La vida en cuatro patas

Estuve largo tiempo en esa pulcra vitrina de la mueblería en la cual compartíamos con mis maderos compadres.

Convivimos con esa asombrosa cama que llenaba nuestros duros corazones con su color nogal y acabados satinados que hacían expandir y contraer cualquier tipo de madera, el estante de roble negro que siempre tenía el comentario jocoso del día, el clóset que parecía más una clóset por sus formas y ademanes, el sillón reclinable que no era del todo de madera y por tal motivo era un incluido, pero igual querido, el escritorio de chapas prefabricadas color caoba C3, y yo, una mesa de noche con detalles nunca antes vistos por ojo mortal alguno, orgullosa de mi color ocre y chapas originales. Yo era la consentida, puesto que al ser la más pequeña del grupo era la más tierna y hermosa de la tienda, modestia aparte, y además, fui fabricada por el mejor de los ebanistas, el gran Thomas Chippendale, al que incluso personajes como Geppetto pedían clase por su excelencia en el trato a la madera.

Digo estuve porque al escribir esto me despedía de mis cortezas amigas, y ahora me encuentro en la más baldía soledad, en medio de muebles sin carácter, una silla de jardín hecha de plástico y metal que en su personalidad refleja lo frío de sus materiales, una lámpara que si no está prendida con un poco de alcohol no es capaz de hablar, un tapete que ha sido más pisoteado que la misma constitución del País de la Canela, y un colchón que sólo me invita a remembrar a esa adorada compañera del almacén. La persona que me adquirió es un politiquero que llena el cuarto de un nauseabundo olor al hablar, y lo único que pone en mi interior es su caja de dientes dentro de un vaso que contiene un agua aún más desagradable que su peste, y un montón de libros que jamás ha leído.

Desde que estoy en esta horrible casa, como la llaman algunos, mi vida es un asco, nadie admira mis finos detalles, que abarcan desde el mismo comienzo de mis patas hasta mi parte posterior, mi hermoso y natural color ocre que ahora siento palidecer por la llegada continua de un incesante sol. El paso de hojas y firmas sin leer hace que me quiera quemar en la mayor de las hogueras, querer dejar atrás esta vida de dependencia y falsa ilusión para volar, prefiriendo mezclarme con lo tóxico del aire para estar por encima de todos y ser lo más poderoso, porque estoy cansada de estar en el piso, de no poder ver por la ventana por mi corta estatura, de tener cuatro patas y no poder caminar, tener libros y no poder leerlos, y sobre todo, no poder defenderme de los molestos rufianes que hacen parte del círculo social de mi apestoso usurpador.

Ahora que la lámpara se ha “prendido” con un whisky barato dejado al azar, leo de nuevo estas memorias escritas por la máquina de escribir que me hizo el favor de redactar mi dictado. Parece ser que tengo una tendencia suicida, porque siento que mi labor no podré cumplir, que mi belleza será opacada y nadie podrá verme de nuevo en mi máximo esplendor.

Creo que esta es más una carta de despedida y un memo para todos aquellos muebles que dejaron de brillar con luz propia por culpa de los nefastos dueños que les han tocado, y les digo a aquellos que todavía son libres que vivan al máximo su vida inmersos en el almacén o en el taller del ebanista, porque sólo allí podrán ser felices al ver cómo la gente del común los mira con encanto, descubre sus detalles y sonríe por la belleza que nos compone.

Este texto hace parte de las participaciones de nuestros lectores en la convocatoria de El Espectador.com llamada Mesa de noche.

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