Reseña de “A propósito de nada”

Woody Allen y aquellas mujeres

Noticias destacadas de Cultura

¿Qué tienen que ver las mujeres con la fama de intelectual que se le atribuye a Woody Allen y que él mismo se encarga de tirar por los suelos? Recuperamos este texto por el cumpleaños número 85 del cineasta estadounidense.

El chico desprecia cada minuto que pasa en la Escuela Pública N.º 99. Espera que un día, durante las horas de clase, la tierra se lo trague en Brooklyn y lo escupa en Manhattan. Si la fuerza de la naturaleza no obra a su favor, planea fugarse del recinto. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que su mamá lo persiga con un tenedor, amenazándolo con agujerear todo su cuerpo si se resiste a ser alguien en la vida? Ya está acostumbrado a las furias de la señora Nettie. Así que el prófugo se sube a un tren. Hace mucho frío en Manhattan. Por las mañanas entra al museo y contempla las obras de Matisse y Chagall, de Jackson Pollock y Picasso, de Beckmann y Louise Nevelson. Después de comer en la cafetería del MoMA, baja a la sala de proyección que hay en la primera planta para ver una película de época. El cine tiene un poder hipnótico para Allan Stewart Konigsberg, nacido en Brooklyn el 30 de noviembre de 1935, cinco años después de que naciera su prima Rita Wishnick, la influencia más importante de su vida.

En su autobiografía, que en español se titula A propósito de nada, Allan Stewart Konigsberg, popularmente conocido como Woody Allen, escribe sobre sus aspiraciones frustradas, su afición por la magia, su infancia en Brooklyn, el cine —por supuesto— y las alegrías y tragedias que le han acarreado sus relaciones con las mujeres. Con su acostumbrada ironía, y un talento notable para la dispersión, habla de varios aspectos de su vida pública y privada. Y sí, también les dedica varias páginas a las acusaciones que lo señalan por supuestos abusos sexuales contra su hija Dylan cuando era una niña de siete años, y al romance que empezó con una hija adoptiva de Mia Farrow cuando, según la actriz, todavía era menor de edad. Woody Allen aprovecha sus memorias para levantar la banderilla de su inocencia probada en los tribunales y explayarse en su versión de los hechos. Pero quedémonos con una pequeña parte de ese monólogo de Allen sobre Allen que reafirma sus grandes dotes de narrador. ¿Qué tienen que ver las mujeres con esa fama de intelectual que se le atribuye y que él mismo se encarga de tirar por los suelos?

Lo habitual sería que una niña de diez años rehuyera la compañía de un renacuajo empeñado en seguirla a todas partes; pero, por alguna razón, Rita Wishnick y sus amigos adoran al pequeño Allan. Se lo llevan a los restaurantes chinos, a la playa, a las pizzerías, al cine. Rita es una apasionada de la pantalla grande. Una rubita que cojea un poco porque estuvo enferma de polio. Clienta fija de la sesión doble de los sábados al mediodía en el Midwood. Sentado a su lado está su primo pequeño, descubriendo que existe algo más grande que la vida: “Yo veía todos los lanzamientos de Hollywood. Cada largometraje, cada película de serie B. Sabía quiénes eran los que salían en pantalla, los reconocía, empecé a reconocer también a los secundarios, a los actores de carácter, a fijarme en la música”. Así fue como el cine se convirtió en la barra de descenso por la que Woody Allen se deslizaba para huir de su barrio y deambular por los mundos del celuloide.

Le sugerimos leer Carmen Vásquez, la ministra de Buenaventura

Si le preguntan a cuál personaje de sus películas se parece más, no dirá que es uno de esos tipos que hablan como él, visten como él y se mueven como él. Olvidemos al Alvy Singer de Annie Hall, o al Isaac Davis de Manhattan. Es Cecilia, esa mujer de La rosa púrpura del Cairo que se sienta en la butaca de un cine para olvidar su vida de pobreza al lado de un marido maltratador. Woody Allen sentía que la realidad de su barrio de mala muerte no podía alcanzarlo en una sala del Midwood. Porque en las películas de Hollywood los hombres elegantes tenían las palabras adecuadas para seducir a mujeres que bebían champaña hasta emborracharse y nunca vomitaban. Eran mujeres muy hermosas. Que se paseaban por sus lujosos apartamentos vestidas de fiesta aunque fuera lunes por la mañana. Nadie las llamaba por teléfono a medianoche para decir que un ser querido había muerto de cáncer. Nadie hablaba de los campos de concentración en los que exterminaban a miles de judíos. En el cine, la vida y la muerte eran otra cosa.

