Vargas Llosa actúa en “Los cuentos de la peste”

El escritor peruano presenta su nuevo libro en España y, al tiempo, lo lleva a las tablas con él como actor en el Teatro Español de Madrid.

Portada de su nueva obra ‘Los cuentos de la peste’ (sello editorial Alfaguara), que en breve estará en las librerías colombianas.

Mario Vargas Llosa acaba de lanzar en España “Los cuentos de la peste”, su más reciente libro de relatos basado en el “Decamerón” de Boccaccio. Además, el próximo 28 de enero estrenará la versión teatral de la obra en el Teatro Español de Madrid, con él como protagonista en su reaparición como actor.

El año pasado, en su estudio en Lima, le había contado a El Espectador cómo esta obra le permitió escapar de la realidad durante el último año y medio en un homenaje a los 700 años del nacimiento del escritor italiano Giovanni Boccaccio, el autor de los cien relatos que componen el volumen que el nobel de Literatura peruano considera “inventó la prosa narrativa italiana e inauguró la riquísima tradición del cuento en Occidente”.

“Desde la primera vez que leí el “Decamerón”, en mi juventud, pensé que la situación inicial que presenta el libro, antes de que comiencen los cuentos, es esencialmente teatral: atrapados en una ciudad atacada por la peste de la que no pueden huir, un grupo de jóvenes se las arregla sin embargo para fugar hacia lo imaginario, recluyéndose en una quinta a contar cuentos. Enfrentados a una realidad intolerable, siete muchachas y tres varones consiguen escapar de ella mediante la fantasía, transportándose a un mundo hecho de historias que se cuentan unos a otros y que los llevan de esa lastimosa realidad a otra, de palabras y sueños, donde quedan inmunizados contra la pestilencia”.

Releyéndolos empezó a imaginarlos en escena y a construir diálogos, pero antes de convertirlos en una pieza teatral viajó a Certaldo, el pueblito medieval donde el intelectual italiano hizo de la peste negra que devastó a la ciudad de Florencia en marzo de 1348 un clásico en el que un grupo de jóvenes huye de esa epidemia letal contando historias irreverentes y fantásticas mientras morían 40.000 de sus paisanos a causa de la enfermedad transmitida por las ratas que trajeron el virus en los barcos cargados de especias de Oriente.

Vargas Llosa llegó en pleno invierno a la casita donde el teólogo Boccaccio habría escrito durante tres años “esos cuentos licenciosos y geniales” contra el clero. Al calor de una sopa de migas y verdura, acompañada por ribollita toscana y un vinito local que “rastrilla el paladar”, empezó a sacar en limpio lo que quería hacer: una adaptación libre en la que selecciona relatos por gusto y los recrea.

“Adapto ocho cuentos y Boccaccio es personaje de la obra —dice satisfecho—. A mí siempre me fascinó el comienzo del ‘Decamerón’”. Y lo recita de memoria: “Humana cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de él necesitado o le fue querido o ya de él recibió el contento, me cuento yo”. De nuevo invita a imaginarse la situación: “Viene la peste y están confinados los florentinos. Un grupo decide meterse a una casa y escapar por la imaginación contando cuentos. Me pareció una situación teatral muy dramática. Sin poder salir de allí, cercados por la muerte, escapan con la fantasía. Eso me dio vueltas en la cabeza durante mucho tiempo”.

Se emociona como el adolescente de 16 años que en 1952 escribió “La huida del inca”, su primera obra llevada a escena en el colegio San Miguel y el Teatro Variedades. “Es que mi sueño de chico era ser autor teatral, sino que en esa época no había casi movimiento teatral en Lima. Era una frustración, y escribir obras era correr el riesgo de no verlas nunca en un escenario. Eso me empujó más hacia la narrativa, aunque al final he escrito bastantes obras de teatro (nueve)”. Admite: “Durante muchos años oculté, como un vergonzoso pecado de juventud, esta obra teatral”, pero ahora le agradece haberle hecho entender que hay historias que “sólo sobre un escenario cobran la animación y el esplendor de las ficciones logradas”.

Vuelve a “la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito” y lo animan más recuerdos: la obra que escribió en memoria de su abuela centenaria, la Mamaé, que como último acto de vida “cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción”. Ese papel lo encarnó Norma Aleandro. Vuelve al “paraíso de la infancia”, a “la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari”. Cuando escribir era el juego de un niño sin padre, no una forma de rebelión, “de escapar a lo intolerable”.

Después de posicionarse como uno de los grandes novelistas latinoamericanos, recobró ese espíritu picaresco escribiendo obras como “Kathy y el hipopótamo” (publicada en los años 80), que lo llevó a inaugurar su legendaria colección de esculturas de hipopótamos, centinelas de sus bibliotecas, encantadores para él por holgazanes y proclives al sexo.

