La visita

Lo vi de lejos. Había llegado, me dijeron años después, muy temprano y preguntó por mí, un poco inseguro.

/Ilustración: Andrés Sánchez D.
/Ilustración: Andrés Sánchez D.

Por eso desconfiaron de él y también porque se lo veía demasiado elegante; vestía un traje de seda café oscuro y llevaba un sombrero de ala ancha y una gabardina a medio trajear sobre los hombros. El vestido era común por entonces, pero no era común que un hombre así, de maneras muy clásicas, se presentara ese día y a esa hora para recoger a un niño de apariencia más bien pobre. Era alto, tenía la piel un poco oscura y, cuando reparé en él por primera vez, creí ver un matiz miel en sus ojos.

—¿Carlos Rincón? —la mujer en la recepción se movió, incómoda, en su silla.

—Sí, señora, así se llama.

—¿Qué parentesco tiene usted con el menor?

—Soy su papá.

Silencioso, con la puerta entreabierta, yo miraba hacia el fondo del pasillo, donde estaba el hombre de pie. Escuchaba un eco muy claro de su voz, pues a esa hora no había niños y yo había despertado a razón de una mala noche. El hombre siguió explicando cuánto deseaba verme; hace mucho no sé de él, decía, y su madre ya no me permite verlo, entenderá usted, señorita. La mujer pidió algunos datos, estampó sellos, suscribió componendas firmadas por el hombre, se levantó de su silla y, sonriendo de manera fingida e invitándolo con la mano en el aire, caminó hacia mi habitación, al final del pasillo.

Los pasos sonaron acompasados. Fue lo único que escuché luego de que cerré la puerta y volví a mi cama. Me acosté, pretendí dormir. Y entonces la mujer abrió la puerta, invitó al hombre a pasar y me tocó, delicada como nunca, el hombro. Carlos, me decía, Carlos, niño, levántese. Lo busca su papá.

—¿Mi papá?

—Sí, niño. Señor Arturo —me señaló estirando la boca—, aquí está su hijo.

Me levanté, entrecerrando los ojos como quien apenas despierta. Lo vi de cerca y corroboré, ahora sí, el color de sus ojos, los profundos surcos que los rodeaban, el cabello peinado hacia atrás con gomina y sus labios planos y secos. Se acercó, me besó en la cabeza.

La mujer me ordenó vestirme y alistar una maleta con ropa adicional, cepillo, crema dental y pañuelos. El hombre, entre tanto, se sentó en una silla, en una esquina de la habitación. Seis niños más, que también dormían en el cuarto, gorjeaban y apenas intuían mis movimientos, creo. Hice mi maleta en silencio. Guardé también un diario y guardé una foto de mi madre y mi hermana a la que le habían arrancado con saña uno de los lados.

Arturo salió adelante, la mujer en el medio, y yo en último lugar. Caminamos de vuelta por el mismo pasillo por el que ellos habían llegado y que daba a la avenida principal. Cuando llegamos a la recepción, la mujer se despidió de Arturo con la misma sonrisa de antes, rozó mi cabeza con su mano, y resolvió sentarse en su puesto y no volver a mirarnos.

El semáforo más cercano estaba cerca del puente vehicular. Juntos nos dirigimos hacia allá, yo con mi pequeña maleta en la mano, él en silencio y con gabardina y sombrero bien colgados de su mano y sus hombros, recuerdo. No dijimos una sola palabra hasta el semáforo, y en ese trayecto, que de repente se volvió tan largo, lo miré sólo en dos ocasiones. Lo recuerdo, la primera, desde abajo, muy alto y con el perfil duro y ceñudo. La segunda vez, lo recuerdo, me sonrió y tomó mi mano. Su mano izquierda buscó mi mano derecha, pequeña, que rozó la suya, callosa y dura. De entre las nubes salía un sol sordo y duro, que todavía no calentaba, recuerdo. Sonrió de nuevo y me dijo vamos, Carlos, hace mucho no nos vemos, ¿sabe?

Recuerdo, también, su cara a lo lejos, cuando me solté de su mano y atravesé la avenida corriendo, galope duro y raudo de niño de la calle, y volteé mi mirada y allí estaba, de pie, quieto y mudo y pétreo.