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Yo Confieso - Capítulo 22 (El final)

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En este último capítulo de Yo Confieso, el padre Andrés Santacruz tendrá que padecer un llamado “Juicio de los justos” por parte de los sacerdotes Benito Larramendi y Anastasio Gómez-Suárez, y de la señora Lucrecia Sandoval, y no tendrá mayores opciones para defenderse. Lo condenarán a veinte años de reclusión en una mazmorra ubicada en los sótanos del Seminario de Bogotá, donde hará las grabaciones que se han venido conociendo a lo largo de estos cinco meses. Luego será trasladado a una celda del Ejército: allí se desencadenará el sorprendente final de esta historia. Este capítulo estará abierto a todo público desde el domingo 23 de agosto a las diez de la mañana.

***

Capítulo 22

El final

Y regresaron, claro que regresaron. Regresaron muy de madrugada a la mañana siguiente con su estrépito de poder. Pisando duro, tirando puertas, gritando. Subieron las escaleras en tropel, y en tropel abrieron la puerta de la habitación en la que me habían enclaustrado. Primero entró el padre Benito. Luego, la señora Lucrecia Sandoval, y por último, el padre Anastasio. Medio adormilado, les pregunté por don Roberto. Lucrecia Sandoval respondió que estaba a buen resguardo.

L.S. “Está a buen resguardo, y donde debe estar, pero ahora lo importante es usted, padre Andrés”.

P.A. “¿Pero yo? ¿Por qué yo? Yo ya les di e hice lo que tenía que hacer”.

P.B. “Y nos volvió a engañar, una vez más”.

A leguas se notaba que estaban muy molestos. Perturbados, mejor. Pensé que no habían encontrado la tumba de los desaparecidos, o no a todos. Algo así. Me enderecé y traté de levantarme de la cama, pero de inmediato el padre Anastasio me señaló y me hizo gestos de que no me moviera.

P. Anastasio: “Para que no dude de nuestra justicia, vamos a someterlo a un juicio, el juicio de los justos, por llamarlo de alguna manera. Comenzaremos en una hora, así que le aconsejo que ponga en orden todos sus recuerdos, o sus mentiras”, dijo, solemne, decidido. Luego agregó que pensara si quería defenderme solo, o si prefería elegir un abogado para mi defensa, que sería uno de ellos.

P. Anastasio: “Piénselo bien y elija, que le voy advirtiendo de una vez que caerá sobre usted todo el peso de la justicia”.

Cual militares que acababan de dar una orden tajante, dieron media vuelta y se retiraron, cerrando la puerta con la misma fuerza que antes. Yo me quedé mirando por la ventana, imaginando el juicio que me harían, recordando los juicios del pueblo, como los llamaban, y como un autómata que sabía lo que ocurriría, que no era otra cosa que mi condena a quién sabía qué, repetí Proceda usted, la frase que un general de apellido Aramburu le había dicho a sus captores en la Argentina de los Montoneros, comienzos de los años 70. Los secuestradores procedieron, sí. Le pegaron un disparo en la nuca al general, y luego, luego escribieron sus razones en un extenso memorial publicado en algunas revistas de la época. Aquel general había tenido que ver con la desaparición del cadáver de Eva Perón, Evita, y en su juicio del pueblo les dijo que estaba enterrada como Maria Maggi de Magistris en un cementerio de Milán, y que allí estuvo 14 años.

Proceda usted, dije de nuevo, e imaginé ese último disparo pero en mi nunca, pummmmm, y quise que ese último tiro me lo diera la señora Sandoval. El final perfecto de la perfecta novela trágica. Uno, dos, cinco segundos y adiós. Uno, dos, cinco segundos, y seguro, sentir un desgonzamiento, un irme, y como última imagen, ver los zapatos negros de trabilla de Lucrecia Sandoval, y después, todo negro, o todo nada.

Aunque sabía que lo mejor para mi juicio sería repasar parte de todo lo que había acontecido, preferí quedarme así, medio tumbado en la cama, ob servando la lejanía, pues estaba casi convencido de que de ese día no pasaba. Por eso mismo, y para que Lucrecia Sandoval me viera digno, grande, decidí que yo sería mi propio abogado defensor, y cuando volvieron mis jueces de lo justo, seguidos de don Roberto, que después actuó como testigo de todos mis crímenes, lo primero que les anuncié fue mi decisión.

