La vendedora de recuerdos

A partir de hoy comenzamos la entrega de tres relatos de viaje. Desde Uruguay y Argentina, protagonistas anónimos y fantásticos.

La obra "Los dedos" fue hecha por el artista chileno Mario Irarrázabal durante el verano de 1981, en Punta del Este. / EFE
La obra "Los dedos" fue hecha por el artista chileno Mario Irarrázabal durante el verano de 1981, en Punta del Este. / EFE

Se llama Francisca, pero prefiere que le digan Pancha. Desde que era una niña, su abuelo paterno le decía Pancha, porque siempre pensó que Francisca era nombre de varón con un cambio mínimo. “Hasta que se murió me dijo Pancha. El día del velorio le dije que siempre me iba a presentar con ese nombre. Cuando le dio por morirse yo tenía 24, me puse brava con él. ¿Sabés como duele el amor? ¿Sabés como duele la muerte?, fíjate que uno siente como si le arrancaran algo por dentro. Cuando uno se enamora y cuando uno pierde a alguien, es igual. Aunque nadie se muere de amor”. Pancha Laguna vende artesanías, vende recuerdos en Playa Brava, una de las costas de Punta del Este, Uruguay; cadáveres de ostras y conchas que tienen marcado el nombre del país en letras doradas. Fotografías de Los dedos, la escultura que está justo detrás de ella. La obra fue hecha por el artista chileno Mario Irarrázabal durante el verano de 1981, mientras asistía a la Primera Reunión Internacional de Escultura Moderna al Aire libre en Punta del Este. Durante el encuentro hubo una pelea entre los nueve artistas por los lugares asignados para desarrollar las obras en la plaza pública, así que Irarrázabal decidió hacer su escultura en la playa. Inmortalizó una mano saliendo de la arena pálida: una –después de la foto del Centenario– de las postales más comunes de Uruguay.

Pancha tiene 56 años, tres hijas y dos nietas. Cree que dios no le dio hombres porque los hubiera criado con arrogancia, como es ella. “Yo vendo artesanías porque me da para comer y vivo bien. Sin horarios, conociendo gente nueva y disparando a cada rato cualquier comentario que los gringos no entienden”. Mientras hablaba me quedé mirando los anillos que traía: podía asegurar que dos de cinco eran esmeraldas, verdes y luminosas piedras en forma de corazón y hexágono. Vende cuatro fotos. Habla un inglés ronco, poco fluido. “What is your name? My name is Pancha. Tell me yours”. La mujer que le compra no le contesta. “¿Ves que son maleducados? Cuando la gente viene a Uruguay creen que es como en sus países: inseguros y todos de groseros. Acá te podés tomar un mate con el que sea y verás que no te va a hacer nada”.

Antes de viajar a Uruguay busqué un par de imágenes de referencia en Google. Por supuesto Los dedos estuvieron entre las primeras opciones que me dio el buscador. Era el primer sitio que quería ver. Conocía el país de otra manera: por Galeano, por Benedetti, por Vilariño, por Onetti. Llegar no fue fácil: dos aviones, una noche en Santiago de Chile. Hambre. Frío, frío. Perder conexión. Perder vuelo, otra vez. 26 horas. Llegar al Conrad. Un megahotel de 18 pisos con techos inalcanzables. Una habitación con bañera, una habitación más grande que mi casa. Tan lejos del mundo. Me senté en el balcón y respiré ese aire frío que quema la garganta y sabe amargo. Y me sentí un monstruo, un animal, un ser lleno de secretos y pájaros oscuros. Porque no era verdad. Porque esa vida lujosa y dorada no era mi vida.

Salí a zancadas del hotel. Metí US$20 en el bolsillo del pantalón y pedí prestada una bicicleta. Punta del Este se recorre en dos horas: la playa está bordeada por un puente en madera oscura por donde pueden pasar tres o cuatro bicicletas al mismo tiempo. Eran las cuatro de la tarde y las pocas personas que había caminando estaban tomando mate. Esa bebida que es un ritual. “¿Querés mate? Andá y sacá el termo que tengo en la mochila”, me dijo Pancha. Mientras iba por el bolso me entró un miedo. Ese temor que viene inoculado en los seres de un país violento: “Y si me roba”, “Y si hace parte de una banda de trata de blancas”, “Y si…”. El veneno solo duró dos minutos. “El mate se toma mientras se camina”, me dijo, y ambas caminamos por la playa escuchando el mar picado. Su furia. El único estruendo que interrumpe el aire de Punta del Este. Todo olía a sal, a troncos secos. Y recordé esos versos de Idea Vilariño: Va creciendo sereno desde el fondo, / sabiamente creciendo, / lentamente, hondamente, largamente, / pausadamente, / mar, / arduo, cansado mar, / Padre de mi silencio.

“¿Querés que te cuente una historia?”. “Sí”. “Capaz que una vez iba por la playa con mi abuelo y nos encontramos una estrella de mar –Pancha tenía la punta de la nariz hinchada, la mano derecha llevando la maleta con sus perendengues y la izquierda sosteniendo el termo del mate–, cuando la recogí le dije que me la quería llevar para la casa porque me había fascinado”. Se detuvo para hacer énfasis. “Y me dijo que no. Me dijo que el amor que es bueno y real hace una tregua con la muerte, una cita de Hemingway. Si yo me la llevaba, la iba a matar”. Nadie se muere de amor, pensé. Pero a veces es peor seguir viviendo sin él.

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