Vicente Durán: "Todos los que quieren ser maestros tendrían que callarse"

En nuestra serie Historias de vida, de Isabel López Giraldo, presentamos al sacerdote jesuita Vicente Durán Casas, quien habla de sus pasiones, de Dios, el budismo, la fe, las creencias, la religión, Darwin y Jesucristo, entre otros temas.

El padre Vicente Durán Casas, quien asegura que no hay contradicciones entre las teorías de Darwin y el cristianismo. Cortesía

Es sacerdote jesuita y doctor en filosofía, pero prefiere que le digan Vicente. Le gusta la ópera, la salsa, el rock, el fútbol y todos los deportes. También es twitero reconocido (@vicdurcas), maestro respetado y amigo incondicional para todo el que se acerque a él. Descubrió muy temprano su vocación y ha consagrado su vida a ella.

***

Comenzaría con un mensaje y es sobre la importancia que tiene el hecho de ser libres de vivir como se quiere y no permitir que otros lo hagan por uno, ni permitir que otros nos dicten la manera, los objetivos, la finalidad de la vida que uno vive.

— ¡Que uno sea el que vive su propia vida!

Esta consigna ha sido el gran motor de la mía.

Mi papá y mi mamá, como mis cuatro abuelos, nacieron en Bogotá, sólo que cuando mi papá y mi mamá se casaron se fueron para Neiva, por razones de trabajo, donde tuvieron tres hijos. Luego otros cinco. Somos ocho hermanos: tres opitas, dos caleños y tres bogotanas.

Antes de venir a Bogotá vivimos en Cali cinco años, donde me eduqué y después de pasar por varios colegios, me gradué del Colegio de San Bartolomé La Merced, de los Jesuitas.

Debo reconocer que no fui un estudiante modelo. Tuve muchos problemas en la educación. Inicié en el Liceo Francés de Bogotá, donde cursé casi toda la primaria. Luego pasé al Gimnasio Campestre, estando ahí y al terminar tercero bachillerato, lo que hoy en día es octavo, me sentía muy desubicado y no estaba contento, ni yo con el colegio ni el colegio conmigo. Tenía problemas de disciplina, de adaptación y por cosas de la vida encontré que el colegio de San Bartolomé me gustaba mucho.

Por razones obvias, pues yo soy muy alto, descubrí que me gustaba el básquetbol, y como ese deporte allá en San Bartolomé era muy valorado y para ese momento estaban construyendo un gran coliseo, que empecé a frecuentar, hice amigos y averigüé qué necesitaba para entrar.

Me cambié de colegio, un poco a la ligera. Consulté con el padre Donaldo Ortiz, que me hizo unas entrevistas y me mandó a exámenes con una psicóloga. Cuando ya estaba admitido hablé con mis papás. Tenía yo unos 16 años. Me dijeron:

— No, pero con esas notas que tienes no te van a recibir

— Pues ya me recibieron

Fue ahí donde conocí a los Jesuitas realmente, pues ya los había visto en el Gimnasio Campestre pero eran personas muy mayores, distantes, aquí conocí gente joven, gente que no correspondía a la imagen que yo tenía de sacerdotes o de seminaristas; eran más bien rebeldes, críticos del sistema, mostraron una manera de vivir la religión muy diferente a la que yo había conocido en mi casa, una familia muy católica y muy conservadora en temas de religión.

Descubrí que había una manera diferente de vivir la religión, de entender a Dios, las relaciones entre las personas y me metí por ese interés social. Descubrí mi vocación de sacerdote y de Jesuita, tanto, que terminé el bachillerato y pese a que me gustaba mucho el derecho, opté por el sacerdocio.

La cercanía con los Jesuitas jóvenes, que vivían en sectores y barrios populares, muy metidos con la vida de las personas y las comunidades, me permitió descubrir que lo más importante en la vida son las personas, encontrarse con ellas de fondo, con sus historias de vida, todas distintas y problemáticas, a veces violentas, a veces llenas de sufrimiento y heridas. Así descubrí mi vocación de sacerdote y específicamente de Jesuita.

Entré al noviciado después de terminar el bachillerato y desde entonces soy Jesuita, donde he sido por cuarenta años muy feliz y lo sigo siendo.