¿Existe una sola película de Woody Allen sin referencias literarias? Permítanme utilizar una expresión que él mismo repite en sus memorias: “Corte a poco tiempo después”. Digamos que los únicos libros que le interesaban a ese joven de origen judío de gran nariz y grandes y aladas orejas tenían como protagonistas a personajes de Disney, adolescentes de cara pecosa y héroes que ponían sus brazos en posición vertical para hacer hondear sus capas. Cuando estaba a punto de terminar la secundaria, una rebelión de testosterona volvió sus gustos literarios del revés. Esas chicas que empezaban a cruzarse en su camino, esas fascinantes criaturas de pelo largo que casi siempre vestían de negro y citaban a ¿Kafka? ¿Eliot? ¿Balzac? Esas chicas… Solo Dios sabe por qué eran las que de verdad le gustaban. Seducido por su belleza, y sabiéndose incapaz de seguirles el ritmo, Woody Allen se dio a la lectura sin moderación. Pero, eso sí, siempre fiel al sensor de su propio placer: Melville, Emily Dickinson, Camus, Hemingway, Yeats... Nada que decir del Quijote, Virginia Woolf, Dickens o las hermanas Brontë; a quienes sigue sin poder hincarles el diente.

En La puta de Mensa, un relato de Woody Allen que The New Yorker publicó en 1974, el investigador Kaiser Lupowitz recibe la visita de un hombre que está siendo víctima de un chantaje. Word Babcok acude a la oficina de Lupowitz porque ha caído en la tentación de pagar para tener encuentros clandestinos con jóvenes inteligentes. No quiere que Lupowitz malinterprete la naturaleza de esos encuentros. Se trata de un intercambio exclusivamente intelectual, discusiones sobre Pound, Yeats, Proust... El bueno de Babcok es un reparador de máquinas que de vez en cuando necesita estimular su cerebro, un trabajador que adora a su mujer y teme que su matrimonio se vaya al garete, porque resulta que Flossie, la madame que maneja el negocio, le exige una cuantiosa suma de dinero a cambio de no contarle a su esposa cada detalle de sus escarceos culturales.

El detective Lupowitz acepta el caso. Llama a madame Flossie para contratar una hora de “charla agradable” en una habitación del hotel Plaza. La descripción que hace Lupowitz de la chica que acude a la cita coincide con la de Woody Allen cuando dice cómo eran las mujeres que lo arrancaron de las historietas de escasa prosa para lanzarlo al abismo de la literatura. “Pelo largo suelto, bolsa de cuero, pendientes de plata, sin maquillaje”. Lupowitz se compadece de los hombres que son como Babcok: “Imaginé que habría muchos individuos en su situación, hambrientos de unas migajas de comunicación intelectual con el sexo opuesto y por la que pagarían un precio exorbitante”. En una etapa de su vida, Woody Allen estuvo dispuesto a pagar el precio que exigía estar a la altura de esas mujeres que desestabilizaban su espíritu cada vez que empezaban a hablar de El lobo estepario o Macbeth. Había picado el anzuelo atraído por la belleza y, no nos engañemos, por la posibilidad remota de llegar a tener sexo con algunas de ellas. Aunque en la mayoría de los casos su estrategia no tuvo éxito, esa pasión lectora pasaría a formar parte de su obra y de su reputación de intelectual.

Él dice que su fama de intelectual es un cuento de hadas que resulta creíble porque parece un ratón de biblioteca con gafas de montura negra y posee un don natural para sustraer buenas citas de fuentes eruditas y aparentar que sabe más de lo que en realidad sabe. Casi todos los personajes de los cuentos de hadas tienen una voz guía. La de Woody Allen se llama Diane Keaton. Hablamos de un hombre que ha dicho que le importa poco la opinión de los demás, que los aplausos significan menos que el acto creativo y que aconseja a los jóvenes: “Tienen una visión: traten de plasmarla. Así de simple. Juzguen por ustedes mismos”. Eso es lo que le gusta a Woody Allen de Diane Keaton, además de su inteligencia, su mirada artística, su buen gusto, su manera de reír, actuar, cantar y bailar: siempre actúa según su propio criterio. Es una de las pocas personas a las que les pide opinión sobre su trabajo. La actriz puede ser implacable con la obra de su examante, su amigo íntimo desde que le asignara el papel de Linda en la obra de teatro Play it Again, Sam. La amistad que han mantenido por años, sin pelearse ni una vez —según Allen—, les ha permitido compartir viajes, visitas a galerías y museos y largas conversaciones en las que Diane le abre los ojos a ese chico de Brooklyn que la escucha embobado y la llama “mi estrella del Norte”.

Si en un apartamento de la calle 78, muy cerca de la Quinta Avenida, Woody Allen empezó a coquetear con la filosofía y le dio una oportunidad a Hegel, Schopenhauer y Kant fue gracias a su primera esposa, Harlene Rosen. Si se atrevió a enviar su primer artículo a la redacción de The New Yorker, convencido de que recibiría una nota con el mensaje: “No estamos interesados”, fue porque Louise Lasser, su segunda esposa, tenía la seguridad y la intuición que a él le faltaba para convertirse en colaborador habitual de una revista que idolatraba. Muy por delante, y no detrás del hombre con gafas de montura negra y apariencia de intelectual, hubo un elenco de mujeres que despertó algo más decisivo y perdurable para su arte que los caprichos de su libido.

Comparte en redes: