Opinión

Vencer al gigante

Muchos de nosotros, en secreto, en lo más íntimo de nuestra existencia, quisiéramos ser otros, nunca nosotros mismos. Igual que una sombra, silenciosa, imitadora, sin sentido.

La idolatría, una forma de vivir la vida de otros. Cortesía

La razón del porque cada uno de nosotros tiene sombra, debe ser del todo incierta para la mayoría, y más, si se acepta la figura de la misma como un imaginario del servilismo y el misterio. Esta idea ha traspasados los planos de la simpleza para convertirse en algo mucho más abstracto. La razón es que muchos de nosotros, en secreto, en lo más íntimo de nuestra existencia, quisiéramos ser otros, nunca nosotros mismos. Igual que una sombra, silenciosa, imitadora, sin sentido. Y por dar fe a estas falacias, creemos que hay destinos más valientes, más sobresalientes y más maravillosos que el nuestro, sin recordar que al final, no hay vida más virtuosa, ni más memorable que la propia.

Lo anterior, responde tal vez a la necesidad del hombre de representación, aceptación e inclusive servidumbre que permea su genética. Nos sentimos cómodos cuando tomamos bandos, sostenidos en ideales irrefutables, conquistados mediante la fuerza de unas convicciones que creemos, imposibles de concebir para una mente tan básica como la nuestra. Nos sentimos condicionados por nuestro entorno, por nuestra educación, por el goteo constante de pensamientos negativos que hemos acumulado en las zonas más profunda de nuestra psique.

Y así, de esta manera, vamos acumulando ídolos, gigantes que nos recuerdan que la genialidad no es para nosotros. Adoramos en secreto, o a viva voz, a un montón de personas que creemos fantásticas, solo porque una caja parlante, un periódico lleno de palabras viciosas o un radio parlanchín, nos dice que lo son. El error es creer, creer en otro y no en sí mismo, porque el que cree en el otro, construye un mundo, pero un mundo que no es para él, un arrodillamiento para hacer de la existencia de los demás, algo más memorable que la propia.

Por eso nos consolamos viendo al fútbol, escuchando canciones que repiten verdades viejas y mentiras nuevas, leyendo libros que dicen ser fantásticos, solo porque han vendido millones de copia, escuchando conferencistas que nos dicen cosas que ya sabemos, pero que necesitamos recordar. Ese es nuestro ciclo, perder el tiempo, dilapidarlo, matarlo, sabiendo que al final es él quien nos mata, mientras que intentamos vivir una vida que ni siquiera es la de nosotros.

Es por esto, que conviene derribar nuestros ídolos, irse lanza en ristre contra la ilusión de los molinos de viento, como El Quijote de la Mancha, que siempre fue luz y recuerdo, de que el ideal más grande de la vida es ser lo que somos. Con el fin de que un día, logremos sentirnos orgullosos de ser colombianos auténticos, que no sueñan con ser ingleses, alemanes o franceses, sino una nación que se acepta y se valora por lo que es, una patria triste y heroica, llena de sangre, valentía y lágrimas, que se permita gritar con todo el peso de sus rencores reprimidos: ¡al fin vencimos al gigante!