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Yo Confieso: Vienen por nosotros-Capítulo 19

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Con alivio, el padre Andrés escuchará a don Roberto, su viejo cómplice en el Seminario, quien le dirá que los muertos del accidente de la Cien unos días atrás no eran estudiantes, sino agentes encubiertos del Gobierno. Decidido a colaborar con el grupo que lo tiene aislado, irá a ducharse para celebrar su decisión, pero entonces tendrá que salir a las carreras y escaparse con Lucrecia Sandoval y don Roberto.

***

Capítulo 19

Vienen por nosotros

La señora Sandoval se miró las manos, las uñas, como si de sus manos dependieran sus venganzas, y sonrió mirando por encima de mi cabeza. Entonces sonaron unos golpes lejanos y una voz más lejana aún. Ella observó su delicado reloj dorado, se puso de pie y dijo que ya volvía, que iba a ver quién había llegado. Una vez más, me advirtió para que no tramara ninguna tontería. Salió, dejó la puerta de la habitación abierta, y dos segundos más tarde empezaron a escucharse sus pasos bajar por la escalera, y luego, su voz entreverada con la de un hombre. Era imposible oír de lo que hablaban. Hubo un silencio, y de inmediato, pasos, muchos pasos. Supuse que el visitante subía con ella, como también, que había llegado mi hora. Una vez más, observé si había algo contundente con lo que me pudiera defender, o con lo que pudiera atacar a la señora Sandoval y a su compañero en un descuido, pero una vez más, me di cuenta de que no había nada. Ni siquiera una cuchara. Mientras terminaba mi inútil inspección, vi a la señora Sandoval asomarse a la puerta y hacerle señas a su acompañante.

L.S. “Vienen a visitarlo, padre”, dijo.

Pensé en el padre Benito, en el párroco de San Francisco, en el señor Gutiérrez, en la esposa del desaparecido, incluso, en Tomás, pero no. Era don Roberto. Apenas lo vi me sentí con un cómplice. Me relajé. Me sonrió como me sonreía cuando llegaba tarde al Seminario. Traía entre sus manos una pequeña caja.

D.R. “Padre Andrés, pero qué gusto de verlo y de confirmar que está lo más de aliviado”, fue su saludo.

P.A. “Don Roberto. ¿Usted también?”, medio musité.

D.R. “Vengo a saludarlo, nada más. Hace rato no nos veíamos. Desde el choque, ¿recuerda?”

P.A. “Sí, claro, cómo no. ¿Y su hija? ¿Rocío?”

D.R. “A salvo, gracias al señor”, contestó.

P.A. “¿A salvo de?”

D.R. “Padre, los estudiantes a los que estrellamos, los que murieron, buscaban lo mismo que nosotros. No eran estudiantes, o sí, estaban matriculados, pero en realidad eran agentes secretos del Gobierno. Tiras”, me informó.

Yo miré a la señora Sandoval como para recriminarle sus recientes acusaciones. Por un momento, sentí que la vida volvía a comenzar, pues no había matado a ningún inocente. Quise levantarme de la cama, pero me apoyé mal y me dolió la pierna enyesada. Pasé saliva.

P.A. “¿Pero cómo así? Don Roberto, cuénteme bien, se lo suplico, no se imagina las noche de tormento que he pasado”.

D.R. “Sí, sí las imagino, las mías fueron iguales, no vaya a creer que uno se siente feliz de ir matando al primero que se le cruza, no. Y pues eso, nada. Luego de que usted se fue y desapareció, nos quedamos con mi hija y con el chofer del camión varias horas en el mismo lugar, a la espera suya, o de alguna noticia. Y nada, ya sabe usted que nada…”.

P.A. “Me dio un ataque en plena calle con una señora que me llevó a su casa y tuve que escapar de ahí, porque…”.

D.R. “Ya lo sabemos, porque llegó el padre Benito, y luego usted atentó contra la señora”.

P.A. “Ayyyy, sí, eso, y no sé. Yo ya había tenido líos con él por las plumas, y la señora… Era un homicidio, tenía que escaparme de allá…”.

D.R. “Las plumas, sí, esa señora encontró una y se la entregó a usted y ahí fue que se desmayó. Tranquilo, que después la volvió a encontrar, por decirlo así”.

P.A. “¿Y el padre Benito?”

L.S. “El padre Benito fue a la casa de esa señora en busca de información. Ella vio el accidente, y no solo recogió una de las estilográficas del suelo. También, papeles, documentos”.

D. R. “Y llamó al padre Benito para darle todo”.

P.A. “¿Y ella por qué…?

