Las variaciones de Thomas Bernhard

El escritor, criado en Austria, amó y odió a ese país. Sus novelas aún son publicadas y vendidas a granel. ¿Quién era el hombre que provocó la ira de la élite cultural?

No fue sino cuando el enfermero puso una etiqueta en el dedo gordo del pie de su pareja, que Thomas Bernhard comprendió que había muerto ella, su mujer, Hedwig Stavianicek, 37 años mayor que él, su compañía y su ánimo. Afuera oscurecía, había cuervos que graznaban a muerte. Minutos atrás tuvo la mano de su mujer entre las suyas y sentía la sangre correr, y luego más despacio, hasta que dejó de sentirla. Y consideró que había sido, en cierto modo, lo mejor que le había pasado en la vida.

Se recluyó, silencioso, en su hogar de Ohlsdorf, Austria, adonde rara vez entraba un visitante pues Bernhard, de naturaleza solitaria, recibía a pocos familiares. Fueron también pocos quienes, el 12 de febrero de 1989, acudieron a su entierro. Concurrieron su hermanastro, Fabián, su padrastro y ningún amigo. El gran público se enteró cuatro días después. También la prensa, también los críticos. Y aclamaron su literatura; resaltaron que Bernhard había sido estorboso y respetado, y resaltaron, a modo de homenaje póstumo, sus palabras duras y francas contra Austria: “Yo amo a Austria —decía—. Esto no se puede negar. Pero la estructura del Estado y de la Iglesia es tan horrible que sólo se puede odiarla”. Y lo bautizaron el escritor de la cólera, el provocador, el acusador, el profeta amargo.

Pero olvidaron al hombre, aquel que soñaba que su mujer volvía. Olvidaron que su tía, el día en que murió su abuelo, dijo a los periodistas que cubrían la noticia: “Allí está el nieto, que nunca será nada, aunque a lo mejor también sabe escribir”.

Sus padres se separaron antes de que naciera. Ella, una joven burguesa, huyó desde los Países Bajos a Austria y se hospedó en la casa paterna, de modo que Thomas Bernhard creció con la presencia constante de su abuelo; fueron así sus años inaugurales, narrados en El origen, el primero de cinco libros que registran su autobiografía. Bernhard se educó en Salzburgo, internado en un instituto masculino regentado por la Iglesia y, años después, cuando la ciudad fue dominada en la segunda guerra, por los nazis. Para él, silencioso, la Iglesia y el nazismo fueron lo mismo: los profesores sólo cambiaron la cruz por la esvástica, la oración por el saludo exasperado al führer.

Cuatro años estuvo bajo la guía de un tendero con gracia musical y, por ello, tomó clases con una cantante de ópera. Y luego principió la enfermedad, de nombre sarcoidosis, que le inflamó los ganglios. Fue recluido en el sanatorio Grafenhof, en Salzburgo. Le trataron un pulmón que no estaba infectado; desarrolló tuberculosis; en cama, sin el cuerpo hábil, afinó su cabeza. “Cuando el cuerpo está enfermo —decía—, el cerebro funciona de maravilla”.

Murió su abuelo mientras pasaba los dolores, y heredó de él una amplia biblioteca y una máquina de escribir. Dos años pasaron antes de entrar al Mozarteum, en Viena, para prepararse como actor. Sin embargo, la enfermedad volvió, una y otra vez. Dejó de cantar —decían que tenía gran voz—, dejó de actuar. Nada de lo que escribió por entonces terminó en las librerías, pues Bernhard publicó su primera obra en 1957, un poemario que revela —recuerda la periodista Ruth Franklin en un perfil sobre Bernhard para la revista The New Yorker— la semilla de los tópicos que lo obsesionarían en sus trabajos más tardíos.

Fueron novelas como Corrección, Trastorno, El malogrado —publicada hace 30 años— y Extinción las que dieron a Bernhard el título de “escritor austriaco más importante después de la Segunda Guerra”. Párrafos extensos, monólogos que se suceden como un río que alimenta y a su vez destruye —como en El malogrado— el largo recuerdo de un músico apreciado y talentoso pero fracasado en comparación con Glenn Gould, reconocido intérprete de las Variaciones Goldberg de J.S. Bach.

A semejanza del escritor húngaro Imre Kertész, también testigo de la marcha nazi en Europa, Bernhard, coma tras coma, sin separar párrafos, delineaba las oscuridades de su tiempo. Cuando Heldenplatz —la última obra publicada por Bernhard en vida— fue presentada en el Burgtheater de Viena, la meca de la cultura austríaca, la policía tuvo que cubrir la entrada y velar por la salud física del autor. “En cada sopa encuentras un nazi”, escribió. Así como era querido, Bernhard era odiado: meses antes del estreno de Heldenplatz, una mujer en la calle buscó apalearlo con un bastón mientras gritaba: “¡Te vas a pudrir de cáncer!”.

Se dedicaba sólo a su literatura. Y continuó así hasta que murió su mujer, y me volví más frío, dijo, y más solitario, dijo también. Con ella vivió en Roma, en una casa de campo, con un techo precario, y allí la nieve le caía mientras dormía y las vacas comían a dos pasos de la puerta.

“Muchas veces, cuando se escribe, se tiene una sensación maravillosamente bella —decía Bernhard—. Si además se puede compartir con alguien que sabe apreciarla y que sabe dejarlo a uno en paz, es perfecto. Nunca he tenido mejor crítico que ella (…) Me sigue gustando estar en nuestra vivienda de Viena. Allí me encuentro protegido, probablemente porque vivimos allí muchos años juntos. Es el único nido que queda de toda nuestra vida en común. El cementerio tampoco está lejos”.

La enfermedad permaneció hasta el punto que interrumpió sus vacaciones en España y volvió a Austria para ser atendido. Bajo esa luz, casi convencido de que moriría, Bernhard, que se trasladó a Gmunden, recomendó a su hermanastro que el día en que muriera dijera a la prensa que tenía una infección respiratoria, y que un día después afirmara que todo era mentira y que luego confirmara sí, señores, Thomas Bernhard ha muerto.

Bajo esa luz también escribió su testamento. Prohibió que sus obras de teatro fueran representadas en 70 años y cedió sus derechos de autor a su familia. “No quiero tener nada que ver con el Estado austriaco —decía su testamento—, y no sólo me abstengo de intromisiones, sino también de cualquier acercamiento de este Estado a mi trabajo o a mi persona”. “La vida de esa persona encantadora fue un ejercicio en la cuerda floja —rezó el obituario escrito en el diario Die Presse—, apuntaba a lo total y lo perfecto, sabiendo que lo total y lo perfecto no era soportable”.

Rosas blancas y violetas cubrieron su tumba sin nombre en el cementerio de Grinzig, en Viena. De seguro su última gran obra, como dijo El País de España cuando murió, fue su testamento, porque nunca dejó de escribir, a pesar de la muerte y la vida, a ratos insoportable, a pesar de la enfermedad y la tranquilidad, que aparecía por momentos, no dejó de escribir como un torrente, como una lengua suelta e infinita. Nunca dejó de escribir porque gozaba escribiendo, decía, escribir es el único lazo que todavía me ata, decía, claro que la cuerda está algo deshilachada, pero en fin, así es. Nadie es eterno, decía. Pero mientras dure mi vida, viviré escribiendo. La escritura es mi existencia, decía. Hay meses, o años, en los que no puedo escribir. Es horrible. Pero en algún momento siempre vuelve, y entonces algo se fragua, decía. Este ritmo es terrorífico y extraordinario a la vez, decía: es algo que los demás probablemente no conocen.

 

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