Viaje alrededor del viaje

Presentamos fragmentos y reflexiones sobre el viaje, por escritores como Martín Caparrós, John Steinbeck y Joseph Conrad.

Ilustración: Heidy Amaya

Viajar es una declaración de guerra. Quien viaja alejado de los planes turísticos en que lo incluyen junto a 30 personas más en fila india, busca luchar contra su propia persona, contra sus propias concepciones. Viajar es la manera más pulcra de masacrar los prejuicios. “Una vez que un viaje es diseñado, equipado y puesto en práctica, un nuevo factor entra en el juego —escribe John Steinbeck en Viajes con Charlie—. Una excursión, un safari, una exploración, es una entidad diferente a cualquier viaje. Tiene personalidad propia, temperamento, individualidad, es único. No hay dos iguales. Y todos los planes, salvaguardas, políticas y prohibiciones son infructuosos. Encontramos, después de luchar por años, que no tomamos un camino: el camino nos toma a nosotros”.

Un viaje no es, entonces, tomar un camino, ir del punto A al punto B. Tomar un camino de ese modo termina en desgracia: se cumple con el destino, pero no con el camino, que alumbra, en ocasiones, cierto trascendentalismo. Ocurre así, por ejemplo, en el Viaje a pie, de Fernando González (1895-1964). En su viaje por las tierras cercanas a Medellín y Envigado, González repara en cuanto encuentra en el camino, y todo ello parece un apéndice de un espíritu mayor, de una esfera más amplia que abarca todos los caminos. “Por ese camino —escribe—, lejos del marco estrecho de nuestros treinta y tres años (…), abrimos los ojos y vimos que todo es amor y muerte. Unos racimos de flores inverosímiles, moradas, carnosas, servían de regios lechos amorosos a los insectos, a los pistilos y a los estambres”.

El camino revela, en su propia naturaleza, un efecto interior, una revuelta interna. Por eso viajar es acabar consigo mismo y, al mismo tiempo, crear un nuevo individuo. Ver las cosas de la manera menos tradicional es el reto de cualquier viajero; ver en el camino un mundo desconocido y aprender a nombrarlo es crear un entorno propio, único. Cada viajante tiene una visión distinta del camino.

Esa visión es propuesta por Julio Cortázar en Los autonautas de la cosmopista. En 1982 abordó una camioneta Volkswagen junto a su esposa, Carol Dunlop, con el propósito de recorrer la autopista entre París y Marsella a razón de dos paraderos por día. Sabía que la autopista, esa “institución” de la vida moderna, era para muchos un simple modo de conexión; sabía, también, que nunca nombraba todo como los demás querían. Para él era esa aventura desconocida, ese modo de encontrarse a sí mismo sin buscarse. “Comprendimos sin palabras que acaso habíamos cumplido ese viaje obedeciendo sin saberlo a una búsqueda interior (…) —escribe Cortázar—. Y que todo eso había sido precisamente porque no lo habíamos pensado, ni buscado, ni propuesto, porque el amor y la alegría nos colmaban demasiado para dejar paso a una ansiedad de búsqueda”.

El viaje como antítesis de lo inmediato, quizá: una pequeña reserva para la experiencia, la dureza de enfrentar lo desconocido y tomarse un tiempo para esto.

Más allá del evangelio del bit y el electrón, una doctrina plena de imágenes en tiempo real y en alta resolución de una ciudad a siete husos horarios de distancia, el relato de viaje vale por la perspectiva que ofrece: mucho más que consejos para cruzar aduanas o buscar alojamiento, la literatura de viaje entraña un punto de vista nacido en los bordes de la experiencia humana.

El género privilegia el diario como el vehículo ideal para atravesar geografías, para remontar un río por el que un hombre se interna en el corazón de una aventura que terminará por devorarlo. Bajo cierta luz, el servicio que estos relatos ofrecen es la conciencia mediante la exploración; esto es, una exploración que paralelamente corre entre el ambiente y su gente y el interior del viajero, como si se tratara de una especie de peregrinación toda llena de mística y significado.

“Caminar por la selva es saber que uno no sabe nada. La selva te produce una extrema conciencia de tu propia pequeñez, de tu ignorancia; ahí al lado, junto a tu bota embarrada, más allá de ese árbol, detrás de ese pantano están pasando tantas cosas que no llegás a ver ni manejar —y que suceden. (…) Pero caminar por la selva no sólo implica la ignorancia sino, sobre todo, la conciencia extrema de esa ignorancia. Un punto: esa conciencia aparece porque decidimos observar nuestra ignorancia, porque viajamos muchas horas para ponernos en situación de contemplarla. Así es más fácil”.

Las palabras de Martín Caparrós llegan a bordo de un campero (“Erre”) mientras recorre por tierra Argentina en El interior. Claro, los destinos hechos para los turistas (cámara en mano y fotos en todo, especialmente comiendo), pero también por los pueblos que distan de las rutas incluidas en las guías de viaje. La aventura de lo cotidiano, podría ser eso.

Una gran aventura, pues la sorpresa suele habitar en la superficie de lo obvio, a plena vista, si tan sólo se sabe mirar. “El truco está en descubrir lugares que te obligan a contemplar en vez de sólo mirar”, en palabras de Paul Theroux. “Viajar —digo: viajar— sería también el esfuerzo de interesarse en cosas perfectamente ininteresantes: creerlas atractivas. Y fracasar muy a menudo en el intento”, según Caparrós.

En ese rincón en donde reside lo oculto de lo evidente, Marlow comprende que su tránsito por río en el Congo no tiene retorno y que, en medio del bosque cerrado y los mosquitos, hay un abismo profundo, un lugar poblado de sombras que degradan el barniz de la civilización con una facilidad aterradora, llamado “el corazón de las tinieblas”.

Lejos de los horarios y las obligaciones, el placer del viaje reside en lo que se encuentra a medida que se pierden cosas (certezas y comodidades para comenzar). Con los kilómetros detrás, el estado inmutable de lo diario se disuelve y el cambio aparece como una única posibilidad, como verdadera morada. Ya lo dijo Caparrós: “No es fácil encontrar un lugar frente a lo único”.

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