Estudié filosofía en la Javeriana y por primera vez en mi vida obtuve buenas notas. Definitivamente era lo mío, me gustaba; los profesores nos ponían textos para leer y yo leía más de lo esperado porque me interesaba, me tocaba en lo más profundo. Descubrí textos que a muchos de mis amigos les parecían de lo más aburrido; me encontré con Platón, por ejemplo, uno de los grandes filósofos. Ideas fantásticas que me ponían a pensar en el mundo y a ver la sociedad, la religión, la ciencia y la política, de una manera muy crítica: Una vida sin haber sido reflexionada a fondo no merece la pena ser vivida.

En eso me ratifiqué, porque entendí que la vida hay que reflexionarla, hay que tomar en serio las preguntas, los cuestionamientos de para qué se vive, por qué se está aquí, cómo es la estructura del mundo, cómo funcionan en realidad las relaciones de poder en las personas, en las familias, en la sociedad, etc.

El hecho es que cuando terminé, mis profesores quedaron muy contentos, por supuesto yo también. Saqué muy buenas notas y me motivaron a que la siguiera estudiando a nivel de especialización porque esta es una oportunidad que la comunidad nos ofrece.

Fui profesor de colegio en ciudades como Manizales y Barranquilla, donde conocí los contrastes de la sociedad colombiana y su dureza.

Vivimos en un mundo que no comprendemos, que nos dicta, que nos obliga a pensar de una manera; pero no es la única, hay muchas. Y todo esto que yo pensaba y sentía, mi experiencia de Dios, personal y religiosa, se reforzaba. Dios me invitaba a ser más rebelde que sumiso, a ser más una persona crítica del mundo. Siempre he tenido esa característica.

Regresé a Bogotá a estudiar teología en la Javeriana, aunque mi interés siempre estuvo en la filosofía como base de todo, en leer autores que no necesariamente fueran creyentes ni religiosos, o conservadores, sino muy rebeldes. Yo no veía ninguna incompatibilidad entre mi experiencia de fe religiosa, incluso mi llamado al sacerdocio, y esa pregunta crítica por el mundo en el que vivimos; siempre le di un enfoque cada vez más intelectual, cada vez leía más y estudiaba más, tanto que mis superiores me dijeron: 'Oiga, a Usted le gusta mucho la filosofía y le va muy bien. ¿Por qué no se va para Alemania a estudiar?'

Viví en Alemania siete años mientras adelantaba mi doctorado en filosofía, por supuesto aprendí el idioma, que pese a la dificultad, me resultó muy interesante. Te hablo del año 88, y al año siguiente cae el Muro de Berlín. Me tocó vivir una época de grandes transformaciones sociales, ver el derrumbe del bloque de Alemania Oriental, de la Unión Soviética y de los países comunistas de Europa. Eso fue un derrumbe estruendoso, una sociedad autoritaria que no tenía una estructura democrática mínima donde las personas pudieran opinar o tener partidos políticos independientes; era una sociedad dogmática, una sociedad que obedecía y donde las estructuras políticas eran muy cerradas.

Eso fue una época apasionante para mí porque fue ver cómo se pasaba de dos Alemanias (la oriental comunista y la occidental capitalista) a unificarse; se derrumbaban los muros ideológicos que habían separado a estos países; me tocó la época de Gorbachov, de la caída de la Unión Soviética y la creación de ese nuevo país inmenso que es Rusia, del que desagregaron a todos los países que habían obligado a ser parte como resultado de la Segunda Guerra Mundial.

Me interesé mucho por esos temas y mientras tanto iba leyendo y estudiando muchísimo. Mi tesis doctoral fue sobre Immanuel Kant, un filósofo alemán que siempre me ha interesado y que sigo leyendo. He mantenido con Alemania unos vínculos muy cercanos pues su cultura me atrae mucho, también sus escritores, sus artistas, sus pensadores.

Terminé mis estudios de filosofía, regresé a Colombia y desde entonces soy profesor de filosofía en la Javeriana. También fui decano de la facultad y vicerrector académico durante seis años. Esta fue una época muy interesante también porque conocí temas administrativos, ya no limitados a la facultad sino de toda la Universidad. Interactué con los médicos, ingenieros, abogados, artistas, psicólogos y con muchas carreras muy diferentes, y eso me enseñó a abrir puertas y ver campos del conocimiento que yo nunca había abordado. Mi responsabilidad como vicerrector era garantizar que la Universidad tuviera una estructura de docencia y de investigación a la altura del desarrollo de las ciencias. Eso me pareció interesantísimo.

