Víctimas de la industria del entretenimiento

"Muertos de la risa", la película de Álex de la Iglesia en la que se puede ver el poder destructor de la industria cultural norteamericana en contraposición a otros efectos que podría llegar a tener la acción de reír.

Archivo particular

Todo el mundo los conoce. Dos décadas de éxito les han dado fama mundial. Han dejado su huella donde han actuado, pero el éxito tiene también su lado malo y Bruno y Nino ya lo han visto en la envidia, los celos, el odio, la paranoia. Y, claro, la inseguridad. Muy rápido advierten que mientras más se odian mayor es su éxito y mientras más éxito tienen más se odian. Pero, eso no depende sólo de ellos, sino de una muy aceitada máquina de producir dinero fácil, a costillas de dos comediantes que, por azar, terminan haciendo reír a la gente: a punta de violencia, de hacer el ridículo, de hacerse insoportables entre sí. Muertos de risa (1999) es una comedia negra/dramática que describe el tránsito de la amistad a la rivalidad al odio, por causa de la industria del entretenimiento ejercida por la hegemonía cultural estadounidense, al mismo tiempo que describe los extraños resortes que llevan a reír al hombre a través de la ridiculización de los demás, así como a comprender las múltiples razones que producen la risa: para un autor, por ejemplo, como el francés Henri Bergson el ser humano ríe de lo que, inconscientemente, se le ofrece como caricatura de sí mismo: un fantoche o un payaso, pero eso sí jamás un político, el que encarna la negación del humor.

El propósito inicial de Nino y Bruno es hacer el mejor programa de Nochevieja de todos los tiempos: “Vamos a matarlos de risa”, refiriéndose con ello a los demás. “Feliz 93”, dice en un cartel, con lo que se advierte sobre la Navidad del 92. Hay un flash-back hasta el 72: no ha terminado la dictadura de Franco. Los guardias se emborrachan. “Viva la muerte”, recuerda Nino a Millán-Astray quien, como a su vez lo hace Unamuno, dijo “Abajo la inteligencia, viva  la muerte”. Y esto se da previamente al episodio de los soldados en la discoteca, cuando uno de ellos le dispara a Nino: “Te has cargado a la chiva de la bandera”, en alarde de obvio chivonismo… perdón, chovinismo. Y como donde hay tropa triunfa la violencia, la discoteca es quemada. “Todo esto lo paga el seguro”, oye decir don Antonio, quien contra-pregunta: “¿Qué seguro?”, no sin razón. Bruno y Nino se conocen, sale a relucir el idioma inglés y uno pregunta al otro si lo habla: “Hello, goodbye, arrivederci… poco más”, contesta con fingida seguridad y certera ignorancia. Ambos, son llevados a presentar un show. Nino debe contar chistes flojos y Bruno apoyarlo con la retórica barata que da continuidad al asunto. De la violencia surgirá la risa estentórea de los asistentes. Entonces, Bruno golpea a Nino. Cachetadas van y vienen. Lo que no debe causarlo termina por hacer reír. Por ejemplo, el chiste del gangoso mariquita. O el de Cristo en el desierto.

Nino va a recordar que en todo eso “había algo de amoral, algo siniestro. Pero, ¿no es así en todos los placeres de la vida?”, pregunta como quien sin querer alude al masoquismo y al sadismo que rodean las actividades del ser humano. “¿Cuándo voy a dejar de recibir bofetadas?”, reclama Nino. “Nunca. Es la base de nuestro éxito. Todo el mundo lo sabe”, dice Bruno, como quien responde sólo por él cuando en el fondo lo hace a nombre de la sociedad. Una, manipulada a través del entretenimiento, de la TV y de los medios en general. Y el prototipo de la fealdad física, Bruno, agrega: “Lo gracioso es que el guapo pegue al feo…” y Nino, sorprendido: “¿Quién te ha dicho que eres guapo?”

Lo anterior va ligado al show de Uri Geller con su doblamiento de cucharas, como se verá cuando alguien en el baño le diga a Nino: “Este tío tiene poderes”. En la conversación de éste con una de sus fans surge el tema de la cárcel: “Tal como están las cosas en este país sería el único sitio en el que se podría estar”, señala entre filosófica y graciosa la rubia Laura, quien quería ser misionera, luego actriz y ahora… “¿abogada?”, interrumpe Bruno: “No, quiero hacer la huelga, soy de la CNT…”, añade Laura como haciendo una cuña mediática. “¿Anarquista?”, intenta redondear Nino. “Y estás… [buenísima, pero no lo dice] pero no te pareces nada a la Pasionaria”, cita inconsciente a la vieja figura del comunismo español. La rivalidad de Nino y Bruno, comienza aquí, es decir, por las mujeres. Laura flirtea con Nino, pero termina tirando o fornicando con Bruno. “Este tío tiene poderes”, dice un borracho a Nino cuando éste, con una cuchara doblada en la mano, ansioso aunque desconsolado, busca la estela del polvo perdido. Por sus poderes, lo alzan en hombros, lo que de momento le hace olvidar su condición de cornudo.