L.S. “Eso no importa, padre, no im-por-ta. Hay mucha gente que trabaja con nosotros, ¿bien? No tiene por qué saber quién es este o quién es aquélla y a qué se dedican, y tampoco le vamos a contar”.

P.A. “¿Y cómo supieron lo de los tiras?”

L.S. “Hombre, por los papeles. Digamos que casi todo el mundo en este país tiene un expediente oficial, sí, llamémoslo así, expediente oficial, y uno que no es el oficial, que es el real, es decir, el que dice lo que la gente en realidad es y hace. Bandos, trucos, pasado, oficios, habilidades, amigos, cómplices, enemigos, secreticos… Ya le dije, el real, aunque no haya pruebas. ¿Y adivine qué, mi buen padre?”

P.A. “No sé, no sé nada, cada vez estoy más perplejo”.

D.R. “Pues que acá la señora, doña Lucrecia Sandoval, es la encargada de esos expedientes no oficiales dentro de la institucionalidad. ¿Cómo la ve?”.

P.A. “Yo, obvio, estoy en esas listas”.

L.S. “Ni que lo diga, padre. Usted es de los primeritos”.

P.A. “¿Me podría dar un cigarrillo, por favor?”

L.S. “Claro, padre, ni más faltaba. ¿Quiere café? ¿Roberto?”

P.A. y D.Ro: “Sí, gracias”…

Los dos le dimos las gracias a Lucrecia Sandoval casi al mismo tiempo y nos miramos. Yo todavía creía en la complicidad de don Roberto conmigo. Esperaba que me librara de alguna manera de aquella situación. Nunca habíamos sido amigos, eso era claro, pero habíamos hecho un par de negocios y en algo nos habíamos cubierto, y el choque brutal en la Cien nos acercaba, fuera de todo. Y su hija. Sin mayores rodeos, le dije que tenía que salir de ahí, que me iban a matar. Sonrió.

P.A. “Usted me comprende, ¿cierto?”, le dije, casi como una imploración.

D.R. “Sí, obviamente que lo comprendo, pero quédese tranquilo”, me respondió.

P.A. “¿Cómo así que me quede tranquilo?, le pregunté”.

D.R. “Usted lo único que tiene que hacer, como se lo habrá dicho la señora Sandoval, es descifrar los números de la pluma que ya vio”.

P.A. “¿Y luego qué? ¿Cree que me voy a creer el cuento de que me van a dejar tan tranquilo? ¿Que voy a salir de acá, campante, caminando y silbando alguna canción?, (silbido fui fui laralalala)”

D.R. “Hombre, padre, pues créalo porque así va a ser. Nosotros no somos asesinos, y menos, de sacerdotes”.

P.A. “Más me voy a demorar yo en darles los números que necesitan, que ustedes en dejarme frito”.

D.R. “Si a usted le llega a pasar algo, se va a saber”.

P.A. “Sí, claro, se va a saber entre ustedes”.

D.R. “No solo eso. Otra gente lo va a saber y se nos puede joder todo, tenemos que andar con mucha cautela. ¿Ya usted sabe qué son los números, cierto?”

P.A. “Pues sí, pero nada más”.

D.R. “¿Y qué más quiere saber, acaso?”

P.A. “Razones, posibles consecuencias, nombres”.

D.R. “Mire, padre, esto no es un juego ni es un asunto de pequeñas conspiraciones. Es algo que va más allá, mucho más allá. Es lo que va a quedar en la Historia, es de lo que se va a hablar dentro de cien años, porque allá adentro hubo una masacre, una masacre prácticamente premeditada, y después vinieron los ocultamientos, las mentiras, las complicidades de los medios con los militares, y por lo mismo, de la sociedad, y no, no lo vamos a permitir, vamos a ir hasta las últimas consecuencias. Van a caer muchos, pero todos esos merecen caer, merecen la deshonra”.

P.A. “¿Y usted?”

D.R. “Yo, ¿qué?”

P.A. “¿Por qué tanta vehemencia? ¿No me había dicho que usted solo trabajaba para quien le pagara más, en efectivo o en especie? ¿Que era un simple y llano mercenario y solo eso?”

