Verdi, un hombre del pueblo

Es muy diciente una comparación entre los dos grandes genios de la música y la ópera de los que se conmemora el centenario este año, Verdi y Wagner. Mientras que Wagner dedicó los últimos años de su vida a hacerse un monumento a él mismo, Bayreuth y sus festivales, dedicados a la música wagneriana, Verdi dedicó una buena parte de la considerable fortuna que había hecho para crear una casa de retiro para músicos pobres.

Giuseppe Verdi (1813-1901).

Lo anterior refleja la calidad humana de cada uno de los dos grandes artistas: ambos fueron compositores únicos pero Wagner fue un ejemplo de lo bajo que puede caer un hombre. Fue persona egoísta, desleal, que traicionaba a sus mejores amigos y cuyo racismo le convertía en persona despreciable. Su música sublime no hace olvidar que ante Wagner  uno se encuentra con uno de los seres humanos más despreciables en la historia de la música. En contraste, Verdi se consideraba un hombre del pueblo, un simple labrador como él mismo se describía y logró el milagro de llevar el arte operático a cumbres alcanzadas pocas veces. En el centenario que se celebra, vale la pena recordar algunos aspectos de uno de los músicos más importantes de la historia.

Heredero de una tradición

Uno de los más vergonzosos episodios en la historia académica es el hecho de que el Conservatorio de Milán no consideró a Verdi apto para una carrera musical y lo que aprendió lo tuvo que hacer a través de clases privadas y de su esfuerzo personal. (Lo mismo había pasado con otros compositores como Schubert y Haydn, lo cual muestra lo curiosos que a veces son los conceptos de los académicos). Pero en Italia existía una fuerte tradición operática, que había llegado a un momento culminante con Rossini, Donizetti y Bellini. El primero consideró que no podía ponerse a la altura de la evolución de su arte y en la mitad póstuma de su vida no volvió a componer. Bellini murió trágicamente joven, de 34 años o sea uno menos de los que tenía Mozart al morir y la carrera de Donizetti terminó cuando se enloqueció.  Cuando Verdi llegó a la escena la tradición existía pero en Italia no se veían muchos compositores que pudieran continuarla. Verdi entró con pasos vacilantes en el mundo operático y eso se reflejó en el poco éxito de Oberto, su primera ópera. A pesar de esto los empresarios le dieron otra oportunidad con una obra cómica, Un día de reino pero la tragedia cayó sobre Verdi cuando por ese entonces murieron su esposa y sus hijos en un lapso breve. Tener que componer una farsa en esas circunstancias no era fácil y eso se refleja en la obra, que tiene momentos interesantes pero a la que le falta ese espíritu que Verdi dio a sus obras posteriores.

Los años de esclavitud

Verdi decidió retirarse de la música y lo hubiera hecho si no hubiera sido por que su editor, que todavía confiaba en él, le convenció de que aceptara la creación de una obra nueva, Nabuco. La esclavitud de los hebreos en época bíblicas reflejaba la de los italianos bajo los yugos austriaco y francés y Verdi aceptó el encargo. El éxito de Nabuco fue tan absoluto que permitió al músico volver a la creación y comenzaron los éxitos, en que obra tras obra era un triunfo de público. Lo malo es que Verdi no estaba satisfecho y él llamó a esos tiempos los años de esclavitud en que componía por encargo pero con poca convicción. Solo la genialidad del músico permitió que esas no fueran obras mediocres pero tras de ellas comenzó la verdadera carrera de Verdi cuando compuso, una tras otra, tres obras maestras, El trovador, Rigoletto y La Traviata. A partir de ese momento comenzó la racha de triunfos de Verdi que afirmó su puesto entre los grandes de la música de todos los tiempos. Los años de esclavitud habían terminado.

Las obras finales

Verdi había rehecho su vida al lado de una cantante que lo apoyó hasta su muerte, Giuseppina Strepponi, una mujer inteligente y de gran carácter que supo dar al músico momentos de tranquilidad doméstica. Esto a pesar de que ella fuera rechazada por sus vecinos, que consideraban que era escandaloso que vivieran en pecado, como se decía en ese entonces, ya que solo mucho después los dos se casaron religiosamente. Verdi, muy dignamente, exigió respeto por su compañera pero la verdad es que vivieron aislados de la sociedad del pequeño pueblo donde vivían. Pero en el resto del mundo Verdi era respetado y podía poner sus condiciones a teatros y empresarios. Cuando el mandatario de Egipto le encargó la ópera Aida, para las ceremonias de inauguración del Canal de Suez, Verdi trató de igual a  igual al monarca. En sus últimos años, Verdi  se dedicó a dos obras maestras de toda la música, las óperas basadas en temas de Shakespeare,  Otelo y Falstaff,  la culminación de toda su creatividad, gracias a la colaboración de ese genio casi olvidado Arrigo Boito.

Un hombre del pueblo

Verdi se consideraba un hombre del pueblo y aunque era conciente de su valor artístico, sus conversaciones con los aldeanos vecino le daban casi tanto placer como codearse con la aristocracia. Era respetado por el mundo y sus compatriotas lo consideraban no solo un gran músico sino un excelso patriota. Cuando murió en 1901, todo Milán se volcó en una gigantesca manifestación de aprecio al gran artista y al gran hombre. Su valor se refleja en el hecho de que en este centenario, la estrella de Verdi es cada vez más fulgurante.

 

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