Bruno, ducho en traición, le explica a Nino los dos caminos que según él hay con las mujeres: uno, osito de peluche, simpaticón, que no se come nada… y dos, ir directamente al grano: “Yo quiero follar, eso es lo que ellas entienden”. Nino, Bruno y Julián, el manager, deciden quedarse tres días en Salamanca y luego en Toledo, para después ir a Madrid. “¿A Madrid, a qué…?”, pregunta Julián: “De putas, a que nos conozcan un poquito en la capital”, agrega Nino, no propiamente haciendo un chiste. La verdad, van como putas del humor. “Aquí no somos nadie, como Gila o como Tip y Coll”, añade Nino. Y Julián rumora: “Dicen que el Generalísimo anda muy enfermo”. En efecto, Franco va a morir pronto, en el 75, después de tiranizar 40 años a España. En la siguiente escena, dos guardias irrumpen en el cuarto de Bruno: “¿José Luis Expósito?”, expósito no de balde si se tiene en cuenta que es huérfano de padre. Lo requisan, lo maltratan, se burlan… y al final le muestran una pistola y le disparan… agua. Nino comienza a desquitarse de Bruno.

A la par de la farsa, viene el éxito. Nino y Bruno se compran dos chalets para estar más cerca, pero también para vigilarse día y noche. “Tres días de fiesta, sin parar y sólo para joderme”, se queja, confinado en un closet, ante Julián. “Quiere restregarme que a él lo quieren más que a mí”, dice Bruno. “Eso no es cierto”, señala Julián, para tranquilidad de su bolsillo más que de la víctima del odio: “Sois perfectamente iguales, la pareja perfecta: el Gordo y el Flaco, por ejemplo, la gente no quiere más al gordo que al flaco, los quiere por igual. Abbott y Costello, Tom & Jerry”. Aquí, se refiere a una de las más famosas parejas de comediantes de Hollywood y al cómic del gato y el ratón, protagonista de una larga serie de cortos de William Hanna y Joseph Barbera. Bruno opina que a Nino le llegan por docenas y a él “ni una puta carta. Y tengo por aquí la de una gemelas que quieren tener un hijo suyo”. Bruno saca las cartas de la basura: a través de ella se pueden averiguar muchas cosas, asegura. Como quizás lo hizo Héctor Abad, para escribir Basura, justamente. El cine alimentando, esta vez, a la literatura. “La basura te define, lo dice todo de ti”, dice Bruno a Julián y se dispone a vigilar a Nino pues planea algo contra él.

Cuando Julián entra a la casa de Nino, un cuadro muestra a éste en el centro y a su derecha Bruno ha sido tachado de la foto. Luego, más fotos sin Bruno. Y Julián prosigue su búsqueda hasta que… se encuentra con los polvos grabados de Nino, en una máquina Akai. Nino sale del baño, se encuentra con Julián y, sin alarde alguno, apaga la grabadora que reproduce el sexo. El sexo mecánico, tecnológico… como prefigurando el de Internet. Como reactualizando al Orwell de 1984, en el sentido de que, de nuestro mundo, “el instinto sexual será erradicado. Vamos a abolir el orgasmo”. “Mira Julián, deja ese tono paternal, de curita baboso que vive de mi 10%”, dice Nino, a quien la dureza de la vida le comienza a moldear el carácter. Y le ordena reír a una de las chicas que bailan por dinero para él, porque más que una fiesta parece un funeral: aún no lo es, pero en efecto para allá va. “Bruno intenta hundirme psicológicamente”, dice Nino. “Pastelitos Nino & Bruno. Sólo me como la mitad, la otra me da asco”: “Él es huérfano”, dice Julián sobre Bruno a Nino y éste: “Por algo será…” Bruno intenta entrar a la casa de Nino y queda atrapado, con el gato prendido de su cara. Se deshace de él y lo mete al congelador.