D.R. “Me aterra su ingenuidad, padre. Me aterra y me duele, porque esa es la ingenuidad de nuestra gente, la ingenuidad de quienes se creen todo lo que dicen los periodistas, la ingenuidad de venerar a unos tipos que dicen salvar la patria y lo que hacen es matar para eliminar a todo aquel que piense distinto y sea una amenaza bajo el pretexto de la democracia. Me duele su ingenuidad, sí, la ingenuidad en general, que es el perfecto caldo de cultivo para que este país siga siendo como lo ha sido desde la Independencia, con los personajes de siempre en el poder, controlando la vida y la verdad, la información, controlando la muerte, y no, no soy un simple y llano mercenario, claro que no, ni yo ni mi hija ni el padre Benito ni la señora Sandoval, padre. Y esperamos que en algún momento, usted…”.

La señora Sandoval irrumpió en medio del discurso indignado de don Roberto, con una bandeja de madera en sus manos y tres tazas de café, una azucarera y unas tostadas. Preguntó si nos sorprendía en un mal momento, pero igual, siguió caminando con una sonrisa a medias y los ojos semicerrados. Dejó todo en una mesita que estaba al lado del sofá donde se había sentado durante nuestra larga charla y nos preguntó si queríamos ponerle azúcar al tinto. Don Roberto dijo que gracias, que dos cucharaditas. Yo respondí que el mío estaba bien así. Ella también le echó dos cucharaditas de azúcar a su café. Durante unos segundos, que fueron casi minutos, los dos revolvieron su café. Solo sonaban las cucharas contra la porcelana. Yo los observaba, expectante. Desde que me había despertado de mi inconsciencia de nueve días, no había hecho más que pensar en si me iban a matar o no. Recordaba episodios, hablaba, analizaba alguna situación, pero en el fondo, siempre retornaba al punto de mi muerte. Y cómo no. Incluso en aquel instante, mientras la señora Sandoval y don Roberto revolvían sus cafés, había estado pensando en si me iban a matar y cómo, o en si me iban a dejar libre. Quería preguntarles de nuevo. Y sin embargo, aguardé a que ellos hablaran. Que me asesinaran o me dejaran con vida no dependía de las veces que lo preguntara. De repente, imaginé, me vi en una película en la que me dejaban salir y caminaba por una carretera en busca de lo que fuera, cuando pasaba una moto con dos tipos y tratatatatatatata…

P.A. “¿Cómo me van a matar?”, les pregunté.

L.S. “Ay, padre, ¿cuántas veces le vamos a tener que decir que lo que ocurra con usted va a depender de usted? ¿De verdad no vamos a salir de este bendito tema jamás?”

P.A. “Yo no voy a salir de ese tema, señora, eso lo puede tener bien en claro. No hago más que pensar en mi muerte. No es un asunto menor, ¿O a ustedes, a ustedes les parece que es una tontería?”

L.S. “No, claro que no, pero…”

D.R. “Es que no lo vamos a matar nosotros, padre”.

P.A. “Entonces es cierto que me van a matar y no han hecho otra cosa que mentirme descaradamente”, les dije yo, mitad asustado, mitad histérico.

D.R. “No le hemos dicho ninguna mentira. Que lo van a matar tampoco lo es, aunque es una observación nada más”.

P.A. “¿Que me maten es una observación? Pero por favooooor, ¿estamos todos locos?”

D.R. “Es una intuición, mejor dicho. A mí también me van a matar, y a la señora acá presente. Es casi imposible que no”.

P.A. “¿Por qué tan imposible?”

L.S. “Padre, porque somos muy pocos, veinte, treinta máximo, contra todo un ejército constitucional, con las leyes a su favor y los políticos detrás y los medios de comunicación”.

D.R. “Eso, para no contar otros aparatos de seguridad que provienen del extranjero, y que beben de la misma fuente que los de acá, usted me entiende, ¿cierto?

P.A. “¿Y si es tan así, para qué siguen con esto? Están perdidos, per-di-dos, ustedes lo saben, y a pesar de todo…”

L.S. “Sí, a pesar de todo continuamos. Hay cosas más importantes que vivir cien años, y hay batallas que toca dar, porque si uno no las da, padre, le corroen a uno el alma por el resto de la vida. Así de claro y de sencillo. No hay alternativas. A veces no hay alternativas en la vida”.

P.A. “No sé si la única vía sea cazar peleas de frente y casi que desnudos con semejante cantidad de poderes, y convertirse en justicieros que están por encima de le ley y de la verdad”.

D.R. “No, no, no, no, no, pare ahí, padre, que no vamos ningún desnudos a una derrota segura, y además, para que lo sepa, no somos ningunos justicieros: tenemos pruebas de todo, bastante que nos ha costado conseguirlas. Los códigos que usted nos va a leer son la última y gran prueba”.

L.S. “Es que una cosa, mi padre, es perder, ser derrotados, vencidos, como quiera, y otra muy diferente, morir”.