Entonces el padre Benito me miró a los ojos con un absoluto desprecio, y dijo, increíblemente dijo:

P.B. “Entonces, procedamos”.

Ordenó que me sentara en una silla que el padre Anastasio corrió, y acto seguido, se ubicó frente a mí. A su derecha se hizo la señora Sandoval, que sacó unas hojas de su cartera y que me observaba como si no me observara, a su izquierda se sentó el padre Benito, y un poco alejado dejaron a don Roberto. El silencio era un silencio de solemnidad, de muerte. Seguro lo prolongaron para infundirme más miedo. Para que me diera cuenta de que el asunto era de una extrema gravedad.

Luego de algunas miradas cruzadas y del terror impuesto, el padre Anastasio le dio una palmada a una mesa que tenía frente a sí, y la señora Sandoval empezó a leer un documento:

L.S. “Siendo las ocho de la mañana del jueves 23 de julio de 1987, le damos inicio a este juicio del pueblo, que tiene como acusado al padre Andrés Eugenio Santacruz, como testigo de excepción a don Roberto Alcorta, como jueces al padre Benito Larramendi y a Lucrecia Sandoval, y como honorable presidente de esta corte, al reverendo sacerdote Anastasio, párroco de la iglesia de San Francisco.

L.S. Orden del día:

Punto número uno. Acusaciones de los fiscales

Punto número dos. Defensa del acusado.

Punto número tres: Testimonios.

Punto número cuatro: Versión del acusado.

Punto número cinco. Deliberaciones del tribunal

Punto número seis: Veredicto

La señora Sandoval leyó esa primera parte de corrido, sin gafas, como si hubiera hecho lo mismo miles de veces. Entonces pasó a la siguiente y se puso unos lentes que parecían de su abuela. Se aclaró la voz. Me miró, supongo que borrosamente, se aclaró la garganta con un leve carraspeo, y dijo:

L.S. “Punto número uno: Acusaciones de los fiscales. Este tribunal del pueblo, y para el pueblo, luego de numerosas pruebas y de profundas investigaciones, ha decidido acusar al padre Andrés Eugenio Santacruz de los siguientes delitos: traición a la patria, falso testimonio, conspiración, injuria, evasión, eliminación de pruebas, robo, deslealtad, violencia, intento de homicidio, y directamente, homicidio. Todos y cada uno de los cargos anteriormente mencionados, han provocado funestas consecuencias, tanto para nuestro grupo, como para el pueblo y el país. Yo, Lucrecia Sandoval, como acusadora y fiscal principal de este caso, y sin más palabras para decir por el momento, le solicito a los señores de este tribunal la pena máxima para el acusado.

P.A. “Pero señores, señora, esta acusación es absurda, carece de toda legalidad, de evidencias y de…”

P.Anas. “Se le ruega al acusado permanecer en silencio -me interrumpió el padre Anastasio-, hasta que se le ordene y se le dé la palabra. En caso contrario, no tendremos más opción que condenarlo sin su derecho a defenderse. Continúe, señora acusadora”.

L.S. Punto número dos: Defensa del acusado, señor Andrés Eugenio Santacruz.

P.Anas. “¿Cómo se declara el acusado?”

P.A. “Inocente, señores, señor, absolutamente inocente. Si es que ni siquiera sé de qué me acusan, o con base en qué. Yo no sé para qué esta farsa si de todas formas… Es que para comenzar…”

No alcancé a decir nada de lo que quería decir. Antes de que empezara a explicar, el padre Anastasio me quitó, me rapó la palabra, en una muestra más de que aquello que ellos llamaban juicio era una descarada condena. Yo, definitivamente, no tenía forma de salvarme. No podría argumentar nada en mi defensa. Escuché con una ira cada vez más cruda las palabras del presidente de aquel tribunal:

P. Anas. “Que quede sentado en el acta que el acusado se declara inocente”.

Me mordí los labios y cerré los ojos. Oí de nuevo la hipócrita y falsa voz de poseedora de la verdad de Lucrecia Sandoval, que siguió con el orden de aquella burda puesta en escena:

L.S. “Punto número tres: testimonio. Don Roberto Alcorta es solicitado por este tribunal”.

