"Ya no matan la carne sino la palabra"

Philippe Ollé-Laprune es editor de la antología ‘Entre desterrados’ y director de Casa Refugio, un lugar en México que desde 1998 recibe a escritores perseguidos de todo el mundo.

México fue durante todo el siglo XX refugio de escritores. Paraíso anhelado por europeos y estadounidenses, lugar de resguardo para tantos latinoamericanos perseguidos. Había sido una patria sin dictadura, y entre tortillas y tejidos había levantado una fama de tener un grado muy alto de tolerancia, tanto en la vida cotidiana como en la vida política.

Se decía entre intelectuales extranjeros que era el país en donde se podía hacer lo que se quería, si uno no molestaba a nadie. Había sido además el primer país en tener una revolución en el siglo XX, incluso antes que los rusos, y eso iba a despertar múltiples fascinaciones, iba a convocar a surrealistas y escritores de la generación beat, a pintores y poetas.

Esas historias de exiliados, ese flujo intenso de personajes extraños que traían consigo sus culturas y sus ideas, tuvo un gran impacto en la vida misma de los mexicanos. “El exilio fue una suma de aventuras a escala individual que, de cerca o de lejos, penetró la existencia de numerosos mexicanos”. Fue justamente esa idea, la de que México había ganado profundamente con los exiliados, con todas las diversidades y transformaciones culturales que habían traído, la que alentó, en 1998, al entonces alcalde del D.F., Cuauhtémoc Cárdenas, a hacerles un reconocimiento, a crear un lugar que bautizó Casa Refugio.

“Él quiso hacer una casa viva, que funcionara a la inversa de una cárcel y que recibiera a escritores perseguidos en todo el mundo”, explica Philippe Ollé-Laprune, un escritor francés y antólogo de la literatura mexicana que ha centrado su trabajo en la investigación sobre los exiliados y sus efectos en México y quien, además de tener dos libros publicados sobre el tema, Tras desterrados y Entre desterrados, fue la persona a la que el alcalde encomendó la dirección de la casa.

Aunque el exilio parezca una cosa de otra época, más propia de los tiempos de Voltaire o Víctor Hugo, aún hoy, cuando en apariencia la democracia parece imperar como forma de gobierno, el mundo del poder sigue inquietándose por la palabra escrita, por esas letras literarias que, consignadas en el papel, lo siguen perturbando. “América Latina conoció un pico de escritores exiliados por la represión de los gobiernos a finales de los años setenta, pero aunque en estas latitudes esa situación parece casi superada —hoy los escritores sólo salen de Cuba—, actualmente en Asia y África, e incluso en Europa del Este, hay muchos países en los que los escritores tienen muy pocas posibilidades de publicar”, explica Ollé-Laprune, invitado especial por el Fondo de Cultura al cierre de su Festival Visiones de México en Colombia.

Sin embargo, este hombre, que a través de una amplia red de amigos y organizaciones de todo el mundo empezó a recibir listas de escritores amenazados, advierte que las formas de persecución se han vuelto más complejas. “No es tan sencillo entender cómo funciona la censura hoy en día, porque la fuerza de los poderes es muy distinta a la que existía antes. Los poderes se privatizaron y cada vez es más difícil reconocer al censor. Además, los métodos han cambiado. Hoy en día casi nadie quiere matar a un escritor, porque sabe que es fabricar un mártir, y eso no es bueno para ningún poder político. Lo que se hace ahora es que se mata la parte de escritor que tienen muchas personas y se los condena a no publicar por diez años, o les prohíben el acceso a espacios públicos y a medios de comunicación. Ya no matan la carne, sino la palabra, y eso es más difícil de combatir”, añade Ollé-Laprune.

Así, a Casa Refugio, lugar que el francés ha dirigido por trece años y que preside el escritor colombiano Álvaro Mutis, han llegado poetas de Birmania, Argelia, Kosovo, Rusia, Irán y Serbia. Han llegado pidiendo una tierra que los acoja y que, sobre todo, los deje ser lo que son por encima de cualquier cosa: escritores. “México es un país que propone una materia perfectamente maleable para adoptarla a tus gustos. Ofrece además una gran cultura ancestral y es un lugar que ha acogido a muchos extranjeros, entonces los escritores perseguidos quieren venir aquí”, explica Ollé-Laprune.

De este proyecto también hacen parte otros escritores notables como Sergio Pitol, José Emilio Pacheco y Juan Villoro, quienes ayudan a la activación literaria de la casa, a que siempre haya coloquios y conferencias. Los escritores exiliados, por su parte, recibidos muchas veces con sus familias, tienen durante dos años la posibilidad de una beca, de dar conferencias, participar en diferentes ferias del libro nacionales, contribuir a esa rica vida literaria que se cocina entre las habitaciones y paredes de la casa y, además, a publicar un libro. Así, Casa Refugio es la responsable de que los mexicanos gocen, quizás como pocos en América Latina, de la posibilidad de leer prominentes y transgresoras historias escritas en albanés o birmano.

“En la casa estamos convencidos de que, aunque cada vez sea más difícil combatir a los censores, debemos luchar a cualquier costo una de las pocas cosas loables del mundo Occidental: su defensa por el derecho a la libertad de expresión. Es un derecho que no se puede acotar, ni restringir de ninguna manera. La literatura puede burlarse de todo, porque la escritura no está hecha para el respeto, no hay que respetar a nadie, ni a la religión, ni a los poderes políticos ni a los económicos, las letras están hechas para mantener esa gran libertad”, concluye Ollé-Laprune.

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