Pero por supuesto, eso es apenas un aspecto de la vida, otro es mi vida como sacerdote, como la persona que acompaña a otros a discernir, a pensar, a entender su vida de una manera diferente, a avanzar. Yo lo hago siempre desde la experiencia; nunca le impongo a nadie nada, siempre me baso en la propia experiencia y ayudo a que las otras personas piensen reflexiva y críticamente sobre la suya para que puedan asumir su vida y tomarla en sus manos, para que puedan vivirla con gran libertad, felizmente, encontrarle sentido, y para que puedan superar sus dificultades.

Tengo muchas aficiones personales, soy un gran hincha del fútbol y en general de todos los deportes; mi equipo es Millonarios. Soy twitero y trino sobre arte, cine, música, fútbol, temas todos que me interesan mucho. Me aburre que en las redes sociales no haya lugar al diálogo con altura, al de los argumentos; resultan agresivas e insultantes en muchos casos; yo invito a leer, a pensar en cosas diferentes y de manera crítica.

Soy muy poco dado a ver la religión como la manifestación de fenómenos paranormales o de espíritus y fanatismo. Yo lo que sentía era una pregunta muy grande: ¿Qué voy a hacer con mi vida?

La vida del Jesuita implica renuncia, a la vida en pareja, a formar un hogar; hacemos votos de pobreza, castidad y obediencia, es decir, uno entra a una comunidad donde va a tener un superior que lo orienta, que le dice lo que se espera que uno haga. Uno renuncia a sus bienes – yo todo lo que tengo, todo lo que trabajo, es para la comunidad.

Eso a mí me llamaba la atención por su radicalidad, es tomar en serio las decisiones de la vida; quería dedicar mi vida a una causa que me exige la totalidad del tiempo, de mis afectos, de mi dedicación, de mi amor y de mis capacidades.

Esa es la vocación; en otras palabras, escucho el llamado. Supe que quería vivirlo con seriedad y honestamente dedicarme a él.

No ha sido fácil, pues la vida de los afectos tomada en serio no es fácil para nadie, para un sacerdote no es fácil renunciar a tener una familia, a tener hijos o a tener una esposa, pero se puede hacer, se puede vivir y se puede ser feliz haciéndolo así, viviendo así.

Creo que la iglesia perfectamente podría cambiar el régimen y permitir que algunos sacerdotes se casaran, incluso en alguna época se permitió.  Muchos años después se puso como norma obligatoria para todos los sacerdotes el ser célibes y es una norma que perfectamente se puede cambiar, y yo incluso creo que sería perfectamente conveniente que se cambiara, pero hay una manera de ser en la Iglesia que es la de nosotros, los religiosos, y yo además de ser sacerdote soy religioso, jesuita, y vivo en comunidad. Ser sacerdote no es lo mismo que vivir solitario.

La diferencia es que los jesuitas, los franciscanos o los dominicos, tenemos nuestro jefe, dependemos directamente del superior provincial y vivimos en comunidad; tenemos todas las cosas en común. Es una comunidad de bienes y con un fin apostólico. Vivimos con otros que comparten la misma misión, la misma tarea, el mismo llamado y eso nos permite vivir muy gozosamente nuestra vida en común.

Antes del sacerdocio tuve varias novias y las quise mucho pero no llegué a plantearme el deseo del que quiere casarse. Y me he encontrado con algunas de ellas como sacerdote sintiéndome muy tranquilo.

 

– ¿Cuál es su idea de Dios?

 

 Dios no es una idea. Yo no le entregaría mi vida a una idea. Yo le entrego la vida a un ser con el cual tengo una relación muy íntima, muy personal; no es una idea como puede ser la idea filosófica de justicia o del bien.

Te digo esto porque la gente suele decir que Dios es una idea, y en cierto modo lo es, pero la experiencia de Dios es diferente.

Para mí Dios es una experiencia cotidiana, diaria, en la que yo siento y percibo su acción; es una dimensión de la vida interior, de la vida personal. Dios es lo más íntimo de nosotros mismos, que nos habla y nos hace ver nuestra vida desde un plano mucho más general, como su plan de la creación, de salvación, de amor por todas las personas, por toda la creación.

