Viaje fílmico al país de la “mata que mata”

El nuevo ciclo del Cineclub de la Universidad Central propone para la semana entrante reconectarse con la memoria nacional.

Auditorio del Cineclub de la Universidad Central. / Cortesía

 

 

 

Dos hechos, no simultáneos mas sí contemporáneos, llamaron nuestra atención. Inspiran el ciclo La mata que mata, con el cual reabrimos, luego de un breve receso, la incesante labor iniciada por el Cineclub de la Universidad Central hace 40 años.

Por un lado, la agresiva campaña llevada a cabo por la DNE y el Ejecutivo tres períodos atrás. En ella vemos una planta de ojos saltones y dientes vampirescos, arrancada por una mano anónima, mientras una voz infantil, urbana e irreal, llama a no cultivar la “mata que mata”. Esta pieza de propaganda, que desdibuja y estigmatiza, parte integral de la “guerra contra las drogas”, desconoce gravemente varios derechos básicos consignados en la Constitución Política, y en especial aquellos ligados a la identidad. Las respuestas no se hicieron esperar: algunas igual de agresivas, llenaron las paredes de grafitis (no reelijas la rata que mata). Así, el mamo Kogui Jacinto Sarabaga, se preguntó en la serie Palabras mayores (2007), ¿Por qué atentan contra la coca? Los documentales de Marta Rodríguez Amapola, la flor maldita (1994) y La hoja sagrada (2000), responden histórica y categóricamente a esta pregunta.

Por otro lado, fue creada la Ley 1556 de 2012, “por la cual se fomenta el territorio nacional como escenario para el rodaje de obras cinematográficas”. Con tal de atraer producciones o coproducciones extranjeras, concede una serie de exenciones fiscales, que van del 20 al 40%, con tal de fortalecer la oferta local de servicios cinematográficos. En este marco, complementando la repetitiva producción local de todo tipo de “narcotelenovelas”, productos transnacionales, que responden a las exigencias del mercado globalizado, prolongan este mismo proyecto estético, de exaltación moral de los asesinos, convertidos en héroes, reyes de la descarga online.

Tenemos, entonces, en el país del Sagrado Niño componentes fundamentales de la nación colombiana, atacados en su esencia por una política de Estado, como el pueblo uitoto, que se ve y define como Los hijos del tabaco, la coca y la yuca dulce (2010), tal como lo planteado por la obra de Ben Hur Teteyé; al tiempo que aquellos que matan por monopolizar la transformación química de la mata que da vida a los pueblos de los Andes y la Amazonia, reciben el favor global del público, deduciendo además impuestos por ello, amén de otra política de Estado. El derecho a la imagen local es puesto gravemente en entredicho, a la vez que se implementa globalmente la nueva imagen del derecho.

El Viaje al país de la mata que mata nació de esta contradicción, y en ella basa su análisis. Desea interrogar críticamente las múltiples miradas cinematográficas que surgen de ella, haciendo visibles todos los otros ciclos de la hoja de coca con total amplitud de criterio, sin prevención ni macartismo.

Las cuñas de la DNE implican necesariamente fumigación, desplazamiento y glifosato, y obras como La ley del monte (1989), de Patricia Castaño y Adelaida Trujillo, o Meandros (2010), de Héctor Ulloque y Manuel Ruiz, más recientemente, exploran los cambios introducidos en las zonas de colonización agraria por el cultivo de coca. El profundo impacto en las relaciones sociales del mundo campesino y el surgimiento de nuevas figuras, como el raspachín, también es trabajado por Jorge Alberto Vega en Tierra de hombres para hombres sin tierra (2006) o en El otro lado de la hoja, las generaciones de la coca (2007), de Daniel Rozo.

Brian Moser conecta entre sí las diferentes dimensiones de este complejo engranaje, pasando de Un pequeño negocio familiar (1980) a Tome $20, huélaselos (1981) y Línea de sangre (1991).

La conexión también es total entre los desterrados del campo y la marginalidad urbana, explorada en términos visuales y dramatúrgicos por la obra precursora de Jorge Aldana, Pepos (1983), cuya preocupación por la dupla establecida entre consumo y adolescencia prefigura los trabajos posteriores de Víctor Gaviria. Con Sumas y restas (2004), el cineasta antioqueño nos entrega un crudo cuestionamiento de las subculturas urbanas, fruto de un método decantado por el tiempo.

Misma crudeza presente en la mirada de Germán Piffano que, con Infierno o Paraíso (2014), logra un nítido retrato de la vida de un adicto y los códigos de supervivencia que se imponen en las zonas de mayor abandono de las grandes ciudades.

El cuerpo como depósito no podía escapar a nuestro planteamiento, y la mula, surgida de la marginalidad urbana, hace presencia a través de María llena eres de gracia (2004), de Joshua Marston. Otra forma de relacionarse con el paisaje es la emprendida en el Pacífico por Josef Kubota en Manos sucias (2014), celebrada obra de autor, en donde ríos, manglares y litorales se convierten en pistas de embarque de sueños y cargamentos.

Indígenas, campesinos, comunidades afrodescendientes, dueños de la tierra y marginales urbanos, desde la Sierra Nevada hasta el Amazonas, del Guaviare y La Macarena, a las costas del Pacífico, entre ollas y aeropuertos, cultivos de ladera y mar abierto, el Viaje al país de la mata que mata no dejará a nadie por fuera ni sitio por recorrer.

Veintidós obras fílmicas que dan cuenta de una gran complejidad, lejos de toda caricatura, cuyo espíritu alucinado capturara Enrique Santos Calderón, en referencia a un solo plano de Drogombia (1980), obra culto de Diego León Giraldo, extensible a todo nuestro panorama: “Un perro huesudo caminaba tranquilamente sobre un mar de cocaína puesta a secar en el solar de una finca del Quindío, batiendo la cola, desparramando perico por todos lados, abriendo una trocha entre la blanca espesura, hasta que desaparece en el horizonte de un sol de los venados”.

* Director del Cineclub de la Universidad Central. Exdirector de la Cinemateca Distrital, docente e investigador.

 

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