P.A. “¿No es morir una derrota?”

L.S. “No necesariamente”.

P.A. “Y todos piensan dar la vida por esta causa”.

L.S. Todos, por supuesto. O por lo menos, eso es lo que sabemos. Uno nunca puede estar seguro de esas cosas”.

P.A. “¿Porque la gente se vende o se arrepiente? ¿Se acobarda? ¿Se da cuenta de que no vale le pena dejar la vida por una utopía?”

D.R. “Exactamente. Por todas esas razones y muchas más, y a veces, algunas que ni siquiera se nos ocurren”.

P.A. “Bueno, digamos que entonces en unos días ustedes van y encuentran los cuerpos de los desaparecidos. Esa parte no suena tan difícil. O no imposible. ¿Y luego?”

L.S. “Luego tomamos fotos, enviamos algunos restos a estudios, nos llenamos de documentos…”

D.R. “Como si hiciera falta, digo yo”.

L.S. “Exacto, pero cuanta más evidencia, mejor. Hay que contar con que nos van a echar por el piso nuestras investigaciones, que nos van a acusar hasta de manejar sin licencia de conducción. Siempre ha sido así y siempre lo será. Desacreditar al enemigo como persona, para quitarle credibilidad a sus palabras, a sus pruebas, porque esto no es de solo palabras. Nosotros no somos solo palabras ni lo vamos a ser”.

P.A. “Y cuando tengan las evidencias, como dicen, van al gobierno al que van a desprestigiar a que los tome en cuenta, jaja”.

L.S. “Ay, padre… Pues obvio que no. No vamos a ir al gobierno ni a ninguna autoridad. No somos tan tontos. Vamos a ir a los medios de comunicación, para que la gente se entere, y a las embajadas”.

P.A. “Pero los medios son el gobierno, y en las embajadas hay gente que negocia”.

Los medios, el gobierno, las embajadas, la gente, el poder, la verdad. La señora Sandoval y don Roberto hablaban, se quitaban la palabra, me explicaban, volvían al comienzo, se justificaban. En un momento, se quedaron callados varios segundos, y como si hubieran acordado una señal, me preguntaron si ya estaba listo para darnos los números de la última pluma.

L.S. “Porque ahí en esos números está la clave de todo, padre. La puntada final”.

Había preguntado tantas veces qué iba a ocurrir conmigo después, y tantas veces el asunto se fue diluyendo, que les dije que cuando quisieran. Ya estaba hastiado de aquella situación. Lo mejor era salir de una buena o mala vez de ellos, de aquel lugar, de los códigos y los cadáveres y las estilográficas. ¿Que si les daba la razón? Sí, en parte, se las daba. No estaba de acuerdo con algunos de sus métodos, no quería más violencia, aunque, por otro lado, yo estaba inmerso en esos mismos métodos. Yo había hecho parte de su violencia. A conciencia o por casualidad, o por ignorante, pero había hecho parte de sus acciones.

D.R. “Usted sabe, padre, que por más de que quiera apartarse de nosotros, usted es parte de nosotros”.

Don Roberto habló como si me hubiera leído la mente. Habló y lo dejó todo claro. Absolutamente claro. Ellos tenían el control de mi vida, no sólo en aquel instante y en aquellas circunstancias, sino en todo. Sabían de Doni, sabían del choque, de la señora Carmen. Eran testigos potenciales en un juicio. Me tenían en su poder. Les pedí permiso para ir a bañarme y saltando en una pierna me metí al baño y abrí la llave del agua caliente. La señora Sandoval me había dejado una bolsa de plástico grande y blanca para que me cubriera la pierna enyesada, y ropa limpia. O sea, una pijama. Me las arreglé como pude. Esperé hasta que no pude ver nada de tanto vapor, y me metí a la ducha para pensar en el agua y únicamente en el agua. Para sentir cómo caía y se iba deslizando por mi piel. Para ver las gotas que acababan en el piso y terminaban por desaparecerse cuando llegaban el sifón. Oí que tocaban a la puerta. Sin embargo, me hice el idiota. En un momento, lloré. Supuse que aquel era el último duchazo de mi vida y lloré, con el Ave María de Haendel entreverado entre mis lágrimas y el agua que caía de la regadera. Los golpes en la puerta retornaron, más fuertes e intensos que antes. Y luego fueron un solo golpe fuerte, de astillas rotas, determinante. La señora Sandoval corrió la cortina del baño y me dijo que nos teníamos que ir, que le apurara.

L.S. “Vienen por nosotros”.

***

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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