Cuando uno entiende la vida así, uno no acepta que Dios es una idea. Es posible que para los filósofos sí lo sea pero para mí es ese motor de vida, es mi día a día y me encuentro con él cerrando los ojos. Y él me los abre. Hay que tener vida interior o vida espiritual, hay que interiorizar, y a veces en este mundo lo que más nos obstaculiza el encuentro con Dios es la ausencia de eso.

Nos hacen creer que para vivir plenamente lo que hay es mirar para afuera. Los atractivos de la vida hoy en día en los medios de comunicación, en los computadores, en el Internet o en las películas, son externos y resulta que Dios empieza a manifestarse cuando uno mira para adentro. A muchos les cuesta trabajo y cuando lo hacen no encuentran nada, solo vacío. Deberían ensayar y reflexionar.

 

– ¿Qué hay en sus silencios?

 

La gente que le tiene miedo al silencio es porque no quiere encontrar lo más profundo de sí mismo. Y ese es el nivel en donde yo encuentro a Dios. La vida espiritual es algo que es propio del hombre, su vida interior, sea religioso o no, porque bien sabes que no es lo mismo vida espiritual, o vida interior, que vida religiosa. La vida religiosa es ponerle nombre a la vida espiritual, por ejemplo, a ese silencio interior, a ese llamado a vivir en armonía, en paz y amor, los cristianos le ponemos nombre y es Jesucristo.

Hay personas que descubren ese silencio interior y se regocijan escuchando, y se comprenden mejor a sí mismos y al mundo en el que viven. El budismo es eso, es una religión sin dios, en donde lo importante es la espiritualidad, es el mirar para adentro constantemente, aprender a escuchar el silencio interior y eso resulta apasionante. Yo creo que ambos caminos (y hay muchos otros) son muy válidos. Sin vida interior hay frustración.

 

– Usted me habla de rebeldía pero aceptó la obediencia.

 

Ese voto de obediencia es porque uno entiende que dedica la vida a una tarea, a una misión, a un proyecto de acción, de trabajo, y ese trabajo tiene que ser organizado. Ese proyecto implica un plan, unas metas, unos objetivos, unos métodos de trabajo y necesita organización, autoridad y eso para nosotros los jesuitas es muy importante. Los jesuitas tenemos un voto de obediencia especial al Papa, que es el vicario de Cristo, y el Papa Francisco pertenece a la orden. Si todos estamos haciendo lo que Dios quiere, implica una actividad de discernimiento, ponernos realmente en sus manos y preguntarnos qué es lo que quiere de nosotros. Para mí no es para nada incompatible con un sentido de rebeldía, porque la mía no es contra la autoridad o contra las personas que ejercen la autoridad, o contra las instituciones. No. Es una rebeldía mucho más profunda, como lo ha dicho el Papa Francisco: “Sean rebeldes. No se traguen el mundo como está. Cámbienlo. Hagan de él algo mejor de lo que encontraron y no se den por satisfechos”.

Esa rebeldía, que surge de ver que uno quisiera el mundo diferente y dedicar toda su vida a transformarla desde el amor de Dios, es la que me habita.

 

– ¿Cuál es su sentido real de la existencia?

 

Es entender de dónde surgimos y para dónde vamos. Por ejemplo, si la vida mía tiene un origen desde el amor y si tiene una meta también hacia el amor, si uno acepta eso, y lo cree y lo vive, su vida tendrá sentido. Desgraciadamente, para muchas personas lo único que le da sentido a la vida son las cosas materiales y que no necesariamente implican una perspectiva del amor. Esa es una perspectiva de egoísmo, que no es que sea mala, sino muy estrecha, como si el mundo estuviera ahí para que uno satisfaga todos sus deseos, su progreso personal, sus ambiciones, incluso pisoteando a otros. Me resulta frustrante, no es recomendable ni social ni psicológicamente. Me parece que entender la vida es saber que uno gana más dando que recibiendo. La vida humana se realiza plenamente cuando las personas se deciden a dar de sí lo mejor a otros.

