A vivir que son dos días

Un popular programa radial de Caracol me ha traumatizado con su nombre desde que tengo memoria. Esta no es una columna en contra del programa, sino una reflexión sobre el significado que para mí encierra y una realidad innegable: la mayoría de personas no consideran trabajar una parte satisfactoria de su cotidianidad y anhelan el fin de semana para poder, realmente, vivir.

La generación de los millenials y sus múltiples incógnitas. Cortesía

Mis papás son unos fieles radio-escuchas que desde que era pequeña me transmitieron el gusto, por eso mientras viví con ellos tuve un radio en mi mesa de noche y ahora tengo una grabadora que es mi fiel compañera para arreglarme en las mañanas. Uno de los programas que más le gusta a mi mamá es “A vivir que son dos días”, que a través de Caracol Radio, llena las mañanas de los fines de semana de fieles oyentes alrededor del país. Su título siempre me ha intrigado pues me hace pensar que tal vez la semana hábil, los cinco días que la mayoría de personas invierte en trabajos que llenan ocho horas o más de su día, no son vida.

Alguna vez le comenté a mi mamá mi intriga y se río y me dijo que no pensaba que de eso se tratara el título, sino que era una invitación a invertir bien el tiempo del fin de semana más allá de en sólo dormir o ver televisión. Pero este fenómeno de sólo-hay-vida-el-fin-de-semana lo he visto manifestado en diferentes canales, incluida la publicidad que alaba la llegada del viernes porque por fin hay tiempo y libertad, y la viví en carne propia cuando trabajaba en una oficina y, en algunas semanas, sólo quería que el lunes hiciera un flash forward hasta el viernes en la tarde.

Hace algunos meses se hizo popular un video de un señor de gafas llamado Simon Sinek, un consultor de liderazgo que se dedica a vender herramientas como libros y cursos para que la gente trabaje mejor. Este señor afirmaba que los millenials, personas nacidas después de 1984 aproximadamente, nunca encontramos la estabilidad y el bienestar laborales por varias razones, entre las que están nuestra adicción a las redes sociales y a su satisfacción instantánea, lo que claramente nos hace incapaces de trabajar duro y por un tiempo prolongado hacia una meta; y el daño que había hecho a nuestra mente el ser estimulados de pequeños cuando nos daban trofeos de participación o nos decían que éramos los bebés más lindos de la tierra, pues esto había hecho que creciéramos pensando que somos personas especiales sólo por existir y la inaudita realidad del mundo es que es especial quien se esfuerza y alcanza méritos, cosa que para él, somos incapaces de hacer.

Como a este señor, a muchas personas e inclusive a otros millenials como yo los he escuchado decir que somos una generación muy sufrida en términos laborales, lo cual además es una verdad que corroboro hablando con mis amigos y conocidos que como yo, llevamos poco tiempo de habernos graduado y nos encontramos buscando o desempeñando nuestros primeros trabajos. Lo curioso de estos señalamientos es que rara vez critican la oferta de empleo que existe en el país, atravesada y atormentada por la temida figura de la prestación de servicios, la exigencia de niveles de experiencia absurdos como “recién graduado con dos años de experiencia comprobables” y por salarios que dan ganas de llorar; y se concentran en la pereza y la mediocridad que nos invade.

El contexto es determinante para cada generación y la nuestra está rompiendo con los anteriores modelos de vida. Nuestro interés no está en casarnos y tener hijos a los 25 años sino que queremos educarnos más, lo cual implica retos y sacrificios en los que muchos se embarcan endeudándose con créditos como los de Icetex y Colfuturo, algo que nuestra mediocridad jamás nos permitiría hacer según las declaraciones del señor Sinek; queremos viajar y queremos trabajos en los que sintamos que además de ganar dinero, estamos viviendo, no sólo el fin de semana o quince días hábiles una vez cumplido el año de trabajo.

Por eso me resulta tan traumático el título del programa radial de fin de semana y defiendo la inconformidad de la generación millenial. Tal vez el señor Sinek y todos los críticos de esta generación deberían considerar un poco más la valentía que implica renunciar a un empleo y a una estabilidad, y los enormes desafíos del trabajo freelance o el emprendimiento, que cada vez son más comunes entre nosotros. De igual modo, el foco de la discusión debería trasladarse a los empleadores y urgirlos a realizar ofertas que hagan justicia al dinero y el tiempo que los millenials hemos invertido en nuestra educación, así como a nuestras capacidades y a los sacrificios que estamos dispuestos a hacer por nuestro trabajo. Tal vez el problema no es nuestra mediocridad, sino la de las ofertas laborales del país.

Defiendo la inconformidad no como una debilidad y algo para ser señalados, sino como un cambio de paradigma con respecto a generaciones anteriores, con el que buscamos romper el ridículo esquema de ganar buenas cantidades de dinero para invertirlas en una vida que no tenemos tiempo de disfrutar, y esperamos que nuestros empleos también, los cinco días de la semana, nos hagan sentir muy vivos.