La vendedora de estrellas

Hubo un tiempo en que mendigaba y vendía estrellas en las calles de Barcelona. Eso fue antes de convertirse en la pintora española más cotizada del mundo y en una de las artistas contemporáneas más destacadas. Desde su casa-estudio en La Haya (Holanda), Lita Cabellut nos habla de sus orígenes y de su arte.

Lita Cabellut trabaja con lienzos de gran formato utilizando una característica variación contemporánea de la técnica del fresco. / Carlos Manuel Sánches
Lita Cabellut trabaja con lienzos de gran formato utilizando una característica variación contemporánea de la técnica del fresco. / Carlos Manuel Sánches

Sus días de niña pilla transcurrieron en los escenarios más emblemáticos de Barcelona: el Port Vell, La Rambla, La Boquería, el Raval. Lita Cabellut nació en 1961, en un pueblo de Huesca llamado Sariñena, pero vivió toda su infancia en la capital catalana, donde mendigaba y hacía mandados para las prostitutas. Por las noches sacaba las monedas que los turistas lanzaban a la fuente de las Tres Gracias, en la Plaza Real. Durante el día los interceptaba para ofrecerles supuestas esferas luminosas que guardaba dentro de una bolsa: “¿Quieres una estrella grande o pequeña? ¿La quieres azul o amarilla? ¿O la prefieres roja?”. La pequeña Lita vendía estrellas imaginarias.

La calle era todo su universo. Tenía una pandilla de amigos con los que robaba carteras, comida en los restaurantes y sopas de sobre en los supermercados. No sabía leer ni escribir. Su madre, una mujer gitana que se dedicaba a la prostitución, la abandonó cuando tenía tres meses de nacida. Nunca conoció a su padre. Su abuela, que jamás consintió que su nieta fuera a la escuela, se ocupaba de ella. Era “traviesa, inquieta, rápida, nerviosa, descarada, inconsciente, y loca por la vida”. La pequeña Lita no se sentía querida, pero se divertía: hacía lo que le daba la gana.

Cuando tenía diez años, después de la muerte de su abuela, un orfanato se convirtió en su hogar. A los 13 años fue adoptada por un matrimonio catalán. Un gesto que la pintora define como un acto de gran valentía y consciencia ética, que supuso un cambio rotundo en su vida. Prescindir de sus habilidades para comer con las manos, para robar y para dominar un nutrido repertorio de malas palabras, no fue fácil para ella. Fueron sus padres adoptivos quienes le abrieron las puertas a su gran pasión. Un día la llevaron a conocer el Museo del Prado, en Madrid. En un momento del recorrido, Lita Cabellut se quedó absorta ante una pintura llamada Las tres Gracias. Era una tabla pintada al óleo: tres mujeres desnudas, con los brazos enlazados, con guirnaldas de perlas y piedras de colores en el pelo. “Yo voy a pintar como este señor”, sentenció. El señor era Rubens.

Tomada de litacabellut.com

—En ese momento –rememora la artista– supe que aquello era todo lo que yo había anhelado. Después de todo lo que había vivido, sabía que algo tenía que haber, algo que no conocía, pero que podía intuir. Yo creo que ese día la belleza me besó el alma. Ese día sentí que existían otros sentimientos, muy poderosos, fuera del sentimiento de sobrevivir. Ese día la magia se convirtió para mí en un mundo de realidad. Yo no lo llamaría salvación. Yo lo llamaría posibilidad de entrar en otro mundo, con otros valores, donde la ética es severa y dulce a la vez. ¿Curarme? Es un largo proceso, quizás jamás me cure, pero quiero todas mis cicatrices. Y eso se lo debo a los pinceles del arte.

Aprendió a pintar antes que a leer y escribir. Lucian Freud, Goya, Bacon y, sobre todo, Rembrandt, se convirtieron en referentes de su obra. Había convencido a sus padres de que le asignaran un profesor de dibujo. Tres años después de su reveladora visita al Museo del Prado, presentaba su primera exposición en Barcelona, en el Ayuntamiento del Masnou. A los 19 años obtuvo una beca para estudiar arte en The Gerrit Rietveld Academie, en Ámsterdam.

La artista, que ha vivido más de la mitad de su vida en Holanda, no ha perdido su acento. Dice que de sus raíces gitanas lo conserva todo: “La inquietud, la fantasía, el temor, el temperamento, la melancolía, el delirio, el pelo negro y el duende” que, en palabras de Goethe, es un poder misterioso que ningún filósofo puede explicar. Preserva el espíritu nómada de su etnia: siente el impulso de levantar un hogar en cada uno de los lugares que la conquistan. Comparte su casa-estudio, en La Haya, con Aitana y Troy, sus dos perros. Es madre de tres hijos: David, Arjan y Luciano. Asegura que sus hijos están por encima de su pintura y de todo, y que gracias a la maternidad pudo acercarse a su madre biológica, a quien logró perdonar, a quien nunca pudo querer.