Lo que sí quisiera llevarme es haber ayudado a muchas personas a vivir mejor, a quererse más, a entenderse mejor, a vivir mejor con otros, a asumir las dificultades. Para mí eso es lo que le da sentido a la vida. Creo que se parece a lo que le da una madre a su hijo, que no quiere vivir solo para ella sino también para él. Lo que me hace más feliz no es tener sino dar, no es recibir sino ayudarle a otros.

 

– ¿Cuál ha sido su mayor realización?

 

Eso es difícil. Yo distinguiría, desde el punto de vista académico, haber logrado una carrera como profesor. Me siento muy satisfecho con las clases que doy. Cuando termino un curso y veo que los estudiantes quedan contentos y me dicen: “Oiga, yo ahora veo las cosas de forma muy diferente”. Eso me hace muy feliz porque era mi propósito, el de aportar elementos para que ellos crezcan, reflexionen sobre su vida y sobre su mundo.

 

En lo más íntimo, es ver que he podido ayudarle a las personas a vivir mejor. Me he encontrado con corazones destrozados, con una amargura después de una ruptura afectiva, o por casos de violencia, y el conversar con ellas, el oírlas, comprenderlas, no juzgarlas, hace que de pronto empiece a aparecer una luz de esperanza, de salida que les permite vencer el dolor, el resentimiento.

 

Soy un canal para brindar alivio, el que Dios quiere transmitir. Soy su instrumento, y una ayuda para que una persona salga de una situación crítica, dolorosa, angustiosa, donde no hay ninguna esperanza de vida, y empiece a salir adelante. Créeme que la satisfacción de eso es muy grande y eso le da sentido a mi existencia. No hay que ser cura para lograrlo, hay muchas personas que lo hacen de muchas formas. Esto trasciende cualquier cálculo, cualquier evaluación, cualquier logro de objetivos porque se identifica uno con la obra de Dios, dar vida, levantar al que está caído, ayudar a perdonar, sanar un corazón roto, como dice esa canción: “No tengo más oficio que remendar corazones”.

 

En Alemania tuve un trabajo que me encantó, consistía en visitar presos colombianos detenidos en ese país. Yo me asocié con los consulados de Colombia en Frankfurt y en otras ciudades. Me decían: “Padre hay un colombiano en la cárcel, ¿usted por qué no lo visita?

 

Cada vez lo hacía con más frecuencia y tuve una experiencia extraordinaria. La mayoría eran “mulas” de narcotráfico, personas muy jóvenes condenadas a cuatro o cinco años de cárcel. No solo tenían la barrera del idioma sino que permanecían muy solos. El hecho de visitarlos, así fuera una vez cada quince días, o cada mes, generaba en ellos ilusión y felicidad. Evidentemente cometieron un error, ellos son los primeros que lo saben, pero uno no va a hablarles de eso, sino a oírlos sin juzgar, sin condenar, todo lo contrario, apoyando, estableciendo vínculos con su familia en Colombia y diciendo: “Mira, hay luz. La vida no acabó”.

 

– ¿Cómo acalla el ruido, cómo llena el vacío?

 

Esos momentos vienen, los de ruido, los de vacío y me he sentido cansado. En ocasiones veo a la iglesia con estructuras tan rígidas, considero que le falta apertura para comprender la situación de las personas que más sufren, y quisiera levantar la voz, renunciar, y esa tentación siempre esta ahí pero tengo una vida interior que me permite recobrar el sentido a todo lo que hago, superar las dificultades, disfrutar la soledad. Cuando veo a mis hermanos, a mis amigos, a mis compañeros de colegio que ya empiezan a ser abuelos, y me invitan a que les bautice el nieto y yo que no tengo esposa, tampoco hijos, pienso: “Pero ha valido la pena”.

 

Es una renuncia llena de sentido, no obedece a miedos, ni a la falta de posibilidades ni a ningún otro motivo. Fue mi decisión. Es como cuando un hombre y una mujer se casan, renuncian a otros hombres y mujeres porque quieren tanto a su pareja que ya los demás no son necesarios. Ese es el ideal y eso es lo que los sacerdotes tratamos de vivir.

 

– ¿Se abraza en oración?

