Diarios de Feria

Winston Morales Chavarro: “Creo en el poder de desplegar las alas a través de la escritura”

El poeta huilense fue uno de los invitados a la Filbo. A pesar de que ha publicado más de veinte libros, su obra todavía no tiene gran difusión en el país. Entrevista con un escritor oculto.

Winston Morales ganó en 2004 el premio de la IX Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera. / Cortesía

La poesía de Winston Morales Chavarro parece un cofre perdido en el fondo del mar. Cuando uno la encuentra lo allana la sorpresa de un tesoro: mensajes enigmáticos y místicos que son de otros tiempos. Morales ha escrito con destreza de esos sentimientos que son a la vez bellos y tristes, quizás amenazantes. Como la fe, como el amor, como la pérdida de todo lo encontrado. Ha dedicado gran parte de su vida a contar las historias de José Antonio Ramos Sucre, Carlos Obregón, César Dávila Andrade y Jaime Sáenz.

Durante años se la ha pasado enseñando en la Universidad de Cartagena y escribiendo: su obra ha sido traducida al francés, inglés e italiano. “El mundo es ancho y ajeno, dijo Ciro Alegría, y creo que en ese mundo ancho y ajeno cabemos todos, incluidas nuestras vanidades”, asegura Morales, que este año fue uno de los invitados a la Feria del Libro de Bogotá.

Su poesía habla de todas las cosas que estaban hechas para olvidar que no hemos olvidado nunca; de las que estaban hechas para no olvidar jamás (el dolor, los muertos queridos, aquella tarde en la arena) y que, sin embargo, hemos olvidado para siempre. Decía Paul Bowles, en su novela El cielo protector: “pensamos en la vida como un pozo inagotable. Sin embargo, todo pasa sólo un cierto número de veces y, en realidad, muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás una tarde de la niñez, una tarde que se volvió una parte tan profunda de tu ser, que no concibes la vida sin ella? Tal vez cuatro o cinco veces más. Tal vez ni siquiera eso. (...) Sin embargo, todo parece ilimitado”. ¿Cuántas veces más nos toparemos con poemas que nos recuerden la voz de alguien que habitó en nosotros? ¿Cinco, dos, ninguna? De aquí a 20 años nos costará, incluso, recordar los nombres de nuestros amados. ¿De eso que parece formar parte de nosotros como nuestros huesos? Sí. Y no es crueldad. Es sólo la cuota que pagamos para poder vivir: gotas de olvido.

Mientras tanto: tratar de recordar, y Morales escribió algo que ayuda: “A veces pienso / Que ese habitante / Joven entre los viejos / Ama las mismas cosas / La obscura puerta de las posibilidades / La famosa casualidad de las instancias / ¿A dónde van todas esas voces / que me conducen a tu reino?”.

Me gustaría hablar con usted de creer. ¿Usted es un hombre que cree en la poesía? ¿En qué y por qué cree?

El problema no está en creer; el meollo del hombre creativo, y creo que aplica para todos los seres humanos, está en el no dudar. Yo soy un hombre de muchas creencias, pero ante todo de muchísimas dudas. Creo en la poesía y por eso mismo creo en Aniquirona (habitante de Schuaima). Mi mayor creencia es ella, como deidad, como mito, como historia. Pero también creo en la trascendencia, en la espiritualidad, en la posibilidad de desplegar las alas a través de la escritura. En materia de religión soy bastante esquivo, me dan pereza las ceremonias —así escribir sea una de ellas— y todos esos parapetos, a veces artificiales, que las rodean. Tengo proximidades con el Kybalión, con el tao, con los hare krishna. Me gusta eso de la conciencia de Krishna por la coherencia con la trascendencia y la búsqueda espiritual, sin lastimar a nadie, y sigo ciertos preceptos que para mí son fundamentales (no matar es uno de ellos y eso incluye a los animales). Creo en el amor, más allá de consideraciones humanas; en las artes como una manera de aproximarnos a la paz y a la aceptación y el respeto de los otros (y eso incluye sus vidas como valor y principio).