Bruno coge un casete de video que dice: “Castrin Brunos”… “Si estamos forrados por mí”, es decir, llenos de plata, y cuando Bruno se recupere del ataque de celos, todo volverá a ser como siempre, dice Nino a Julián. Bruno descubre sus cartas en casa de Nino. Muere la madre de Nino a causa del infarto que le produce el gato congelado. El entierro. Bruno observa detrás de una tumba. Nino recibe el pésame de sus amigos. Y detrás de Bruno la cámara enfoca una corona de flores que él trae y que reza: “Fue sin querer…” queriendo como diría el Chavo. “Yo soy un profesional, puede dejarme sin madre… pero, ese cabrón no me va a dejar sin trabajo”, dice Nino a Julián. El ejército se toma el Congreso de los Diputados e intenta da un golpe de estado: el fallido golpe del Tte. coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero del 23/feb/81, de ahí que fuera conocido como 23F, que un personaje del filme se llame Sargento 23 F. En paralelo el show de Nino y Bruno terminó siendo de culto: la chabacanería primando sobre el buen gusto, lo trivial sobre lo serio, a la manera de Sábados Felices. “No me pregunten cómo, pero ganamos hasta concursos internacionales”. La antorcha entra en el estadio Montjuic por Eric, quien la prendería en los Olímpicos de Barcelona/92. En el filme, Nino acaba de inaugurarlos con un certero flechazo. Y no de…

Hubo diez años de tregua en que no se vieron Nino y Bruno. “Parecía que el volcán del odio se hubiera apagado… pero como siempre estaba equivocado”, dice Nino. “Es él”, le dice Julián, “pero no te pongas a la contra. Ahora lo que importa es el especial de Nochevieja”. Nino tuvo que pagar para salir en el programa de la Olimpiada: “Nadie lo sabe”, le dice a Julián. “A mí me va de maravilla. Yo soy el Frank Sinatra español”, como si fuera lo máximo y así hoy Martin Smith hable del “pasado rojo de La Voz”, olvidando de paso que a la vez fue ahijado del mafioso Sam Giancana, rival e indirecto victimario, todo hay que decirlo, de JFK (1). Bruno, por su parte, piensa que lo justo es que él gane apenas el 30% del nuevo contrato y Nino, el 70%. Y le entrega un paquete a Julián, para que se lo dé a Nino: las inefables medias olorosas. “Te tengo, cabrón”, suelta Bruno de espaldas a Nino, cuando éste se pone sentimental. “Vamos, Robocop”, le dice Nino a un destrozado Bruno antes de viajar a Madrid. El guardián del aeropuerto revisa el maletín y descubre… “Farlopa, farlopín, sí señor”, perico, periquín: “Vaya alijo que me trae aquí el televisero ese”. Nino va a la cárcel. Bruno hace casting para encontrarlo. “Yo en la cárcel y él triunfando con el Bombero Torero”, dice Nino a Julián. “Eso de la magia ya no sirve. Ahora lo que quiere la gente son naves espaciales, extraterrestres y la puta mierda de los efectos especiales, Nino, que va a acabar con nosotros”, le dice uno de sus amigos. Aquí el que parece quejarse es el propio Álex de la Iglesia a nombre de quienes siguen queriendo un cine artístico, artesanal si se quiere, pero no electrónico con base sólo en efectos: en otras palabras, la basura de Hollywood, “la industria de la porquería más grande que existe”, al decir del cineasta alemán W. Wenders, después de haber hecho allí París, Texas, con guion del inolvidable dramaturgo y escritor estadounidense Sam Shepard (1943-2017).

Y viene el concierto de rock anual en Carabanchel: un recluso escapa de la cárcel, oculto en el interior de unos altavoces. Nino ha escapado, gracias a sus amigos técnicos de sonido. Bruno recibe una llamada, cree que es aquél y se arma hasta los dientes. Y viene el epílogo: piensa que ha debido dejar que los soldados mataran a Nino en la discoteca: “Laura no me interesaba, era sólo por putear”, miente. “Yo estaba enamorado de ella… ¿es que me tienes envidia?, aquí no importa quién habla. Podría ser cualquiera de los dos. “Sí, te tengo envidia.” “¿Por qué?” “Tú eres más ingenioso, más atractivo, más alto, más todo…” “¿De qué me sirve a mí eso?” “Tú eres genial, cojones. Tú tienes gracia innata. Yo llevo años intentándolo. Soy nadie sin ti. Sin ti no soy nadie. Y eso me pudre”, dice Bruno como quien confiesa ser dependiente de la mediocridad. Y Nino intenta justificarse: “Yo nunca he querido ser gracioso. Sólo quiero que la gente me respete. Igual que te respeta a ti. Pero, sólo soy un payaso, un puto payaso. Y te juro que no puedo aguantarlo ni un minuto más”.