 

Hay oración. Nosotros los jesuitas nos orientamos por la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, que es una dinámica que ha movido a muchas personas en el mundo a vivir la experiencia de asimilar, más que entender, es asimilar, la acción de Dios en uno y en el mundo. El ejercicio que dura ocho días, en ocasiones un mes completo en total silencio, es más conocido como Ejercicios Espirituales. Soy maratonista y sé que la preparación física y la espiritual son muy parecidas, se fortalece con ejercicios, unos que dan velocidad, otros fuerza, y otros agilidad, pero también capacidad de resistir.

Cuando medito sobre diferentes pasajes de la Biblia descubro muchas cosas sobre mí y reflexiono sobre mi comportamiento. Ahora que estamos en el tema de la paz es sano revisar cómo se comporta uno frente a personas que han sido violentas y que quieren cambiar, o dicen que quieren hacerlo: ¿cerrándoles las puertas o abriéndolas? ¿Qué tal si en Colombia dijéramos: “El que esté libre del pecado tire la primera piedra”.

Todos los que quieren ser maestros tendrían que callarse.

Fíjate que eso que te estoy diciendo es producto de un entrenamiento espiritual, de un dejarse llevar por el espíritu de Dios a ver el mundo como Jesús. Eso es lo que uno trata de asimilar con la espiritualidad, haciendo mía una visión del mundo que es la que corresponde con Jesús.

 

– La iglesia habla de pecado, habla de castigo, ¿Usted se castiga?

 

No. Bastantes castigos tiene el mundo. Yo soy consciente de mis debilidades y de mis errores, por eso me son muy importantes los ejercicios espirituales. No podemos vivir la vida como si fuéramos perfectos:

— ¡Qué bueno aprendernos a querer con nuestros errores!

Debemos mantener los ojos bien abiertos, estar en permanente actitud de entender, revisar la propia vida, preguntarse en qué se está fallando, ver el mundo desde nuestra propia debilidad.

Durante la primera semana de los ejercicios espirituales, dedicada al pecado, es decir, a ver el mal en el mundo pero en primer lugar en la propia persona, uno percibe que el que no avance en eso no puede seguir adelante con sinceridad. Si uno cree que el mal del mundo está en los demás y no en uno, no ha empezado a entenderse.

No es que sea malo pensar en uno mismo, lo que no es conveniente es pensar demasiado en nosotros y poco en los demás.

 

– ¿Cuál es la línea que me dice que ya es demasiado?

 

Creo que cada uno tiene que descubrirlo, no se puede establecer una norma objetiva, única. Pero si tú te pones a ver tu propia vida en el día a día, y esto es un ejercicio que vale la pena hacer, cuando te acuestes en la noche, dedícale cinco minutos a lo que San Ignacio llama el examen y consiste en preguntarse:

— Bueno, ¿cómo fue el día de hoy, qué tanto hice por los demás y qué tanto hice por mí? ¿Dónde estuvo mi ego hoy, lo saqué de paseo, a satisfacerlo, buscando el aplauso y las alabanzas?

Si haces ese ejercicio diariamente, estoy seguro de que vas a encontrar esa línea.

 

– Según la Biblia se debe perdonar 70 veces 7. En su opinión ¿cuántas oportunidades se tiene uno que dar?

 

Muchas. Se debe querer a los demás como se quiere a uno mismo, tener un gran respeto por sí mismo: quererse, consentirse, entenderse, tenerse cariño pero no tanto que no le permita ver sus propios errores o sus debilidades.

Una cosa es quererse sanamente y otra cosa es idolatrarse. El ego llevado al extremo, que es creer que todo el mundo está en función de los intereses de uno, hace mucho daño.

El perdón para  mí es de las cosas más bellas que hay en la vida, por lo tanto uno debe perdonar siempre.

Si Dios me perdona yo debo hacer lo mismo con los otros y conmigo, y levantarme tantas veces cuanto sea necesario, no condenarme, quitarme de encima culpas horribles que me impiden disfrutar de la amistad o de una buena comida, de la sexualidad o de lo que sea porque son cosas que están para la felicidad del ser humano y para su realización plena.

Volviendo a tu pregunta anterior, no existe una línea pero sí un límite. Como lo ha recordado el Papa Francisco, iluminado por la misericordia: “El Dios de Jesucristo es ante todo de misericordia, de compasión, de sentir con el otro”.

Más importante que las leyes en la iglesia son el amor y la compasión.