Con los ojos cerrados, las mandíbulas apretadas, las manos entrelazadas, escuché que la señora Sandoval le preguntaba al testigo si juraba decir la verdad y solo la verdad y nada más que la verdad, y sonreí recordando alguna película de algún juicio en el que un tribunal, ese sí serio y en serio, les preguntaba a los testigos si juraban decir la verdad sin odio ni dolor, y sonreí. Sonreí y emití un sonido de burla que llevó al padre Anastasio a amonestarme.

P. Anas: “Le recordamos al acusado que se encuentra en un juicio, y que cualquier falta de respeto le acarreará consecuencias adversas”, dijo, con ese lenguaje de pseudo dios y pseudo juez con el que intentaba amedrentarme.

Don Roberto respondió que sí, por supuesto.

Don Roberto: “Sí, juro”.

En ese preciso instante supuse que iba a responder que sí a todo lo que le preguntaran. Que su papel ahí era el de un papalote llevado por el viento del miedo, o de las conveniencias, y nada más. Y así fue. La señora Sandoval empezó a hacerle preguntas tendenciosas, y él, don Roberto Alcorta, a contestar que sí, que sí, que sí.

L.S. “La primera noche que el padre Andrés Santa Cruz se escapó del seminario, ¿usted vio que regresó solo?”

D.R. “Sí, señora”.

L.S. “¿Y el acusado le dijo que tenía información muy importante para negociar con usted?”

D.R. “Así fue”.

L.S. “¿Al día siguiente le informó que se había enterado de un plan del que él hacía parte?”

D.R. “Es correcto”.

L.S. “¿Y ese plan era acumular evidencias para entregárselas al Ejército Nacional y llevar a la justicia ordinaria a los altos jerarcas del seminario, comenzando por el padre Benito?”

D.R. “Sí”.

L.S. “¿Usted supo después cuáles eran esas evidencias?”

D.R. “Por supuesto. Él las robó de la sacristía y las quiso negociar conmigo”.

En realidad, no servía de nada que yo intentara rebatir las afirmaciones de don Roberto. Estaba más que derrotado. Yo era un caso juzgado y sentenciado. Las siguientes preguntas se las hizo el padre Benito.

P.B. “Señor Alcorta, nos podría decir qué ocurrió el día del accidente del camión en el que usted iba con el padre Andrés Santacruz, y por el cual murieron dos estudiantes”.

D.R. “El padre Andrés pasó a buscarme en un camión y por la avenida Cien nos instó a que persiguiéramos a un vehículo negro, un Dodge, si mal no recuerdo, y pasada la intersección con la Avenida Suba, nos ordenó que lo estrelláramos. Al ver que el conductor y yo nos oponíamos, en una maniobra intrépida, como de película, se hizo cargo de la conducción de aquel armatroste con ruedas, y aceleró lo más que pudo hasta que golpeó por detrás al automóvil descrito, muy fuertemente”.

P.B. “¿Qué ocurrió después?”

D.R. “El conductor original, don Eugenio, y yo, salimos del camión y quisimos ir a socorrer a los heridos, que no fueron simplemente heridos, como ustedes ya saben, pero el padre Andrés nos gritó que no podíamos socorrer a nadie y en menos de un minuto se desapareció”.

P.B. ¿Usted lo alcanzó a ver?

D.R. Sí señor. Corrió por entre las casas que hay al norte del edificio redondo del Whooper King. Luego supe que…”

P.B. “¿Qué supo?”

D.R. “Que ingresó en la casa de una señora para robarle una estilográfica que tenía un código, y que la golpeó en la cabeza con un arma, en un claro intento de homicidio”.

P.B. “Muchas gracias, señor Alcorta, por su esclarecedor testimonio”.