Durante su infancia, Lita Cabellut experimentó el dolor que le provocaba no sentirse querida, pero no cree que el dolor sea necesario para crear belleza.

—No, absolutamente no. El dolor es muy útil en momentos de creación porque es como el barómetro de lo que un ser humano puede sentir. Pero no tiene nada que ver con la belleza. La belleza es independiente de cualquier explicación que podamos dar a los sentimientos. Es como el aire, sin su presencia no sobrevivimos. No tiene ni cuerpo ni una forma específica de materialización.

Pintar hasta el agotamiento y dominar su arte es su consigna. Su deseo: morir trabajando. Ha pintado más de dos mil cuadros y ha presentado su obra en galerías de Londres, París, Singapur, Nueva York, Miami, Seúl, Dubái, Hong Kong… La noticia de su ingreso en la lista de los artistas contemporáneos más cotizados del mundo la sorprendió mientras pintaba en su estudio.

—Sentí sorpresa y una especie de orgullo colectivo por toda la gente que me apoya en el estudio incondicionalmente. Pero también soy muy consciente de que el arte no se mide en estadísticas, que son el resultado del marketing alrededor de ella. Es un reconocimiento que me produjo timidez en el corazón.

Los analistas de Artprice, que en su base de datos reúnen resultados de 4.500 casas de subastas, determinaron que en un año –desde julio de 2014 a junio de 2015–, con ventas que suman más de medio millón de dólares, Lita Cabellut se convirtió en la pintora española más cotizada del mundo. En un mercado liderado por artistas norteamericanos, sólo dos españoles ocupan puestos superiores al suyo: el fallecido Juan Muñoz y Miquel Barceló. Es la única mujer española en una lista que distingue a 500 artistas.

Tomada de litacabellut.com

—El arte sigue siendo un mundo de hombres –afirma la pintora– porque ser artista es muy duro. Requiere mucho tiempo, dedicación y compromisos muy insignificantes en una sociedad organizada. También está el factor de que la sociedad sigue considerando que la mujer no es capaz de desempeñar oficios duros. Una verdadera lástima y un desperdicio de atención a algo que está tan latente.

Sólo pinta retratos de seres humanos. El ser humano es lo único que le importa en el mundo. Pinta grandes lienzos de tres metros de altura, con un estilo figurativo-abstracto. Trabaja subida a un andamio, escuchando música de Bach, Camarón o David Bowie, con su cuerpo menudo colgado de un arnés y con un corsé que protege su espalda, afectada por las secuelas de un accidente. Sus tres asistentes –un polaco, un belga y un colombiano, que es su mano derecha– la ayudan con la elaboración de los marcos y con la preparación de las pinturas –sin una gota de acrílico, sólo con óleo, pigmentos, huevos y temperas–. Trata sus lienzos con una técnica –un secreto que prefiere no revelar– que hace que sus cuadros tengan el aspecto agrietado que los caracteriza. La piel, que le permite leer el pasado, es un elemento fundamental en su obra.

—A través de la piel es posible saber cómo la vida te ha tratado y cómo tú te has comprometido con ella. La piel es la huella de nuestros deseos y fracasos.

Cada uno de sus personajes tiene un alma. La pintora los mira con respeto y empatía. Busca sus fisuras, sigue el rastro de una historia en la que los espectadores, y ella misma, puedan ver reflejadas sus pasiones y sus miedos, su soledad y su locura, su fealdad y su belleza. Nunca pinta por encargo. Si lo hiciera –dice–, se convertiría en una mujer rica, y muy aburrida. Sus retratos son más que rostros que miran de frente o de perfil, son narraciones.

—Intento llegar a lo más oscuro, a lo más profundo, a lo más íntimo de mis adentros. Siempre pinto un tema. Ese tema lo visualizo como en un teatro. Cada personaje representa un papel que corresponde a la obra final. Es un teatro visual. Es una historia filosófica. Es un golpe de intuición. Estos tres elementos los vestirán de piel y determinarán su apariencia. Los modelos simplemente son los esqueletos. Van apareciendo a medida que la obra crece.

Los modelos pueden ser travestis, músicos, Chaplin o Kafka, prostitutas, vagamundos, León Trotsky o Édith Piaf, mujeres maltratadas, niños abusados, Frida Kahlo o Coco Chanel.

Cuando la llamaron para decirle que el 8 de abril de 2011 –Día Internacional del Pueblo Gitano– recibiría un reconocimiento del Instituto de Cultura Gitana, Lita Cabellut estaba pintando un retrato de Camarón de la Isla. El día de la gala de entrega, mientras recogía el galardón, sonaban los acordes de un tema popularizado por el cantante flamenco: Soy gitano. Dice que Camarón fue su maestro, que de él aprendió mucho más que de escultores, pintores y poetas. Durante su intervención en el ciclo de conversaciones del diario español El País, Lita Cabellut explicó que Camarón le enseñó que el arte ni se piensa ni se trabaja: “El arte se vomita, se escupe”.

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