“El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, ‘La muerte de un viajante’, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir aquel drama con incas”. Una relación que analiza en el prólogo de su dramaturgia reunida, publicada en 2006 por Alfaguara y exaltada en el discurso de recepción del Nobel de Literatura en 2010: “Mi amor por el teatro dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia”.

Desde que descubrió “el teatro de Brecht” nunca dejó de leer ni de ver lo que han significado para este arte Shakespeare y Stanislavski. Se detiene en franceses como Jean Vilar, creador del Festival de Avignon, y en el Odeón de Jean-Louis Barrault.

Con ellos en la mente y la pluma, estrenó en 1981 “La señorita de Tacna”, la historia de una mujer que, tras romper con su novio, se queda soltera el resto de la vida, protagonizada en México en 1983 por Silvia Pinal. En 1986 escribió “La Chunga”. En 1993 “El loco de los balcones”, sobre un hombre empecinado en rescatar los balcones de Lima. En 1996 “Ojos bonitos, cuadros feos”.

El investigador y crítico Óscar Rivero-Rodas, en el libro “El metateatro y la dramática de Vargas Llosa: hacia una poética del espectador”, dice que, “a diferencia del teatro tradicional, que explica o refleja la crisis de la conciencia de los personajes por los actos objetivos y concretos de éstos, el teatro de Vargas Llosa acude a la representación de la conciencia en crisis para iluminar y explicar con ella los actos empíricos y concretos”.

Al pie del Támesis”, una obra entre humorística y trágica, la presentó en un acto de beneficencia en Bogotá en 2009. “Claro. La escribí a partir de una anécdota que me contó Guillermo Cabrera Infante. Me dijo que había recibido una llamada de un poeta venezolano que frecuentábamos en los años sesenta, Esdras Parra. Se vieron, pero cuando llegó Esdras se había cambiado de sexo en una época en la que esa era una operación rara. Guillermo me contaba de su sorpresa y la incomodidad que sentía porque no sabía cómo tratarlo, si como varón o como señora”. Vargas Llosa la escenificó en Londres y fue de las que más se demoró en terminar porque el primer borrador era de los años 70. La tendencia unificadora de su teatro es la sátira, “la ironía verbal y la ironía dramática como recurso narrativo”, concluyó María Elvira Luna Escudero-Alie en una investigación para Georgetown University basada en “El loco de los balcones” y “Ojos bonitos, cuadros feos”.

También se presentó en Bogotá en 2003 una versión de su novela “La fiesta del chivo”, dirigida por Jorge Alí Triana. Sonríe al recordar al Vargas Llosa actor en “Odiseo y Penélope” (2006) o en “Las mil noches y una noche” (2008), en el papel del despótico rey Sahrigar junto a una bella Sherezada en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México.

¿Qué siente al interpretar su propia ficción? “El teatro es la ficción encarnada. Para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, vivirlas en carne propia, hacerlas realidad, es una experiencia extraordinaria. Los autores viven la ficción y los espectadores también de una manera que nunca tiene el novelista que siempre ve como algo nublado e inmaterial lo que crea”. Se sintió más cómodo en “La verdad de las mentiras”, donde hizo —por ejemplo en Chile— una de las lecturas dramatizadas de los cuentos “Una rosa para Emily”, de Faulkner; “Diles que no me maten”, de Rulfo; “El infierno tan temido”, de Onetti, y “El Aleph”, de Borges.

Vuelvo a su interpretación del “Decamerón”. Construyó a Boccaccio como personaje apoyado en el recorrido por Certaldo hasta su tumba, donde dejó una hoja de laurel, y por la aldea de Corbignano, donde hay otra casa en la que vivió; en la investigación en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia, en la consulta de manuscritos originales del escritor que hizo que la Comedia de Dante se empezara a llamar “divina”. El Nobel de Literatura se arriesga de nuevo a actuar a los 78 años de edad, porque quiere sentir la adrenalina del Teatro Español de Madrid, a los espectadores, retar a los críticos. Empezó 2015 en ensayo tras ensayo. “Vamos a ver. He hecho un pacto con el director (el español Joan Ollé) y voy a cumplirle si la memoria me lo permite”. En este canto al hedonismo y a la imaginación actúa junto a Aitana Sánchez-Gijón, Pedro Casablanc, Marta Poveda y Óscar de la Fuente.

Vargas Llosa también es sinónimo de teatro y se siente orgulloso de que desde 2008 funcione en un auditorio de la Biblioteca Nacional de Perú, en Lima, un teatro con su nombre. El “escribidor” ha vuelto a sus años de tablas y al “temblor excitado del principiante”. Además de entrenar la memoria, se puso en buena forma física para moverse “dignamente” por el escenario. Le ayudó una caminata diaria de una hora y media mañanera. Cierra el telón con un sarcasmo: “Como actor me va mejor que como político”.

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