Don Roberto inclinó la cabeza hacia mis tres jueces y volvió a sentarse en su antiguo puesto. En ningún momento me miró. Yo tampoco quería que lo hiciera. A decir verdad, mientras lo oía hablar sólo rogaba para que la pantomima se acabara lo más pronto posible, y pensaba en alguna puñalada que pudiera clavarle a alguien, aunque por otro lado, la gran puñalada, el hachazo decisivo, ya los había dado. Las consecuencias saldrían a la luz más tarde o más temprano, y una de esas consecuencias sería que me calificarían como héroe de la patria.

Y en esas estaba, pensando en guirnaldas y en multitudes aclamándome, cuando el padre Anastasio le hizo una especie de reverencia a la señora Sandoval y le dijo:

P. Anas: “Señora Sandoval, por favor, pase usted al estrado”.

El estrado de los testigos era la silla donde se había sentado antes don Roberto, un butaco, por decirlo mejor, mil veces retapizado con varios tipos de mimbre superpuestos. La señora Sandoval se sentó con toda su finura, mirando unos papeles, y sin levantar la cabeza juró que diría la verdad y todo aquello. El padre Benito le agradeció,

P.B. “Muchas gracias”,

Y de inmediato le lanzó la pregunta inicial.

P.B. “¿En qué circunstancias y qué ocurrió cuando usted conoció al padre Andrés Santacruz?”

L.S. “Lo conocí en la sala de urgencias de la Clínica del Country, y le abrí de par en par mi corazón desde aquel primer instante, refiriéndole el dolor que me había causado la intempestiva muerte de mi padrastro. Me desahogué con él, e inclusive hasta lloré en su presencia, pues escuché que le dijeron Padre Andrés, y los sacerdotes toda mi vida me han generado confianza, veneración, respeto. Sin embargo, en un descuido, mientras dormía, el acusado se apoderó de una estilográfica muy importante que había guardado en mi cartera. Eso lo vine a saber días más tarde, por supuesto”.

P-B. “¿Qué otros recuerdos tiene del acusado?”

L.S. “Cientos, su señoría. Yo le abrí mi vida. Hasta le escribí una carta con mis más íntimas confesiones, y sin embargo, señores, sin embargo, me traicionó, pues días más tarde de aquella carta me enteré de que la había falsificado con sus artes oscuras y se la había entregado a uno de sus socios, no sé a cambio de qué…”.

La señora Sandoval seguía con la mirada clavada en sus papeles. Cuando habló de la carta que yo había leído y roto en mil pedacitos, buscó y sacó otra carta. La expuso para que mis jueces y don Roberto la vieran, con total frialdad. Y continuó.

L.S. “En esta carta, por esta carta, que llegó a mí de manos del oficial a quien el padre Andrés le había entregado la original, el padre Andrés escribió copiando mi letra y mi firma con sus artes ocultas, repito, que mi hijo, Pedro Damián, mi más preciado tesoro, era hijo de un sacerdote… Ay, señores, cuántas noches de rabia y de dolor pasé al enterarme de esta bajeza… Ustedes jamás lo van a imaginar…”

P.A. “Pero es mentira todo, todo…”

P.Anas: “Silencio, por favor. Silencio”.

El padre Anastasio le dio dos manotazos a una mesa. Volvió a decirme que me callara, que ya llegaría mi turno.

P.Anas: “Señor Santacruz, ya podrá usted hacer sus descargos, pero por favor, se lo pido de nuevo, no vuelva a interrumpir. Si lo hace…”

L.S. “No, es que no puedo con esto, padres, señores de este tribunal, excúsenme, pero no puedo más. Esto me supera”.

P. Anas: “Le quiero recordar, señora Sandoval, su deber para con nuestra organización y nuestro pueblo. Por favor, tómese dos minutos para que podamos proseguir”.

L.S. “Sí, su excelencia. Excúseme, se lo ruego”.

