La vida con cara de muerte

El director Luis Ospina, homenajeado en la 56ª edición del Ficci, presentó ayer su documental “Todo comenzó por el fin”, que relata pormenores de su vida y del grupo que los críticos llamaron Caliwood.

Luis Ospina nació el 14 de junio de 1949 en Cali. / Juan Cristóbal Cobo.

En 1963 Roberto Rossellini dijo que el cine había muerto. Ese mismo año, Luis Ospina empezó a hacer su propio cine con una cámara casera que le entregó su padre. “Ahora te toca a ti”, le dijo. Y él, para ser diferente, hizo sus primeras grabaciones con las imágenes al revés. Hasta entonces había sido uno de los protagonistas preferidos de su padre, que lo filmó en la piscina, en su cuarto, y un día, cuando lo metieron en una lavadora que acababan de comprar en casa. Ese día, confesó con el tiempo, sintió pánico. Luego comprendió que durante muchos años vivió con el miedo a la muerte metido en la piel, y rescató una vieja filmación en donde aparecía jugueteando por algunas calles de Nueva York, adonde lo habían llevado para que lo operaran de una hernia.

Después siguieron varias enfermedades con nombres que él ni siquiera podía pronunciar. Y siguió la vida con sus buenas y malas noticias, con su juego de encrucijadas y coincidencias. Siguió la vida con su cara de muerte. En la madrugada del 7 de agosto de 1956, más de mil cajas de dinamita le explotaron a Ospina, a todos los Ospina y a todo Cali, casi en sus camas. Diez camiones del Ejército que iban hacia Bogotá estallaron, y con su estallido sembraron la ciudad de cadáveres y ruinas. Barrios enteros se destruyeron, como el de la casa de los Ospina, que tuvieron que mudarse al Centenario. Allá, calle de por medio, el niño Luis, como lo llamaban las empleadas que trabajaban en el servicio doméstico, conoció a uno de sus primeros grandes amigos, Carlos Mayolo.

Los dos jugaban, los dos imaginaban, conversaban, reían, se gastaban bromas, y los dos se desvelaban por el cine, y en sus encuentros desmenuzaban la película que habían visto en la sesión matinal del domingo anterior. Los dos contaban historias, y poco a poco fueron escribiendo la historia con esos pequeñas relatos que surgían todos los días. Poco a poco fueron escribiendo la historia con personajes que trascendieron, porque, más allá de las críticas, de los obstáculos, de las prohibiciones y los “no podrás”, se atrevieron a hacer y a hacer y a hacer. Y dieron los primeros pasos, y esos primeros pasos los llevaron a unos segundos y a unos terceros, y al final, a una película o un libro, y más allá, a una obra. Escribieron la historia con pasiones, que fueron pequeñas revoluciones.

En medio de sus charlas y juegos-obsesiones, un día se toparon con un muchacho escuálido de pelo negro largo y gafas cuadradas, Andrés Caicedo. Con él, las historias, y la historia, se multiplicaron. Y con él dejaron huellas. Marcaron. Enamoraron con sus películas y el cine club del teatro San Fernando y la revista Ojo al Cine a decenas de niños que los veían como referentes. Y mostraron otros caminos, y revelaron lo que nadie quería revelar. Escribieron la historia con una cámara robada, con una máquina de escribir o con un lápiz, simplemente porque ellos querían contar una historia que fuera mil historias, y no que se las contaran. No querían que les dijeran “el mundo es rosado”, pues no lo creían. No querían que les hablaran de felicidades plenas, de las bondades del sistema o de los dioses de sus ancestros.

Cuando se organizaron los Juegos Panamericanos del 71 en Cali, con el sistema y la patria como banderas, ellos crearon su propia versión, Oiga, vea, con la gente del pueblo y sus carencias. Cuando, después, algunos cineastas vendieron la miseria de los barrios de invasión a Europa y Estados Unidos, ellos clavaron sus cámaras, que fueron puñales, en las entrañas de aquel negocio al que bautizaron pornomiseria con un documental que titularon Agarrando pueblo. Ospina, Mayolo, Caicedo y unos más fueron creando un movimiento, aunque lo que menos les importaba era crear algo sistemático. Estaban en contra de los esquemas, les declaraban la muerte a los manuales. Ellos habían creído en las grandes verdades, en los perfectos absolutos, en lo inmodificable y eterno. Lo habían heredado.

Sin embargo, eso dado y eterno, comprendieron con los años, no era tan dado y eterno, y era modificable. Eso dado y eterno, Dios y los santos, el infierno y el paraíso, el bien y el mal, eran creaciones humanas. Y no había Arte, entendieron, había artistas.

Y aquella Justicia de la que les habían hablado en mayúsculas también, era la suma de cientos de miles de señores que impartían justicia, y a veces no la impartían, e incluso a veces jugaban a impartirla a cambio de un favor, dos pesos, un cargo. No había Amor, había amantes. Sin manuales, fueron pasando de las charlas a los guiones, de ahí a los documentales, de los documentales a las películas, al cine club, a la revista de cine, y de allí saltaron a fundar una comuna, Ciudad Solar, muy al estilo de aquellos primeros años 70: los Stones, Richie Ray, Héctor Lavoe, los Beatles, Bob Dylan, Joan Báez, flores en el pelo, sandalias, peace and love, sexo y rock and roll.

Como en un poema de Isla Correyero, ellos fueron “Todos nosotros, generación, tribu, conjunto de perdedores que imaginamos que la ruina era el más alto honor”. La ruina fue seguir, luchar, clavarle los dientes a la tradición, y la ruina fue, también, la muerte, primero, con el suicidio de Andrés Caicedo. “Me acabo de tomar 60 pastillas, y ojalá no se me estalle el cerebro. Vos me mataste, Patri”, le dijo a su compañera de vida, Patricia Restrepo. Había dejado sobre su máquina de escribir una carta dedicatoria con su libro Que viva la música, acabado de publicar. Luego la muerte siguió su paso de ruina, de alcohol y locura. En 2007 murió Mayolo, y cinco años más tarde tocó de nuevo a Ospina, pero sólo fue la “brisa de la muerte enamorada”, como cantó Fito Páez. Ospina peleó. Ospina deliró.

Le informaron que tenía cáncer cuando estaba planeando un documental sobre sus amigos y lo que los críticos llamaron Caliwood, Todo comenzó por el fin. En la clínica les delegó el final de su obra a Sandro Romero y Rubén Mendoza. A él lo intervinieron, lo sedaron, le dieron mil y una pastillas y sobrevivió. Volvió a tomar en sus manos una cámara, otra cámara, y se grabó en su lecho de convaleciente. Habló, recordó, opinó, trascendió. Vivió.

 

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