este momento?

Aquí sentada contigo. En cinco minutos en radio. Yo estoy donde me toque.

¿A qué época pertenece?

No sé, yo creo que a esta. Soy una bohemia encantada, me gusta la música desgarrada.

¿Sólo ahí le gusta el drama?

En la música y en las historias de amor. Soy una enamorada de la vida, del amor, de mis amigos, de mi trabajo. Creo que el amor rejuvenece, revitaliza. Es ese motor que hace comprensible lo incomprensible, que permite vivir lo que no podrías aceptar.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted?

Un buen recuerdo y ganas otra vez de volvernos a ver.

Soy una mujer de detalles y muy observadora. Me gusta atender y me encanta cocinar. Mi casa es un espacio completamente abierto a mis amigos y me gusta que la gente se sienta bien conmigo cerca.

¿Qué debería decirse el día de mañana?

Aquí murió una mujer feliz. Aquí yace una mujer feliz. Soy feliz Isa. Me esfuerzo un montón por ser feliz ¡un montón!

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