Sollozos. ¿Hipocresía? Lágrimas. ¿Actuación? Yo era tan idiota que quería creerle aquel dolor a la señora Sandoval. Me moría porque aún sintiera por mí un ápice de algo. Que tuviera un poco de vergüenza luego de ensuciarme como lo había hecho. Digamos, que en aquel momento, yo aún sentía. Aunque me sentía abrumado, herido, apaleado por tanta mentira y tanta traición, todavía quedaba en mí un último resto de sentimientos hacia aquella mujer. Y me aferraba a nuestras charlas, y como en un eco retornaban a mí sus furias y sus bromas, “escuche acá, en esta novela titulada Yo Confieso, la historia de amor entre un sacerdote y una fina e irónica mujer”, o como lo hubiera dicho. Yo era dos padres Andrés en aquellos momentos. El de antes, el que quería creer, el que se embelesaba con solo oír el taconeo de esa mujer, y el de ese momento, que iba cediendo al amor y a la bondad y le iba dando paso al odio. Lógicamente, el odio acabó por apoderarse de mí, pero incluso inundado de odio, seguía recordando a la Lucrecia Sandoval que odiaba, me odiaba y decía o cantaba con su hermosa desafinación Qué bonita es la venganza, cuando Dios nos la concede. Hasta en el odio estaba ella. Y la odié, por supuesto. La odié mientras la veía sollozar. ¿O actuar? Pero no me iba a derrumbar. Ante todo, la dignidad. Caer ante ella, ante ellos, pero con altura. La miré. Con frialdad y desprecio para que sintiera y supiera lo que sentía, y aguardé a que volviera a su supuesta calma.

Cuando habló de nuevo, yo ya no escuchaba casi nada. Todo eran murmullos. Una película en blanco y negro repleta de murmullos ininteligibles. Vi que sacó mi pulsera de colores y supuse que estaba inventando otra historia. Y después repasó unas hojas y yo solo veía que movía los labios. Por fin, el padre Anastasio me dijo y me indicó con sus manos que había llegado la hora y tenía permiso para hablar.

P. Anas: “Punto número cuatro: versión del acusado”.

Me puse de pie como pude, como alargando los minutos. Estaba seguro de que no me dejarían hablar más de sesenta segundos, así que me largué a decir lo que había planeado, a toda prisa, solo para que ellos supieran que yo sabía mucho. La condena o no, ya era una cuestión perdida.

P.A. “Todo es una burda farsa. Mentiras. Todas, menos que el padre Benito es el líder de una banda de asesinos que incluso asesinó a los padres de Lucrecia Sandoval, que ella ha sido autora intelectual o material de por lo menos tres asesinatos, y que usted, padre Anastasio, le vendió armas al ejército para la masacre ocurrida en el Palacio de Justicia, y que sabía de antemano lo que iba a pasar y no lo detuvo, porque…”.

P. Anas: “Muchas gracias por su defensa, padre Santacruz. La tendremos en cuenta. Pasamos al punto numero cinco: Deliberaciones del tribunal. El padre Benito Larramendi, la señora Lucrecia Sandoval y mi persona, nos retiraremos media hora para analizar los testimonios y las evidencias de este juicio. El testigo principal, Roberto Alcorta, volverá a su habitación. Se suspende, pues, la sesión”.

Mis cuchilladas habían surtido efecto y tendrían consecuencias. Estaba seguro de eso, pero sólo con haberles visto la cara de pánico que tenían mis jueces, y con haber presenciado las miradas de perplejidad y odio que se cruzaron, yo me sentí a la diestra de Dios padre, en el paraíso. Aún tenía media hora de vida. Eso era lo que me quedaba. Aferrado a esos treinta minutos, salté en una pierna hasta la ventana, la abrí y comencé a buscar una manera de escaparme. Si me descolgaba desde ahí, a unos siete metros de altura, como me lo había indicado la señora Sandoval antes, mi suerte iba a depender de la forma en que cayera. Fui al baño. Abrí la llave del agua caliente para quitarme el yeso de la pierna. Para ganar tiempo mientras se calentaba, fui echando manotadas de agua. El yeso empezó a ablandarse y a soltar un líquido blanco y terrones de venda. A medida en que lo iba desenrollando, capa tras capa, iba sintiendo mi pierna debajo, como un palo blanco, débil, mustio. La apoye en el suelo mientras seguía desenrollando el yeso. Poco a poco fui adquiriendo más seguridad. Cuando terminé, volví a los saltos a la ventana, calculando cómo sería mi enésima huida, pero al asomarme, tassss, ahí estaban el padre Benito y la señora Sandoval, atentos, vigilantes. Incluso, el padre Benito me hizo señas con su cabeza como si me estuviera saludando. La verdad fue que mi primer impulso fue pelear. Botármeles encima y ver si lograba escapar. Luego, no obstante, decidí que si me lanzaba por la ventana, lo ideal sería hacerlo después, cuando mis jueces estuvieran leyendo su veredicto de “culpable”, así que intenté despejar un poco el camino. Tendí la cama, aparté unas pantuflas para no tropezarme, me puse mis viejos zapatos con los que tantas veces había huido, metí un pedazo de las vendas del yeso bajo mi pantalón para que pareciera que todavía tenía yeso, eché las demás al fondo del armario que estaba frente a mi cama y me senté en mi lugar privilegiado de acusado. Corrí la silla unos centímetros y practiqué la gran volada del padre Andrés, movimiento tras movimiento, una y dos, y tres y cinco veces.

