Y el gong hizo 'boom'

Los herederos del fenómeno del ‘boom’ no fueron escritores latinoamericanos, sino orientales.

Mo Yan, premio Nobel de literatura 2012.   Archivo.
Mo Yan, premio Nobel de literatura 2012. Archivo.

El boom latinoamericano no fue sólo literario: alcanzó consecuencias políticas, económicas y sociales. No vale la pena citar en un breve artículo lo que ha ocupado miles de volúmenes, pero podemos recordar que ese boom fue premeditado por la industria editorial, favoreció a un puñado de escritores, entregó fortunas antes inconcebibles, cuatro premios Nobel de literatura, varias nominaciones, y que su origen fue posible debido a la nutritiva caja de Petri que fue la América Latina en transformación social de los años 60. Cuando la calma sobrevino, el boom manifestó sus profundas fracturas internas: el escritor perfecto, autor de Ficciones, se declaró anarquista; su compatriota más arriesgado, el cronopio, brilló con la fuerza de las estrellas, pero dio un traspié y cayó varias casillas en su propia rayuela: había pisado la línea que separa ese juego literario de la realidad, de la política, del error; al uruguayo que apuntaba con un revólver lo dejaron, por fin, hablar, y él dijo que ninguno de ellos le importaba un bledo; en Perú el talentoso autor de La ciudad y los perros se debatía con un demonio sediento de poder: perdió, y con el tiempo lo vimos desear la Presidencia del país, y con más tiempo lo vimos publicar artículos baladíes en defensa de Benedicto XVI; al fabricante de Macondo no le bastó esa genialidad para contrarrestar los efectos nocivos de sus apretones de mano con Fidel Castro. El boom latinoamericano se extinguió dejando en el aire, como residuos de una explosión nuclear, esa ridícula y dañosa idea de que el valor de una obra literaria está afectado por las opiniones políticas de su autor.

Sobre ese terreno infértil surgió la literatura latinoamericana contemporánea: escritores como langostas hambrientas que se tragaron entre ellos y luego a sus propias heces. ¿Qué los alimentaba en realidad? El deseo de repetir un pasado glorioso que no les pertenecía. Es decir, nada: un espejismo. Famélicos, empezaron a morir. Y por entre ese abono putrefacto se alzó, dando tumbos, enfermo pero ahí y tan dispuesto, Roberto Bolaño, el poeta chileno que decidió ser novelista mexicano. El columnista Darío Rodríguez lo ha dicho con la precisión de los aforismos: “Bolaño es un mito fabricado”. Como Macondo. Como Santa María. Como Yoknapatawpha. Bolaño es la última creación del boom: la mano extendida de los muertos que intentan, en el segundo final, abrir la puerta. Yo creo que sólo la dejó entornada.

Quienes en verdad tuvieron el acierto de abrirla están tras los bastidores del amanecer. La literatura de Gao Xingjian contiene los rasgos políticos de Vargas Llosa, la ambientación fantástica de García Márquez, el existencialismo urbano de Onetti o Sábato, los juegos temporales más elaborados de Borges o Cortázar. No es casualidad que en las novelas de Gao Xingjian y Mo Yan se encuentren narradores de la segunda persona, monólogos internos, descripciones ambivalentes entre lo bello y lo grotesco. Ellos, y si queremos ser extensivos Haruki Murakami, Kenzaburo Oe, Orhan Pamuk..., es decir los escritores orientales, los antes desconocidos, están escribiendo el paso a seguir de la literatura contemporánea. Ellos son los verdaderos herederos del boom, pero no como seguidores fanáticos o detractores fanáticos, sino como escritores individuales, solitarios.

Incluso de sus palabras puede extraerse, al fin, un acuerdo entre literatura y política. Gao Xingjian, el disidente, exiliado desde hace 30 años en París: “La literatura sólo puede ser la voz del individuo, y siempre ha sido así. Cuando la literatura se convierte en canto de alabanza de un país, bandera de una nación, voz de un partido político o portavoz de una clase o un grupo (...), pierde su naturaleza intrínseca, deja de ser literatura”. Mo Yan, el comunista, miembro del Partido: “Un novelista es parte de la sociedad, por lo que es natural que tenga sus propias opiniones e ideas; sin embargo, cuando está escribiendo debe ser justo, debe respetar a todos los personajes igual que respeta a las personas reales. Siempre y cuando se cumpla este requisito, la literatura puede nacer de la realidad e incluso superarla, puede preocuparse por la política pero estar por encima de ella”. Ambos lo dijeron en sus discursos de aceptación del Nobel.