Viaje al erotismo de “Las mil y una noches”

Una mujer es la magia y el erotismo en Las mil y una noches. Se llama Sherezade y representa la inteligencia al servicio de una causa justa: frenar la crueldad del rey Shahriyar, que mató a su esposa infiel y extendió su venganza durante tres años contra las vírgenes que desposaba, amaba y asesinaba al amanecer.

 Sherezade se ofreció como esposa cuando su padre, el ministro, no encontró más muchachas para el monarca porque habían huido de su atroz venganza. En la intimidad de la primera noche, la joven le empezó a contar una historia que dejó en suspenso antes del amanecer para salvar su vida. Así repitió el ritual, relato tras relato, mil noches y una más.

Las historias nos llegaron en la infancia, pero muchas estaban mutiladas porque los primeros traductores decidieron quitarles carga erótica. Por esa razón, cuentos como el de la princesa Yasmín y el apasionado Omar llegan a nuestros días con la escena del mirón que desde su alfombra mágica, entre las nubes, descubre la desnudez de su amada y el goce que le ofrendan sus dedos.

“… presenció, extasiado, como ella recorría con sus delicadas manos sus pechos altivos (…) A continuación se deslizaron por sus esféricas nalgas y finalmente se detuvieron en el vértice de sus piernas sobre el triángulo de sedoso vello rizado”.

Después vino la osadía del joven que puso en riesgo su vida para la dicha de los besos y la plenitud de la entrega.

“… finalmente consiguió realizar el rito de la sangre y la princesa mordiéndose los labios ahogó el grito que hubiera alarmado a sus padres”.

Otro relato, rescatado de los editores mojigatos, muestra la cara demoníaca de las pasiones. Sherezade cuenta que un tendero llamado Wardan decide seguir a una bella joven para comprender por qué todos los días compra lo mismo en su carnicería.

Por una ranura supo que vivía con un mono. “Saltó sobre ella el mono, y la cubrió, cogiéndola en sus brazos. Y cuando acabó su cosa con ella, se levantó, descansó un instante, y luego la poseyó otra vez (…) y así lo hizo diez veces seguidas de la misma manera”.

El hombre decidió matar a la bestia, pero ella le respondió con rabia. “¿Es así ¡oh Wardan! Como tratas a un cliente fiel?”. El carnicero respondió: “¡Oh enemiga de ti misma! ¿Acaso no hay hombres, para que recurras a semejante procedimiento?”.

La joven le confesó que a los quince años un negro la tomó y desde entonces quedó prendada del sexo. “Así que no te extrañe saber que mi terreno se quedó tan excitado desde entonces, que se hacía necesario que lo regase el negro a todas horas sin interrupción”. El negro murió y una vieja dama le sugirió reemplazarlo por un mono.

Wardan, enamorado, recurrió a una experta que le sacó del vientre dos anguilas, fruto de las cópulas del negro y del mono. De esa forma, la mujer pudo moderar sus caóticos deseos.

En la noche mil una, Sherezade obtiene el perdón del sultán, luego de mostrarle los tres hijos que dio a luz durante la larga jornada de cuentos.

Las historias que se narran en Las mil y una noches se escriben a lo largo de los siglos de la mano de cientos de escritores anónimos, se recogen en el siglo XV en Alejandría y se traducen por primera vez a una lengua occidental en 1704, un año memorable para la historia porque marca el momento en que Oriente entra como un amanecer a la conciencia de Occidente.

Nada más erótico que una larga noche de amor y literatura, una noche con mil amaneceres más uno. Sherezade tiene la virtud de convertir la palabra en magia y la grandeza de salvar con inteligencia y sensualidad el alma de un hombre.

*Subdirector de Noticias Caracol y escritor.

 

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