Woodstock, una utopía hecha realidad

Woodstock no fue un festival. No fue un concierto. Fue una utopía hecha realidad. Fue sexo, drogas y rock and roll, pero no solo eso. Fue el escenario en el que, con rock como banda sonora y pretexto, miles de jóvenes inconformes, molestos y revolucionarios (verdaderos revolucionarios) unieron sus voces para manifestarse en contra de una guerra que, como todas, era absurda, ridícula y estúpida. Era una generación harta del sistema.

En agosto se conmemoran los 50 años del Festival de Woodstock, uno de los más emblemáticos en la historia del rock. AP

“Vietnam es una guerra a la que mandan negros a matar amarillos para que los blancos se puedan quedar con la tierra que les robaban a los rojos”, la definió Mohamed Alí, el boxeador emblema del poder negro, que en 1967 se rehusó a enlistarse en el ejército para ir a matar comunistas al otro lado del mundo.

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En 1969, dos años después de la declaración de Alí, se llevó a cabo el evento que inicialmente estaba programado para que se celebrara en el pueblo de Woodstock, en Ulster County, pero debido a las protestas de los vecinos tuvo que ser trasladado a unos terrenos en Sullivan County, también en el estado de Nueva York. Entonces, Woodstock no fue en Woodstock. Pero, a decir verdad y en retrospectiva, tampoco fue solo para los jóvenes estadounidenses; fue para los jóvenes del mundo que creían en la filosofía del flower power y el manifiesto según el cual es preferible hacer el amor que la guerra. “La maldita guerra de Vietnam”, como la llama un activista que invita a Forrest Gump a la tarima cuando este vuelve de la guerra. Un paréntesis. ¿Qué dijo Forrest cuando intervino en el evento y su voz fue silenciada por un militar que desconectó los cables? Según Tom Hanks, el actor que interpretó al personaje, dijo: “A veces cuando la gente va a Vietnam, vuelven a casa con sus mamás y no tienen piernas. A veces ni siquiera vuelven a casa. Eso es malo. Eso era todo lo que tenía para decir al respecto”.

Fueron tres días: 15, 16 y 17 de agosto. Corría el último año de los años 60 y la bomba social y cultural estaba a punto de detonar. Dos meses antes, el 28 de junio, se habían registrado los disturbios de Stonewall, cuando un grupo de jóvenes homosexuales, lesbianas, drag queens y transexuales decidió no tolerar más el abuso policial y acorraló a un grupo de agentes que llevaban a cabo una redada en un bar gay de Nueva York. Las seis noches de protestas dieron nacimiento al movimiento de liberación gay, que se tornó masivo a nivel mundial.

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“Fue la primera vez que nuestra comunidad aprisionó a la policía, que hasta entonces siempre nos había aprisionado a nosotros”: describe Mark Segal, veterano de las protestas del Stonewall, la primera de las seis noches de disturbios que este fin de semana conmemoró los 50 años que desencadenaron la revolución gay.

En Woodstock, en la granja del viejo Max Yasgur, también hicieron presencia integrantes de esa franja de la población que durante años estuvo (y está) relegada solo porque tiene una forma diferente de amar. De pensar. Entonces se sumó un elemento más. El coctel tuvo entonces varios elementos. Movimientos civiles impregnados con la filosofía de Martin Luther King, grupos estudiantiles que surgieron con la revuelta de Berkeley, las panteras negras, los hippies, los ecologistas, los feministas. Todos encontraron en Woodstock un factor común de protesta: el rechazo a la maldita guerra de Vietnam bajo el concepto de libertad. A esa unión se la conoce con el nombre de contracultura. Se esperaban 70.000 personas. Llegaron 350.000. La entrada costaba 18 dólares. No importó mucho el dinero con el paso de las horas. Se desbordó todo y el público empezó a entrar gratis.

Joe Cocker, con su inolvidable With a Little Help from My Friends,  Joan Baez, Janis Joplin, ícono del movimiento hippy, y  Jimi Hendrix formaron parte de ese cartel que puso banda sonora a toda una generación y se ha convertido en todo un mito cultural. Se sube a la tarima Richie Havens. Negro, rockero y libre. Joder. Todo lo que la sociedad estadounidense odiaba. Y pregunta. Y cuestiona. Y canta Freedom. “¿Qué vamos a hacer? ¿Esperar que las bombas empiecen a silbar? ¿Esperar que los bombarderos empiecen a bombardear?… Aquí viene la bomba de hidrógeno y no puedo escucharla silbar”.

Y Jimi Hendrix hizo llorar a su guitarra. Tocó el himno de Estados Unidos de forma destemplada. Desordenada. Solo acompañado con una batería podrida. Sucia. No había forma más contundente de protestar. Ese grupo de jóvenes consideraba que así era el Gobierno de su país. Podrido, sucio, indolente. “La única vez en mi vida que he sentido algo parecido a lo que viví en Woodstock fue durante la toma de posesión del presidente (Barack) Obama en Washington”, dijo Lee Blumer, uno de los organizadores de aquel histórico evento.

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Joseph Casañas

Cultura

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