Vestigios de la vida humana

El fotógrafo alemán tomó una serie de imágenes de edificios en Hong Kong (China), que exponen la sobrepoblación y el avance frenético de las ciudades. También reflexiona sobre el voyeurismo a través de Google Street View.

Michael Wolf nació en Alemania en 1948.
Michael Wolf nació en Alemania en 1948.

Fotografiar es barato, dice Michael Wolf, alemán, nacido en 1948. Es cuestión de salir a una tienda, comprar una cámara, ajustarla y aprender sus trucos. La mecánica es sencilla, repetitiva. “Sólo tienes que ir con una cámara a la calle y empezar a fotografiar”, dice en un video de su exposición La arquitectura de la densidad, que presenta la galería NC Arte como parte de Fotográfica Bogotá. Él lo muestra sencillo, del mismo modo en que Van Gogh parece sencillo. Lo que se esconde tras dicha simpleza es un arte que hace pensar y sentir, que es ambicioso. Y eso no es posible sólo saliendo a la calle y fotografiando: hay que observar, reflexionar, ser sagaz y disparar.

Michael Wolf se crió en EE.UU. y Canadá y, años después, regresó a su país natal a estudiar fotografía. De ese modo se inició en la reportería gráfica y trabajó en Asia para la revista alemana Stern. Allí desarrolló buena parte de su trabajo, hasta que se trasladó con su familia a París, donde de tanto en tanto se aburre porque, dice, “París es una ciudad llena de clichés”. En la capital de Francia experimentó con el programa Google Street View, recorriendo las calles de la ciudad y tomando fotografías. Todo desde su estudio, preocupado tan sólo por la edición, por el encuadre. Desde 1975 hasta hoy, Wolf ha expuesto sus fotografías en museos de Venecia, Chicago, Hong Kong y Hamburgo.

De ciudad en ciudad, los retratos de Wolf han buscado atrapar algo de ellas, un espíritu o una suerte de aliento que exprese su condición. De modo que su objetivo es, en muchos sentidos, artístico. La arquitectura de la densidad es ejemplo de ello: una serie de fotografías de edificios en Hong Kong que se asemejan, como dice él, a códigos de barras. Son filas verdes y rosadas, uniformadas, idénticas salvo por sus colores y ciertas singularidades en la estructura. En ocasiones, las ventanas de los edificios transpiran orden; la mayoría de las veces, caos, inexactitud, improvisación.

Ésa es parte del significado de su trabajo: explorar la uniformidad de las ciudades, la progresiva desaparición de las particularidades y la forma en que las construcciones hacia el cielo lo vuelven todo idéntico, capas y capas de lo mismo. En ninguna de las fotografías se ven personas, por lo menos a simple vista. Pero se ven vestigios de su paso: ropa colgando de los ventanales, aires acondicionados, manchas en las paredes, avisos de restaurantes, ventanas a medio cerrar. Los humanos están y, al mismo tiempo, no están.

En esa ambigüedad, los edificios se convierten en espacios inertes y vivos al mismo tiempo. Sí, el edificio es gris y apagado y silencioso, una mera construcción en bloque; sin embargo, ¿qué se esconde en sus habitaciones? ¿Qué historias están detrás de esa dudosa falta de vida? ¿Cuánto de esa grandilocuencia arquitectónica permite pensar en nuestro mundo?

Los planos de Wolf son generales, así que, si se los ve de lejos, se ven apenas una sucesión de ventanas, una sobre otra. También se siente la fuerza del encierro, del apiñamiento entre los seres que habitan allí. Estas fotografías no sólo provocan pensamientos, sino sensaciones: una sensación claustrofóbica, el espectador de repente carece de oxígeno. Esa misma sensación se encuentra en las ciudades superpobladas, en Bombay y en Nueva York y en Bogotá. Falta de espacio, falta de aire: eso son las pequeñas ventanas que, en últimas, conforman un todo, el edificio.

La curiosidad por las historias detrás de la arquitectura no es exclusiva de esta exposición. Wolf también ha reflexionado —en Ciudad transparente, por ejemplo— sobre el voyeurismo y la intromisión en las vidas ajenas. “Mi fascinación por espiar tiene una razón —dice—: satisface mi extrema curiosidad por las personas”. Por eso, parte de su labor fotográfica se lanza a buscar esa intimidad, pero siempre como un observador exterior. Ha tomado fotografías de oficinas, mientras los trabajadores se encuentran en sus labores de costumbre. Se ven manos, brazos, hombres hablando por teléfono. Parece, en primer lugar, tan simple como la fotografía que tomaría un niño de manera desprevenida. Pero tiene un propósito, y eso lo diferencia de cualquier error: mostrar al natural algo que es, para todos, un misterio. ¿Cómo se desarrollan nuestras vidas fuera del ojo ajeno? ¿Cómo nos movemos, qué nos decimos a nosotros mismos? Esa es la historia que cuentan las capturas de Wolf.

Su método, incluso, ha ido más allá. Cuando arribó a París, aburrido de antemano por recorrer una ciudad que no había cambiado su arquitectura en un siglo, Wolf usó el programa Google Street View para caminarla desde su computador. Fue allí que se fijó en la vida parisina, las parejas que se besaban, los accidentes, las singularidades de esa ciudad inmensa. Gracias a la visualización que le daba el programa, Wolf comenzó a tomar fotografías y a encuadrarlas. ¿Es fotografía? ¿Acaso el lente no pertenece al programa? Sí, acepta Wolf. Sin embargo, cuenta, él edita las fotografías, les da un cuadro, unos límites. Eso hace que las fotografías de un programa de fácil acceso se conviertan en parte de su portafolio. ¿Es arte? Marcel Duchamp, cien años atrás, tomó un orinal y lo volvió una obra de arte gracias a su intervención. ¿Por qué no podrían, entonces, utilizarse estos recursos y calificarlos así?

Entre arquitectura, voyeurismo y fotografía, Wolf intenta lanzar luces sobre la condición humana. Y eso no es más que arte.

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@acayaqui

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