 

– Usted es un hombre de fe. ¿La ha perdido en algún momento?

 

Sí. La fe es una conquista diaria. Y no es que uno tenga la fe en el bolsillo, porque no es un objeto, hay que lucharla, hay que educarla pero siempre es propio de la fe el tener momentos de duda. Lo dijo también el Papa Francisco: “El que nunca tiene dudas en el fondo tampoco tiene fe”.

Porque la fe siempre es creer, y creer es confiar, y a veces esa confianza se pierde.

 

— Y cuando se cuestiona ¿a qué acude, qué hace?

 

Yo le pido mucho a Dios que me fortalezca en la fe. Es posible que un día se caiga un ladrillo, pero entonces es importante volverlo a poner, o poner otro para que sea cada vez más fuerte la estructura.

La fe es mucho más que algo intelectual y no es un conjunto de ideas o de proposiciones que uno declara verdaderas, eso es muy teórico, la fe es algo que llevas dentro y que te mueve a vivir, a actuar, a amar, a superar dificultades. La fe es ante todo confianza.

Si la fe no sale del corazón, de eso que a uno lo mueve realmente a vivir, no es auténtica, es una manipulación del ser humano. Si no tiene que ver con mis convicciones y mis problemas de la vida ordinaria yo no le veo sentido.

 

– Los valores son pilares en la vida. ¿Cuáles son sus fundamentales?

 

Uno que yo amo es el de la confianza. Desgraciadamente vivimos en un mundo en que las personas son tremendamente desconfiadas y la confianza se rompe desde la tierna infancia.

Se vive en desconfianza y resulta que la vida, a medida que pasan los años, nos va mostrando que confiar demasiado en sí mismo puede ser engañoso porque lleva a no reconocer las fragilidades propias, las debilidades, los puntos en donde uno se puede resquebrajar psicológica y afectivamente.

La vida de una persona feliz consiste en reconocer esos puntos débiles, en no maquillarlos ni ocultarlos, en cambio, sí, asumirlos.

Personas que ni en el hogar ni en la escuela encuentran estructuras de comunicación y socialización que les permitan desarrollar actitudes de confianza son personas que después van a tener muchos problemas en la vida social.

 

– ¿Cómo recuperar la confianza?

 

A veces es muy difícil. Exige un trabajo interior muy grande, yo le doy a la religión un valor muy importante en eso.

Volviendo a los fundamentales, destaco entre muchos otros valores el de la solidaridad.

Vivimos en un mundo en el que creemos que no estamos obligados a ayudarle a nadie, sino que los demás nos ayuden y eso no es así. Necesitamos compartir con otros lo que tenemos, lo que somos.

Para mí es mucho más importante compartir el tiempo con los demás que compartir la plata, y a veces el tiempo es lo más difícil de compartir. Dispongo de lo primero, no de lo segundo.

 

– ¿Qué es el tiempo en su vida?

 

El tiempo es un valor que en la medida en que se hace uno mayor, se va volviendo más importante.

Recuerdo siendo muy joven que tenía tiempo para todo, para jugar, para deportes, para estudiar, para estar con amigos, para estar con la familia, pero ya no, ya empieza a faltar, ya es escaso.

San Agustín tiene una frase tremenda sobre el tiempo que yo la he citado mucho: “Todos sabemos qué es el tiempo, pero si alguien nos pregunta, ¿qué es realmente? No lo podemos decir”.

Como lo decía algún monje sabio, yo creo que el tiempo es una oportunidad para amar. Es una oportunidad para dar algo a los otros, para darse uno, para vivir dándose. El tiempo es la oportunidad que nos da Dios para que algo ocurra.

Dios está más allá del tiempo.

Uno puede utilizar el tiempo para algo que abra una ventana de eternidad.

Cuando utilizas el tiempo para perdonar o para no perdonar, para herir o para sanar, para acariciar o para golpear, el tiempo cobra valor. Por ejemplo, el beso de dos personas que se aman, sabe a eternidad, eso no se acaba, es un momento especial. Un beso de dos amantes, como dice la biblia: “Que me bese con un beso de su boca”.

Eso es tremendo, eso lo interpreta Santa Teresa de una manera maravillosa en su poesía: “Un beso de su boca… ¿Por qué un beso de la persona amada deja huella de eternidad?”