Entonces escuché las voces de mis jueces a lo lejos. Supuse que ya estaban por subir. Yo estaba en mi quinto ensayo, junto a la ventana, y llevado por el impulso, sumé segundos, resté posibilidades, y me descolgué. Caí como si fuera un costal de mangos, y me regué y quedé tendido por el pasto del jardín, también como un bulto de mangos. Y así estaba, tratando de encajar en mí, cuando oí una especie de risa burlona que salía por la ventana, y vi al padre Benito asomado, con una mueca demoníaca entre sus labios, como privilegiado espectador de una cacería que estaba por iniciarse en un par de minutos, el tiempo necesario para que se aparecieran con toda la calma del mundo la señora Sandoval y el padre Anastasio. Yo ni siquiera pude levantarme.

P. Anas: “Por lo visto, vamos a tener que emitir nuestro veredicto en este patio, como si estuviéramos en un picnic”, dijo y llamó al padre Benito.

L.S. “¿Pero se siente bien, padre Andrés?”, me preguntó la señora Sandoval, no supe si con sorna, con sinceridad, con burla, o para llenar aquel silencio que sólo le agregaba más tensión a mi condena.

No respondí nada. Los miré, y vi que se acercaba el padre Benito, y como en una película oí que me condenaban a viente años de calabozo por todos los cargos de los que me acusaban, y que me des-ordenaban, si eso era posible. Condenado, des-ordenado, como un autómata, sentí que mi cuerpo viajaba en una camioneta y que daba pasos tortuosos por una entrada adyacente a la principal del seminario, y que me bajaban por unos pasillos al viejo cuarto que alguna vez me había enseñado el padre Benito. Oí que cerraban la puerta, que ponían cadenas, candados, que susurraban, y me vi tirado en una cama, que en realidad era un pedazo de madera, alumbrada por una mortecina luz que bajaba de un altísimo techo entre café y verdoso.

Estuve ahí dos años y treinta días, a punto de sopas grisáceas, de pan y de mandarinas. Conté las horas. Recordé la mayor cantidad de minutos de mi vida, y de vez en cuando creí escuchar la voz del padre Benito que le daba alguna indicación a mis custodios. Medía el tiempo por las comidas, y por las hojas de esta historia que fui grabando en 22 minicassetes que por debajo de la puerta, cada tantos días, me fue pasando Tartufo, aquel lejano compañero de farras de los tiempos en los que decidimos conocer el mundo de los pecados. Una mañana, uno de mis guardias abrió la puerta de mi celda y me informó que me iban a trasladar. Luego supe que el padre Benito y su gente habían decidido entregarme al Ejército en una muestra de buena fe con los militares, para que no hubiera más redadas en el Seminario ni más investigaciones sobre ellos, pero de eso me enteré cuando llegué a las caballerizas del Cantón Norte, donde me dejaron en otra celda, un poco más pequeña que la anterior, aunque más iluminada. Apenas me quedé a solas, revisé mis grabaciones, y a la mañana siguiente se les entregué en un sobre al vigilante que me llevó el desayuno, que resultó ser Fernando Torres, el estudiante de la Javeriana que cantaba en el coro. Dos días más tarde, pasó a visitarme el general Miguel Olivera, a quien le había enviado el sobre con los cassettes, vestido con mil medallas. Cargaba un periódico debajo del brazo, dos cervezas en una mano y una radio pequeña en la otra. Apenas entró, yo me puse de pie, en posición de firmes. Él me ordenó que descansara, con una gran sonrisa en su rostro, en sus condecoraciones, en sus manos y hasta en su aura.

