La vida en una bocanada

Con una investigación de más de dos años y un amplio listado de fuentes europeas y latinoamericanas, el cronista Daniel Titinger elaboró un retrato del cuentista peruano.

El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro nació en Lima en 1929 y murió en la misma ciudad en 1994. / EFE

Que era flaco y fumaba de manera compulsiva. Que fue el autor de una obra cuentística que lo ubica como uno de los maestros del género en Latinoamérica. Que a pesar de ser contemporáneo de los autores boom y haber cumplido con el infaltable periplo por París, se mantuvo al margen de ese fenómeno. Que era tímido y sin embargo (o tal vez por ello) desnudó su cotidianidad en una obra portentosa, sus diarios, a la que tituló La tentación del fracaso.

Los anteriores son datos que los lectores del peruano Julio Ramón Ribeyro sumábamos como partes de una biografía no escrita pero que se encontraba dispersa en su propia obra, y en los recuerdos de quienes lo conocieron. Y fue a partir de una lectura minuciosa y de la recolección de múltiples testimonios que el cronista Daniel Titinger pudo armar un retrato que ahora, cuando han pasado veinte años desde su muerte, nos ratifica la imagen de un Ribeyro frágil y distante, cuya gris existencia y singular obra se entrecruzaron tan bien que sería posible afirmar que se le fue la vida escribiéndola.

Un hombre flaco es la segunda publicación que la universidad chilena Diego Portales y su muy prolijo sello editorial le dedican al autor peruano. Ya en el año 2012 habían reeditado La caza sutil, una colección de artículos y ensayos literarios publicada en 1976 y que se encontraba entre los títulos menos reseñados de su bibliografía. Con el subtítulo de “Un desaprensivo paseo entre libros y autores”, un prólogo de contexto y doce textos más que la edición original, esta obra recupera la faceta de Ribeyro como lector ecléctico y dedicado comentarista de sus lecturas. Cabe destacar el ensayo dedicado a El otoño del patriarca, en el que hace una elogiosa valoración de la prosa garciamarquiana y la pone en contexto como una de las mejores obras dedicadas a la figura del dictador tan propias del Boom.

Con una investigación de más de dos años y un listado de fuentes ubicados tanto en Perú como en Francia, Titinger logra un perfil polifónico al estilo de las mejores piezas del periodismo narrativo, corriente que en Latinoamérica, y muy especialmente en el Perú, ha tenido un importante desarrollo con autores como Julio Villanueva Chang y Gabriela Wiener, y una destacada plataforma de difusión con la revista Etiqueta Negra. En la arquitectura del relato (construcción de escenas, manejo cronológico, dosificación de la información), es muy fácil identificar el estilo narrativo de Leila Guerriero, editora del libro y una de las mayores expertas en perfiles del continente. Sin duda el mayor mérito del trabajo de Titinger es construir un texto armónico con los múltiples testimonios y saber insertar la voz del perfilado de la mejor manera, dada la imposibilidad de su presencia como fuente primaria.

Anécdotas reveladoras, momentos entrañables y dolorosos de su enfermedad y sus vicios (el cigarrillo y el vino), personajes que para bien y para mal pasaron por la vida del autor, pequeños detalles que suman para desentrañar el enigma de un hombre que dejó el Perú y se fue a Europa para hacerse escritor. Todo ello lo encadena Titinger en capítulos numerados de variada extensión e intensidad. Entre los testimonios que llaman la atención están los de los artistas y fotógrafos que se ocuparon de capturar la imagen de Ribeyro, de los cuales se colige que, aunque no era hombre fotogénico, su cuerpo, menguado por la enfermedad y con un aspecto casi fantasmagórico, resultaba particularmente atractivo.

Si bien Ribeyro ya nos había entregado momentos de profunda intimidad en sus diarios y nos había presentado a esas personas que lo acompañaron en su itinerario de vida, en Un hombre flaco apreciamos con una perspectiva más amplia la trascendental presencia en su vida de figuras como su hermano Juan Antonio y los escritores Alfredo Bryce Echenique y Mario Vargas Llosa, estos dos últimos verdaderos salvavidas durante sus primeros años de vida parisina.

Y si de presencias que marcaron su vida se trata, valga decir que el perfil se concentra en el testimonio de su viuda, Alida Cordero, mujer sobre la que, al final de la lectura del libro, queda una cierta animadversión sumada a la pregunta: ¿es ella la malvada de esta historia?

Y quedan más preguntas, como no podía ser menos cuando se aborda la vida de un autor en un trabajo que no pretende ser una biografía total. La que más resuena y que tiene que ver también con su viuda es: ¿qué hay, entre los papeles que atesoran ella y sus herederos, que valga la pena ser publicado? La respuesta la dará el tiempo, ese que ha pasado sobre sus cuentos y diarios sin quitarles brillo ni contundencia.

 

 

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