Y hasta en la muerte, el teatro

Con la obra “Audición, un atentado escénico”, Germán Quintero y Alfonso Ortiz, dos leyendas de la actuación colombiana, estarán en las tablas en el Teatro Nacional Fanny Mikey.

Germán Quintero, Jenny Osorio, Alfonso Ortiz y Emma Cruz, elenco de la obra. / Cortesía Teatro Nacional Fanny Mikey

Alfonso Ortiz y Germán Quintero se sientan a esperar su turno del casting. El tiempo pasa y se detiene para que ellos conversen, divaguen y hasta deliren. No queda más. Lo que debe esperarse para una audición es la eternidad. Es probable que hayan pasado unas 200 veces o más por esa situación. Ahora, con todos los años que ya tienen encima, nada ha cambiado. La experiencia no reduce la espera, al contrario, parece que entre más años, más difícil es obtener un personaje. Por eso Ortiz dice en una de sus líneas: “algunos actores hacen comedia, otros hacen drama y yo hago casting”.

Ambos actores se representan a sí mismos, o mejor, a esa parte de sí que se conecta con el tono de la obra: la que se puede burlar de su propio ser, de la profesión a la que le han entregado la vida y de los compañeros de trabajo con los que comparten esa vida. Entre aforismos, chistes flojos, humor negro, humor político y fragmentos de textos que motivan la reflexión, Audición, un atentado escénico es un comentario sobre la realidad del actor. Una obra que mira hacia adentro, que se estudia a sí misma, igual que sus personajes.

Por esa sala de espera, casi tan dramática como las de unas urgencias de EPS, pasa una reina de belleza que aspira a obtener el protagónico de la novela. Según ella, “canta, baila y actúa”. Parece sacada de un comercial de jabones y les pide ayuda a los otros dos que esperan por el casting. La ponen a bailar, a cantar y a actuar y terminan sin saber si reír o llorar. El público, por su parte, estalla en carcajadas con la modelito. Ella sí pasa rápidamente a presentar su audición y sale feliz, porque sin necesidad de hacer nada, le dieron el papel.

Esta escena, propia del mundo de los actores, podría ser propia de cualquier contexto de la sociedad colombiana. Ese es el mensaje que Ortiz y Quintero, entre chiste y chiste, logran transmitir. Las pantallas de televisión son tan absurdas, injustas y triviales como las discusiones del Congreso de la República o los debates presidenciales.

Hablan de Hamlet, del teatro La Candelaria, del estado del país, de si el título de la obra debe ser ‘casting’ en inglés o ‘audición’ en español. Ironizan sobre el supuesto talante apolítico del artista. Tan falso como los cuerpos de las protagonistas de novela. La sensación que deja el guion es que el artista en Colombia existe para hablar, para expresar su noción del mundo y tal vez para transformarlo. En una realidad como la nuestra, ser público y apolítico, o ser público y objetivo, es una mentira de esas que creemos para que, como decían Quintero y Ortiz, “arriba” estén tranquilos.

También recuerdan a Godofredo Cínico Caspa, interpretado por Alfonso Ortiz. Todo un reto en un país en el que usualmente los intentos de traer de vuelta a Jaime Garzón le resultan a la gente un atentado contra su imagen y su legado. Ortiz lo hace magistralmente, bajo la guía de Antonio Morales, quien junto a Garzón creó a Godofredo años atrás y es el autor del libreto de esta obra. Godofredo, como siempre, está iracundo con lo que le suena rojo. Por eso cuestiona vehementemente a los actores de teatro y los sentencia a desaparecer. Para él, la maravillosa ‘pantalla chica’ debe terminar por inundarse de modelos y figuras de reality.

Entre todo lo que dicen, hablan de la muerte. “Morirse es una cagada”, afirma Quintero en un monólogo. La espera les recuerda toda la cantidad de tiempo perdido. A su edad ya la muerte empieza a sentirse, a olerse. “Desde que nacemos empezamos a morir”, dice Quintero, y por eso vivir, según él, vale tanto la pena, porque morimos un poquito todos los días. La invitación final de la obra es a apagar el televisor y salir para teatro. Porque nada mejor que vivir en las tablas, o morir en ellas.

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