Vergés y su discípulo

Hace poco murió el abogado Jacques Vergés. Tenía 82 años y desde 1945 venía militando en el Partido Comunista Francés.

El abogado francés Jacques Vergés. / David Campuzano
En los estrados fue defensor del negacionista Roger Garaudy, del nazi Klaus Barbie y de los combatientes del Frente de Liberación Argelino.

Por estos días, desde ultratumba, llegan hasta Colombia las voces de su molestia.

Vergés no soporta que un discípulo suyo, anarquista de derecha, ande pregonando a los cuatro vientos que una de sus enseñanzas básicas fue la de que la ética no tiene nada que ver con el derecho.

En El brillante bastardo, su autobiografía, Vergés plantó algunos mojones existenciales que desmienten a su discípulo. Escribió:

“Mi ley es estar contra las leyes porque ellas pretenden detener la historia; y mi moral es estar contra las morales porque ellas pretenden paralizar la vida”.

Y luego dijo:

“Yo no juzgo. Todos tenemos la máscara de lo que queremos ser hasta el día en que estemos entre dos policías y ante un juez”.

Y ahondó:

“El crimen siempre es mudo, como el mármol, que solamente habla cuando el escultor saca de él una escultura. El crimen habla cuando el artista, el poeta, el abogado, le dan un sentido. Todos los crímenes de Jack el destripador fueron terribles y por sí solos no nos dicen nada, más allá de sorprendernos o espantarnos. Tiene que haber alguien que les dé sentido. El abogado es el que interpreta, el que narra el sentido del crimen, su peso, su gravedad. No es el peso de la sangre el que le da sentido a un crimen. Es el peso de la mente. Como un escritor que a partir de un crimen puede escribir una tragedia, una novela, el abogado puede hacer de ese caso un proceso importante para la sociedad, interpretándolo”.

Y más adelante recalcó:

“Si tengo que elegir entre defender al lobo o al perro, elijo al lobo, sobre todo cuando está sangrando”.

Y amplió:

“Que esté dispuesto a defender a alguien no significa que le dé la razón. Defender a alguien no me obliga a confundirme con él. El abogado está para defender, y no sólo a inocentes sino también a culpables. Defender no es disculpar, sino entender, aclararle a la sociedad lo que se ve”.

Y, además, buscó en quién apoyar su parecer:

“Hipócrates decía que él no curaba la enfermedad sino al enfermo. Los abogados podemos decir lo mismo: no defendemos al crimen sino al delincuente”.

En noviembre de 2013, poco antes de morir, Vergés publicó Justicia y literatura. En este libro sembró otras semillas envenenadas:
“La grandeza de Jesús, de Antígona, de Sócrates y de Juana de Arco radica precisamente en que desafían las leyes de la ciudad”.

Y en su interpretación de la conducta de Jack el destripador, se extendió:
“Y es que los asesinos no son muy diferentes de nosotros. Son nuestros semejantes y nuestros hermanos. Tienen, igual que nosotros, dos ojos, dos manos, un sexo, pero también un corazón, un corazón que late. No es cierto que el mundo se divida en dos partes: los hombres y los asesinos. Los asesinos, como el resto, siguen siendo inocentes cuando ya son culpables”.
Más adelante rememoró los Recuerdos de la audiencia provincial de André Gide y anotó:

“Toda causa penal lleva consigo un drama humano. Sin embargo, los dramas humanos no se dejan encerrar en los cuatro barrotes de una ecuación. Una vieja prostituta puede tener corazón de virgen; una muchacha virgen, a su vez, un corazón de prostituta. En la intimidad, un ladrón puede revelarse como un ingenuo y, por su lado, un hombre honesto puede ser un pervertido. La vida de un ser humano nunca es tan sencilla como pretende una resolución judicial”.

Y luego dijo:

“Sólo un hombre puede acercarse un poco más a la personalidad del acusado: el abogado. Claro, siempre y cuando ese abogado tenga el impulso simultáneo de defender y de comprender”.

Y añadió:

“Juzgar no es únicamente castigar, ni siquiera prevenir, como predican los humanistas y los expertos en la cosa judicial. Juzgar es también comprender”.

Por eso su modelo de abogado se aparta del que pulula entre nosotros:

“Quisiera elogiar al abogado del futuro, capaz de comprender a todos los seres humanos: a los nómadas del gran desierto y a los campesinos de las colinas; a los cazadores de la sabana y a los pescadores de las lagunas; al animista, al budista y al musulmán; al ateo y al taoísta. A la víctima y al asesino; al confiado y al estafador; a la mujer adúltera y al esposo celoso; al aborigen y al colono; al terrorista y al legionario; al capitalista y al proletario; al puritano y al libertino. Quisiera elogiar al abogado que es lobo de las estepas y zorro del desierto; númida, romano y griego a la vez; capaz de todas las metamorfosis: hombre y bestia, mago y poeta”.

He aquí, en su propia tinta, a Jacques Vergés: amoral y transgresor de la ley. He aquí a alguien que rechazó, contra la postura tomista, la idea de un derecho asimilable a un látigo para el reproche sin piedad de las conductas salidas de la ley y para el castigo invariable de los delincuentes.

Su catecismo fue la ética del conocimiento y la comprensión: las normas positivas, sostuvo, constituyen instrumentos para probar y entender que el criminal es también un hombre visceral y existencialmente inocente. El derecho, pensó, no puede vivir para infligir exclusivamente el castigo, sino, y sobre todo, para entender al “lobo que sangra”.

Esta visión no hace de Vergés un cínico redomado, como diría un columnista pontificio, ni alguien que a lo largo de su vida predicó el divorcio entre el derecho y la ética, según lo malinterpretan hoy sus discípulos. Lo que él rechazó fue el parentesco entre la moral y el derecho. El ligamen entre el derecho y su ética del conocimiento, vía la estética, jamás lo negó.

La suya no fue la ética maniquea de los cristianos. Tampoco la utilitarista de los protestantes. Fue la de una comprensión de lo humano, reacia a la conciencia fiscal. Nunca aceptó, parapetado en su cartabón de valores sin casillero, que la justicia fuera lo que coincidía con lo moralmente justo, como lo sostienen por estos días los hombres de la ley que confunden la toga con la sotana.

Las afinidades electivas de Vergés no fueron la ley y la moral. Pensaba el derecho como un conjunto de imperativos técnicos, como un compendio de normas para comprender la pasta anímica de los criminales, y nunca como una biblia de imperativos éticos, orientada a reconducir al hombre a punta de fuete y trompicones. Y así, sin negar el nexo entre su ética suelta y el derecho positivo, ejerció la profesión desde el bufete del doctor Belcebú Nanclares, su socio.