General: “Descanse, cabo”.

Me entregó una de las cervezas, chocó la suya con la que me acababa de dar y desplegó el periódico encima de mi cama. Hasta el periódico sonreía. A lo largo de la primera página, decía: Descubierta una red de sacerdotes que conspiraba contra el Ejército. Más abajo, explicaba que el cabo Andrés Santacruz, infiltrado durante varios años en la mafia de los prelados, había sido el gran héroe de los operativos. El general encendió la radio. Una locutora contaba la misma noticia del diario.

Locutora (Isabel Junca): “Repetimos. Se conocen más detalles sobre la tenebrosa red de sacerdotes que pretendía demostrar la directa incidencia del Ejército Nacional en las numerosas desapariciones ocurridas un año atrás en la toma del Palacio de Justicia. Según datos de última hora, los prelados hallaron algunas tumbas que supuestamente contenían restos de algunos desaparecidos, pero sólo encontraron muñecos de felpa, en un engaño de asombrosas dimensiones provocado por uno de los antiguos miembros del clan, Roberto Alcorta, y uno de los militares infiltrados en esta magna operación, Tomás Lizarazo, quien resultaría esencial en todo el plan, y habló para Radio Verdad:

Tomás: “La verdad es que empezamos a tener buena información, cosas pesadas, gracias al cabo Santacruz, que cambió su vocación por ser cura y salvar almas por la de salvar vida reales, y lo hizo, pese a que casi le cuesta la vida”.

Periodista: ¿Nos puede decir cómo lograron convencerlo y en qué momento comenzó a trabajar para ustedes?”

Tomás: “No, señor, excúseme, pero no le puedo dar más detalles, por el bien de futuras operaciones”.

Periodista: “¿Pero al menos nos podría informar si es cierto que una colorida pulsera de hilos fue clave en este asunto, como se ha filtrado?”

Tomás: “No más comentarios, muchas gracias”.

Locutora (Isabel Junca): La colorida pulsera de hilos de la que no quiso hablar Tomás Lizarazo les permitió a los compañeros de trabajo del cabo Santacruz identificar a su infiltrado en la banda de los prelados, así como seguirle el rastro y descubrir a una de las cabezas de este gigantesco complot, Donaldo Sandoval, quien fingió su propia muerte y se dedicó, desde las sombras, a manejar los aspectos financieros del grupo. Los primeros detenidos de la banda de los sacerdotes en esta operación, llamada Operación Yo Confieso, fueron los sacerdotes Benito Larramendi y Anastasio Gómez-Suárez, el portero del seminario, Roberto Alcorta, quien según los informes iniciales hacía parte del grupo de los religiosos en un comienzo, pero luego vendió sus secretos al mejor postor, especialmente los de unos códigos que llevaban a las tumbas con los falsos restos, y la señora Lucrecia Sandoval, quien era el nexo de la banda con las autoridades militares y con algunos elementos de la oposición política al presidente Belisario Betancur. El objetivo de los prelados y sus cómplices era, ni más ni menos, dar un golpe de estado y tomarse el poder. Según los expertos en inteligencia, las grabaciones que realizó el cabo Santacruz no solo hicieron posible la identificación de algunos de los líderes de la organización, sino que arrojaron pruebas sobre sus delitos y su manera de actuar. Por lo pronto, el Ejército ha mantenido una absoluta confidencialidad sobre dichas grabaciones. Sin embargo, Radio Verdad ha podido acceder a algunas de ellas, y según técnicos consultados, la voz del cabo Santacruz fue alterada magnetofónicamente a lo largo de sus narraciones con el fin de preservar su identidad y con miras a un Shhhhhhhhshshshshshshshshhhhh…

(Cruce de señales. Se corta abruptamente la transmisión…).

Y FIN.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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