En sus más de veinte libros, su escritura aborda temas disímiles. Las escrituras con sus variados personajes, lo esotérico, la historia, las músicas secretas, el amor, la vida y la muerte. Todo desde los orígenes. ¿Por qué?

Una de mis mayores obsesiones es el tiempo, y con él la muerte. Es una preocupación que se impone en el Winston poeta como una estría, como una huella de origen atávico. Mis obsesiones son como esas estrías que vienen conmigo desde antes de nacer. Diría, incluso, que esas preocupaciones definen mi mirada, la manera de vincularme con lo visible y con lo invisible; creo que más con lo invisible. Somos nuestras búsquedas, así no se tenga certeza de lo que se busca, nuestras fijaciones. Y mis fijaciones son lo onírico, Aniquirona como mujer y mito, los planos que van más allá del reino del despertar, el pasado, la levedad, la impermanencia, más también lo que queda, lo que permanece, el absoluto, la unidad, la poesía. Y todo eso, sin duda alguna, viene de las manidas preguntas de siempre: ¿de dónde o de quién surgen estas cosas? ¿Cuál es el origen de mi levedad, de mi impermanencia sobre esto que supongo me pertenece?

¿Para qué debería servir la poesía?

La poesía, que no es sólo el poema o la escritura, es lo que convierte al mundo en un lugar habitable y menos agresivo. El común denominador del ser humano es la supresión de lo diferente, de lo contrario, de lo adverso, y de todas esas fuerzas que derivan de nuestra naturaleza primaria se gestan las guerras y todos los conflictos de los cuales tenemos memoria. La poesía, que se encuentra en el mundo antes de ser definida o categorizada, le da al planeta lo que le corresponde: belleza, totalidad y una realidad trascendental que no tiene nada que ver con las agendas ordinarias del día a día, o de eso que yo he llamado realidad monotemática, la que nos muestran los medios tradicionales hasta la saciedad. De modo que la poesía sirve para el mundo, así el mundo no la reclame; para el poeta, que no se supone o imagina de otra manera, y para los lectores, quienes encuentran una zona de distensión en medio de las aberraciones mediáticas. La poesía me ha dado todo, físico y metafísico, y esa es la mejor moneda que he recibido para canjearla cuando me recuerdo demasiado humano.

¿Toda expresión artística es revolucionaria? ¿Qué es para usted la revolución?

La revolución fundamental está en el despertar, y la poesía (música, pintura, escultura, cine, arquitectura, danza y literatura) es el camino para comenzar a abrir los ojos frente a las atrocidades de la irracionalidad que nos acompaña. El ser humano que se mira de frente en el espejo de la poesía nunca más volverá a ser el mismo. No digo que los poetas sean mejores personas, que de crápulas está llena la humanidad, pero es muy probable que a través de la poesía (las artes en general) tengamos mayor uso de la razón, la cual tampoco garantiza nada, pero por lo menos mirada sí vamos a tener y quizás un mundo más crítico, más reflexivo, menos alienado. La no alienación es de por sí una de las primeras revoluciones, como lo es la escritura misma.

En cuanto a mí, hace muchos años entendí que la revolución está en el derecho a confrontar, a cuestionar y a imaginar un mundo menos injusto, más equitativo, mucho más humano.

Su poesía, podría decirse, es mucho más conocida en el exterior que a nivel nacional. ¿Qué piensa de eso?