Claro que una herida en el alma, o un engaño en amor, también puede abrir un espacio de eternidad.

El amor es la mayor ventana de eternidad que hay. Cuando hay amor uno quiere eternidad.

– ¿Qué es amar?

Amar es darse. Yo creo que es muy frustrante el amor entendido como el hecho de dar cuando no va acompañado con darse. Mucha gente cree que dar cosas es amar, uno lo ve en la educación. El mejor ejemplo de entregarse por amor a otro lo da una mamá cuando alimenta a su bebé, y el de dar es cuando los padres pagan todo a sus hijos pero los dejan en manos de terceros, llámense estos enfermeras, guardaespaldas, profesores y demás.

– ¿Qué es el alma y dónde está?

El alma es un concepto que a mí no me gusta mucho. ¿Sí será que existe el alma como una cosa diferente del cuerpo? Realmente no lo sé, me entran mis dudas. Creo que nosotros los cristianos hemos confundido la resurrección con la inmortalidad del alma. La inmortalidad del alma es un tema de la filosofía, es un tema del cual hablan los filósofos incluso antes del cristianismo, como Platón. Hacen referencia a que el ser humano tiene un alma que cuando se muere queda como un espíritu flotando por ahí y se va al mundo de los espíritus.

Yo no creo mucho en eso. Creo que no tiene nada que ver eso con la fe. La fe cristiana es más bien la fe en la resurrección, es decir, que es posible volver a nacer. No como reencarnación, no creo tanto en la inmortalidad del alma sino en la posibilidad o en la realidad de la resurrección, lo que significa que de la muerte surja vida, una vida distinta. Yo creo en que resucitamos en Cristo, es decir, podemos vivir una vida resucitada de la muerte como lo dice el credo: “Creo en la resurrección de los muertos, en la vida eterna. Amén”.

Yo creo que la posibilidad de la resurrección requiere de la acción de Dios, necesitamos de su ayuda, de su impulso, de su fuerza. De tal manera, yo no creo ni en la transmigración de las almas o en la reencarnación, en eso no creo para nada. Creo que cada vida humana es una creación de Dios, es una invitación a reconocerlo como creador y que puede ser resucitada del pecado, de la muerte, de la destrucción, a una nueva vida.

 

Pregunta Daniel Castaño (21 años)

– ¿Usted cree que la teoría de la evolución por selección natural tiene mérito?

Claro, la teoría de la evolución es la manera científica de explicar la creación de Dios, es la manera como la ciencia puede aproximarse a entender cómo es que el mundo llegó a ser el que tenemos hoy en día.

– Yo no he leído la Biblia a fondo entonces le pregunto, ¿la Biblia no sugiere que el planeta solo tiene unos diez mil años y que el hombre, los animales y las plantas se crearon como un artista a una obra, que creó a Adán y de la costilla de Adán sacó a Eva?

Si uno lee la Biblia así sí, pero entonces en esa Biblia yo no creo. La Biblia no es un libro científico, no te está diciendo, como te lo dice Darwin, cómo ocurrió la creación. Es absurdo, sabemos que son miles de millones de años, como resulta absurdo pensar que la mujer salió de una costilla del hombre. Eso es una imagen literaria: son la misma carne. La Biblia usa símbolos y mitos para expresar algo mucho más de fondo y es que toda la realidad, que existe a través de la evolución o de lo que sea, procede de Dios. Cómo procede de Dios, nadie lo puede decir. Yo creo en la teoría científica de Darwin, la he estudiado, y creo en la Biblia, entre los dos no existe la menor contradicción.

– ¿Le puedo poner un ejemplo? En la biblia no dice, en el principio existió la palabra. 

¿Qué significa el principio? El lenguaje es una invención más bien reciente, extremadamente reciente, el planeta tiene cinco billones de años, la vida en la tierra unos cientos de millones, el lenguaje es un fenómeno mucho más reciente. Entonces, ¿no resulta contradictorio?

No, en el principio era la palabra. Ese texto, que es del evangelio de San Juan, es para expresar que Dios siempre se ha comunicado con el hombre y esa comunicación se realiza plenamente en Jesucristo.

 

 

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Isabel López Giraldo

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Vicente Durán: "Todos los que quieren ser maestros tendrían que callarse"

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