La vida de los libros

Los bibliotecarios de algunos departamentos del país han salido a la caza de nuevos lectores con ideas originales y sencillas, convirtiendo sus bibliotecas en espacios de encuentro.

Quince años atrás tuve la suerte de recorrer el país visitando bibliotecas públicas y haciendo talleres de lectura. Recuerdo que varias veces tuve que esperar a que la bibliotecaria terminara de hacer el sancocho o de lavar la ropa, para abrir un recinto que por lo general olía a polvo y a papel viejo. Eso de manejar una biblioteca era un asunto doméstico y las bibliotecas públicas —cuando las había— eran extraños y aburridos lugares donde los libros se guardaban con celo y todo se iba en clasificarlos.


Ahora hay bibliotecas en todos los municipios del país, según reporta la Biblioteca Nacional de Colombia, y muchas de ellas son, sin lugar a dudas, bibliotecas vivas. Hace poco tuve de nuevo la oportunidad de hacer un pequeño recorrido por bibliotecas públicas de algunos departamentos y descubrí que sus bibliotecarios han salido a la caza de nuevos lectores con ideas originales y sencillas, convirtiendo sus bibliotecas en espacios de encuentro y vida.


¿No es eso lo que necesita este país?, me pregunto.


En Risaralda, Caldas, un jovencito de catorce años que sale de la biblioteca, un hermoso edificio construido en guadua lacada de colores pasteles, me dice: “Aquí encuentro todo lo que busco, me prestan novelas y no me roban la bicicleta”.


Llegamos a este lugar, conocido como el Balcón del Viento, después de una larga correría por varios municipios del departamento. Me reciben Rubiela y Aida Leda, quienes me hablan de sus iniciativas para captar lectores. Una de éstas es el programa El Libro Radial, una emisión de dos horas, tres veces a la semana, por la radio comunitaria, en la que se realizan lecturas de cuentos y poemas. El programa lo escuchan muchos campesinos y recolectores de café en las laderas del campo, pero también, por la frecuencia en internet, los numerosos risaraldinos que viven fuera del país.


El programa surgió de la idea de que muchas personas no pueden ir a la biblioteca, unas por la distancia, otras porque no saben leer. La radio, en cambio, llega a la mayor parte de la gente en el campo.


“Un recolector llamó para que le repitieran un poema, y una señora pidió de nuevo una receta”, recuerda Rubiela. El programa, que lleva tres años al aire, ya da sus frutos: todo el mundo sabe dónde queda y qué hace la biblioteca de Risaralda. También han aumentado mucho las visitas y el préstamo de libros.


“Toca preparar muy bien la lectura del cuento. La gente le dice a uno, ‘como yo no sé leer, al menos lo puedo oír’. Lo que más nos piden son libros de hierbas y frutos medicinales, mitos y leyendas, recetas de cocina, manualidades. Bueno, también la poesía se mueve”.


En San José, otro municipio de Caldas empotrado en una cuchilla entre el valle de Risaralda y el valle de la Rochela, treinta ancianos han sido invitados al Carrusel de Mitos y Leyendas en la biblioteca pública. Hace tres años la maestra, venida de Riosucio a trabajar a San José, descubrió que, al contrario de su pueblo, aquí la gente no tenía sentido de pertenencia. No cuentan con un diablo rumbero que les cure las heridas. Empezó un proyecto con el programa Ondas de Colciencias, al que se unió la biblioteca pública, y los niños iban a las veredas a recoger cuentos, mitos y leyendas de los más viejos. Tres años después, San José celebra cada año el festival de mitos y leyendas que ya empieza a volverse una tradición y un símbolo de identidad de los sanjoseños.


“Estoy viviendo la infancia que no tuve. No fue sino que me cortaran el cordón umbilical para ponerme a trabajar”, dice Adolfo, anciano octogenario con una sonrisa infantil en la cara que ilumina los surcos profundos de los años. Acaba de escuchar una leyenda del hombre sin cabeza contada por un niño de nueve años. En la plaza central no hay un busto de Bolívar ni de Santander: hay una escultura de un duende travieso y socarrón como símbolo del pueblo.


“Aquí es muy fácil enamorarse de la poesía”, declara Luz Eugenia, joven maestra que enseña en la Normal de Marquetalia, al salir de la Lunada, programa de poesía que organiza cada mes la biblioteca pública en las calles de este pueblo de ganado en ladera y cultivo de café. Más de cincuenta personas, en su mayoría jóvenes, se dan cita en una calle del pueblo que las bibliotecarias se atreven a cerrar sin que nadie les ponga problemas, pues los marquetones ya están acostumbrados a que la biblioteca pública aparezca abriendo libros que se ofrecen como golosinas gratuitas.


En Marulanda, Caldas, hace cuatro años Rodrigo empezó a salir a las veredas a visitar las escuelas con el morral de libros de la biblioteca. Se dio cuenta de que a los niños les faltaba mucha atención: no tenían seguridad social, algunos no veían bien, otros no estaban vacunados, otros ni siquiera estaban registrados. Rodrigo es el presidente del Comité Municipal de política social y expuso allí la situación. Habló con el alcalde, el personero, el policía, el médico, la oficina de Bienestar Familiar y los convenció a todos de desplazarse a las escuelas a atender a los niños y a suplir estas carencias.


Todo el mundo se conoce en Marulanda y esto ayudó a que Rodrigo pudiera organizar brigadas que se desplazan una vez al mes a las veredas: alcalde, personero, jueza, inspector de policía, enfermeras. El aliado más grande es el hospital. Médicos y enfermeras llegan a las escuelas con vacunas, atención en salud oral y prevención.


En Palestina, Luis Eduardo lleva libros y lectura a los recolectores de café. Tiene organizado el programa en cinco fincas cafeteras. Una vez a la semana reúne a los recolectores, hombres y mujeres venidos de todas partes del país, nómadas, con historias innombrables que los han estigmatizado como peligrosos. Pero este bibliotecario-promotor de lectura-teatrero se empeña en romper ese mito y abrir un espacio para que ellos escuchen, cuenten, lean y sientan que tienen algo que les pertenece. Luis Eduardo cuenta que la idea surgió de una experiencia que tuvo más joven, en la finca de su suegro: veía que los recolectores se leían hasta un pedazo de periódico, lo recogían del suelo para leerlo. Se prometió que cuando tuvieran la oportunidad les llevaría libros. Y así lo hizo. Hoy, en el cuarto de la casa de la alimentadora, como se le dice en la jerga cafetera, hay un exhibidor de libros de donde pueden tomar prestado un libro para llevarlo al campamento. La alimentadora-bibliotecaria se trasnocha recogiendo los libros, “pues ellos son andariegos y se van muy temprano”, dice.


Conocí bibliotecarias y bibliotecarios (porque ahora este oficio no es sólo de mujeres) convencidos de que leer paga, sobre todo en un país donde lo demás parece ser violencia y corrupción. Las bibliotecas que visité son una mínima fracción de las más de mil quinientas que tiene el país, y donde los bibliotecarios, calladamente y casi que con fe, se pelean un lugar para cumplir lo que para muchos de ellos es una misión: ofrecer el conocimiento y los libros en “generosas copas desbordantes”, como decía Daniel Pennac.


Hoy el país cuenta con una infraestructura de bibliotecas que ya empieza a tejer una red de colaboración y con un instrumento jurídico (Ley de Bibliotecas Públicas, 1379) que, aunque recién nacido (sancionada en enero de 2010), debería servir al menos para pasar del espacio público al espacio doméstico, donde los niños van a pedir que les traigan más libros porque ya leyeron todo lo que había para ellos en la biblioteca.

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