Honestamente creo que todos somos anónimos e inéditos. Hoy por hoy, pese a esa aldea global en la que circulamos, poco sabemos del otro, de los otros. Los medios de comunicación, que han convertido también a la escritura y al escritor en una moneda, tienen puestos sus reflectores en lo que impacta, en lo que devuelve la vista. Lo que sucede con esto del anonimato o la fama tiene sus razones en muchas variables. Te diré una de ellas: en Colombia todavía pesa mucho la periferia. Entonces se habla de los escritores del centro y los escritores de la periferia o periféricos. Es una terrible condena nacer en las regiones, máxime si son regiones poco visibles desde lo mediático (en mi caso Neiva y ahora Cartagena). Pero volviendo al asunto de la aldea global, te diré algo: en mi segundo viaje a Polonia, en la universidad de Szczecin, pregunté qué sabían de Colombia, encontrándome con un silencio aterrador. Al insistir en la pregunta, sólo una estudiante levantó tímidamente la mano y respondió: Pablo Escobar. Ni siquiera tenían noticia de Gabo, pese a que me encontré con una edición bellísima en polaco de Cien años de soledad en la biblioteca pública de Zielona Gora.

Es probable que sepan de mí en algunos lugares; internet me regala la opción que no conocí sino a partir de Facebook y Amazon, pero sigo creyendo, a pesar de todo, que somos conocidos sólo para algunos amigos, y que nuestros lectores, gracias a las redes sociales, también forman parte del entramado de lo anónimo y lo desconocido.

También ha hecho narrativa. ¿Cómo ha sido ese proceso?

Yo nací y crecí leyendo narrativa. Llegué a la narrativa gracias a los cómics, mi papá era un pervertido de ellos, y gracias a la biblioteca que con mucho esfuerzo me compró mi madre, una profesora de escuela recién separada. Gracias a mi padre llegué a Kalimán, a Arandú, al Santo, a Águila Solitaria. Y gracias a mi madre me encontré con Conrad (mi primer vínculo con Polonia), Conan Doyle, Alejandro Dumas, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, entre muchos otros. Mi afición por la narrativa no sólo se ve en mi novela (Dios puso una sonrisa sobre su rostro) sino también en mi poesía. Tú puedes leer Aniquirona, De regreso a Schuaima, Memorias de Alexander de Brucco como si fueran novelas. No son libros que reflejen instantes, sino que a través de un lenguaje narrativo, además de la unidad, se plantea una secuencia histórica. Lo mismo ocurre con La ciudad de las piedras que cantan. Quizás mi libro menos narrativo es el que acaba de ser publicado por la Universidad de la Sabana y que ganó el Premio Internacional Literario David Mejía Velilla.

En cuanto a mi novela (tengo otras dos inéditas) ella posee mucha poesía, y también mucho ocultismo, otro de los temas que me apasionan.

¿Qué es para usted el ego? ¿Cuál es su válvula de escape para que éste no se apodere de usted?

Creo que todos los seres humanos tenemos mucho de eso. Si el ego no existiera, no existirían los espejos. Quizás antes de que existiera Narciso, antes de que él tomara conciencia de que era bello, los seres humanos andaban por el mundo felices de su ignorancia, que tiene mucho de ingenuidad, y es en ese desconocimiento donde reside la verdadera belleza.

Los seres humanos nos movemos en esa dicotomía. El tao, la sabiduría zen, los hare krishna nos hablan mucho de eso: descreer que el mundo es el cuerpo. Y nos dicen también que el deseo es la raíz del dolor. Pero yo soy un hombre no iluminado, sé que negar el ego también es arrogancia, no he logrado la sacralidad, si acaso pendulo entre tentativas. La comunicación, origen de todas las artes, basa su principio en la expresión, en el deseo de salir de sí para habitar en los otros, o por lo menos para intentar habitar en la mente de los otros. Ni Picasso, ni Modigliani, ni Van Gogh pintaron para guardar sus cuadros en anaqueles. Lo mismo sucede con los poetas y los narradores. En Colombia tenemos un gran defecto: salvo contadas excepciones, la mayoría de los intelectuales consideran que nada de lo que está afuera de ellos sirve. Todo lo que hacen los demás es de dudosa calidad. Uno puede tener mucho de inflado, como la rana de la fábula, pero no ser un imbécil. El mundo es ancho y ajeno, dijo Ciro Alegría, y creo que en ese mundo ancho y ajeno cabemos todos, incluidas nuestras vanidades.

 

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