Volver a nacer de su mano, señor Hesse

El autor de “El Lobo Estepario,” “Demian" y "Siddharta”, entre otros libros, cumple hoy 140 años de haber nacido.

 Hermann Hesse, premio Nobel de literatura en 1946.
Hermann Hesse, premio Nobel de literatura en 1946.

Usted, que hablaba de los inmortales y por hablar de ellos me llevó a querer conocerlos. Usted, que me abrió puertas y cientos de ventanitas para ir a buscar a Mozart y a Beethoven y a Goethe; para sumergirme en Nietzsche, aunque le tuviera pánico y no entendiera casi nada de lo que leía; para entrar en un sueño infinito en el que ellos, los inmortales, y usted, Hesse, eran mis compañeros. Usted, que con Demian me llenó el cuerpo de heridas, heridas de amor, de muerte, de vida, como el poema de Miguel Hernández. Heridas de conocimiento, de querer ir más allá siempre, de romper.

Usted me llevó a dudar de la existencia de Dios, e inmerso en esa duda creí naufragar por momentos. Me sentí culpable, aunque no supiera de qué. De dudar, tal vez. Por las noches, me despertaba a cualquier hora, empapado en sudor, creyendo que Dios me había condenado y que estaba a las puertas del apocalipsis, pero usted y sus libros terminaban por salvarme. Usted me salvó siempre, señor Hesse. Cuando me sentí sacrílego y me quemé con las llamas del infierno, me aferré a Demian, al Lobo Estepario, a sus inmortales, y me creí usted, escribiendo en un cuartucho atestado de libros.

Ayer vi pasar al doctor que me recomendó Demian, hace muchos, muchos años ya. Iba por una calle desierta, vestido de paño marrón, sin el bigote que lo caracterizó por tanto tiempo. Caminaba absorto, como si no hiciera parte de este mundo. Jamás lo olvidaré. Demian, su Demian, señor Hesse, pues sabrá que hubo otro de una serie de películas de terror en los años 80, me lleva a usted, y usted a él, y los dos, a un mundo fantásticamente doloroso. Le hablo de dolor, sí, y de fantasía, y de dolor y fantasía en un solo concepto para dirigirme a usted, porque usted era fantástico y doloroso, como la historia que escribió cuando estuvo preso.

Como cuando ingresó por las puertas de su Teatro Mágico siendo el Lobo Estepario y se quedó allí, después de estudiar largos años de música y de comprender que jamás podría componer la ópera que quería, una pieza que juntara la magia, la música y el drama. Ya Mozart había creado La flauta mágica. Entonces se quedó con su magia. Usted fue más allá y escribió que “Nada me causaba tanto placer, aunque, he de confesarlo, muchas veces traspasaba el tierno jardín de la magia blanca, y la viva llama que ardía en mi ser me llevaba alguna que otra vez al otro lado, al de la magia negra”.

Usted se quedó con su magia, sí, y fue condenado por su magia. Una mujer lo acusó de seducción indebida por medio de artes ocultas. Hoy suena gracioso, como a película de absurdos. Y usted fue sentenciado y fue a dar a prisión. Un día, usted mismo lo contó después, le pidió unos pinceles al carcelero y acuarelas y pintó. Pintó su vida y todo aquello que lo había hecho feliz. Pintó ríos, montañas, nubes, flores, el mar y un tren que iba hacia la montaña. Otro día, viernes o martes, sus guardianes fueron a buscarlo para un interrogatorio más. Usted se sintió asqueado, manoseado, despreciado, y decidió ponerle el punto final a aquella historia. “Si no se me permitía, sin ser molestado, seguir con mi inocente arte, no había por qué emplear otro menos cándido, al que en otro tiempo había dedicado tanta atención. Sin la magia el mundo no podía soportarse”.

Recordó una fórmula china y aguantó la respiración un minuto para despercudirse de La Realidad, que siempre fue lo único que jamás pudo aceptar. “La Realidad es lo único que jamás podremos aceptar”, solía decir. Entonces se encogió. Uno, cinco, diez, cincuenta centímetros y un metro y otros tantos centímetros, y saltó y se metió en su cuadro y se subió al tren y desapareció. Su desaparición fue mágica, por supuesto. A mí jamás me importó si había sido real o no. La verdad es que ni siquiera sé de qué falleció usted. Yo me quedé con aquel final, su final, un final perfecto para su vida, para su obra, para sus ilusiones y para mí, que por usted, nunca dejé de luchar por cambiar mis realidades. Mire que a lo largo de tantos años, he coincidido con varios personajes que me han confesado que usted les cambió la vida, o un pedazo de la vida. Uno, dos, cinco, diez y los que no he conocido. Incluso, un día alguien me escribió contándome que había conocido en Suiza al hombre que le llevaba cartas a su casa.

Usted, señor Hesse, marcó a miles por el mundo entero en los años 60. Los marcó a sangre y fuego, con dolor y con libertad, en una época en la que la libertad era la más lejana de las utopías. Algunos lo calificaron de escritor de adolescentes, como si eso importara. Como si hubiera una línea que dividiera las literaturas de una edad y de otra. Es más, como si hubiera literaturas para distintas edades. Yo me atrevería a afirmar que usted hizo más por este mundo y su gente, que los escritores adultos, catalogados para escritores, porque usted abrió el camino. Usted taladró ese camino y muchos más. Usted, incluso, se atrevió a denunciar las guerras como una atrocidad, en los albores de la primera Guerra Mundial y después, cuando la humanidad ligaba las guerras con los nacionalismos, con el valor y una sarta de estupideces. Y lo señalaron como apátrida y tuvo que huir de Alemania para refugiarse en Suiza, allá donde le llevaba cartas aquel señor del que me hablaron. Yo sé que usted sabe todo esto que le he contado, muy bien que lo sabe, pero no sobra repetirlo. Quisiera que esta carta tuviera respuesta, y que en ella me contara cómo escribía, qué pensaba, si Amanda, la mujer del Lobo Estepario que lo llevó a bailar fox trot, existió, y si usted pasó alguna vez por Castalia, aquel mágico lugar repleto de conocimiento de El juego de los abalorios. Sin embargo, la realidad no es tan fantástica como usted la escribió. Uno no vuelve a nacer de su mano, señor Hesse. La realidad es sólo realidad.