Ya están aquí… los policías, dice Bruno: “¿Qué hacemos?”, pregunta Nino. “La verdad, esto es patético. Me imagino los periódicos de mañana, llenos de barro, de sangre, de mierda”, como quien en serio hace un balance del manejo mediático universal. “El resto ya lo conocen. Nino y Bruno hicieron su última actuación y la gente se murió de risa, por última vez”, dice Julián para así decirle al espectador que el filme es cíclico: termina como empezó. Sus amigos se asoman a las camas de Nino y Bruno: “Es increíble, han pasado veinte años y siguen igual. Y lo peor…”, dice Laura. “Doctor, ¿usted cree que se salvarán?”, inquiere Julián. “No lo sé. Deberían estar muertos. Su situación es crítica. Sin embargo, hay algo, no sé cómo llamarlo: una energía, una fuerza misteriosa, que los mantiene vivos”, dice el médico, ventrílocuo de Álex de la Iglesia. “¿Sabe de qué se trata?” “Sí, creo que sí. Pero, sería difícil de explicar”, contesta Julián a nombre del cineasta.

La luz se va. Travelling hacia adelante. La cámara penetra en el cuarto de Nino y Bruno. Los escanógrafos registran sólo líneas. De pronto, Bruno se levanta, va hacia Nino, lo abofetea y vuelve a la cama. Lo dicho: mientras Nino y Bruno más se odian mayor es su éxito y mientras más éxito tienen más se odian. El humor con base en la violencia de dos seres que pasaron de la amistad a la rivalidad al odio a causa de la industria del entretenimiento con base en la hegemonía gringa, continúa. Por contraste, también cabe no necesariamente lo opuesto sino lo complementario: la risa nunca muere… aunque los que hacían reír puedan estar o no muertos. Esa es la energía de la risa, siempre en transformación, evitando que nos mate la realidad: la realidad social y política, la de los políticos, que carecen de humor. La energía del arte, lo único que se sobrepone a la muerte.

En conclusión, y retomando al Bergson del comienzo, un fantoche, un político o un payaso, tres figuras distintas de un mismo personaje, jejeje, nos hacen reír porque son representaciones deformes hasta el grado de cosa de lo que [no] somos nosotros mismos, já; en otras palabras, Bergson ve en la risa una proyección y una descarga de tensión emotiva ante algo no que nos representa sino que parece representarnos, jajaja, precisamente por esa capacidad de transmutación que tiene la risa para llevar a identificarnos con un fantoche o con un payaso pero jamás con un político: por una parte, porque el político casi nunca ríe y, por otra, porque nada hay que le produzca más contrariedad al Poder y a sus fusibles los políticos que el humor y el amor, los elementos más subversivos que pueda haber donde los haya o se hallen, que es igual pero distinto. Humor y amor que Bruno y Nino tuvieron a caudales pero que dejaron esfumar cuando su risa se vio interferida por el interés, el éxito, la competitividad, tres factores básicos del capitalismo y de su hija boba la industria del entretenimiento, por contraste la más feroz representante de la hegemonía cultural del imperialismo gringo, en la era de esa nueva versión del Pato Donald: la del Hitler Trump.

Nota:

(1) http://www.elviejotopo.com/topoexpress/frank-sinatra-el-pasado-rojo-de-la-voz/           

FICHA TÉCNICA: Título: Muertos de risa (1999). Dir.: Álex de la Iglesia. Guión: Jorge Guerricaechevarría, Álex de la Iglesia. Género: Acción. Comedia negra/dramática. Suspenso. País: España; color; 109 min. Actores: Santiago Segura (Nino); El Gran Wyoming (Bruno); Álex Angulo (Julián); Carla Hidalgo (Laura); Eduardo Gómez (el pobre Tino); José María Iñigo (él mismo); Uri Geller (él mismo); Mago Silbor (Manuel Tallafé); Sgto. ‘23F’ (Jesús Bonilla). Diseño de prod.: Biaffra, José Luis Arrizabalaga. Efectos visuales: Jerôme Debève, Úrsula García. Fot.: Flavio Martínez Labiano. Mon.: Teresa Font. Mús.: Roque Baños. Prod.: Andrés Vicente Gómez. Prod. Asoc.: Aldo Spagnoli, Marco Gómez. Son.: José Vinader, Ray Gillon, Santiago Thévenet.

* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE. Hoy, autor, traductor y coautor de ensayos para Rebelión.  E-mail: [email protected]

 

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