Yo confieso: Hágase tu voluntad-Capítulo Uno

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Presentamos el primer capítulo de la audionovela "Yo Confieso", creación de la sección de Cultura de El Espectador, que será emitida cada ocho días desde estas mismas páginas.

 

Capítulo Uno

Hágase tu voluntad

Digamos que todo fue una mentira. Que todos y cada uno de los detalles de esta historia que vamos a contar han estado manchados de mentiras. La primera, tal vez, para hablar en términos cronológicos, es que hace muchos, muchos años, dejé de creer en Dios. He sido un farsante, lo admito. Y pese a que en un principio, cuando empecé a dudar de Dios, de los mandamientos, de la Biblia, los ángeles, la virgen y la iglesia, me sentía fatal si me decían padre, o sacerdote, o me hacían venias por el respeto que inspiraba mi sotana mientras iba por la calle, con el tiempo me acostumbré a sonreír con gesto de benevolencia. Hasta ensayé ese gesto ante el espejo de mi habitación, en la casa cural de mi parroquia, escuchando el Ave María de Haendel, cuyos compases me llevaban a un infinito y profundo estado de éxtasis. A decir verdad, bien podría contar mi vida a través del Ave María de Haendel, porque en cada una de las etapas que he vivido ha estado presente, con diferentes motivos, por supuesto, y sobre todo, con distintas interpretaciones por mi parte. La primera vez que lo oí, en el colegio, volé al cielo. Me sentí santo, me creí santo, olvidé mis pecados, y decidí que iba a ser santo. Que algún día, en un altar, acompañado por una orquesta de cámara, iba a elevar el cuerpo y la sangre de Cristo hacia Dios mientras Haendel y su Ave María se metían en mi cuerpo, por mis venas, por mis huesos, y me elevaban para enviarme, algún día, a sentarme a la diestra de Dios Padre.

No sé si sobre decir que en aquella época, comienzos de los años 80, no había internet, sólo discos, y que para comprar uno había que ahorrar unos cuantos meses. Por aquel entonces yo vivía en la casa de unos tíos, pues mis padres se habían quedado en Sincelejo, donde yo pasé mi infancia, rodeado de gallinas, cerdos, burros y vacas. Mi tío se llamaba Ernesto y era borrachín. Mi tía, Eulalia, una de aquellas señoras devotas de antes que creían que con oraciones e idas a misa de seis iban a solucionar sus problemas. Mi vida con ellos fue un preámbulo del infierno, con noches alcohólicas, peleas, promesas jamás cumplidas, música de papayera a todo volumen y llantos, muchos llantos. Hoy, creo que aquella vida, algún pegadillo que me marcó por siempre, y el misticismo del Ave María de aquella mañana cuanto tenía 14 años, me empujaron al seminario, al sacerdocio y a todo lo que hice después. En una palabra: huí.  El día que me fui de la casa, mis tíos me despidieron con lágrimas de emoción, pues estaban convencidos de que iba a encontrar a Dios, y de que ellos lo iban a hallar a través mío.  Yo los perdonaría por todos su pecados, que por aquel entonces no sabía cuáles eran, por supuesto, y por intermedio mío, el Papa los perdonaría, y por intermedio del Papa, y por fin, Dios les daría su bendición. Antes de irme, me invitaron a que me sentara con ellos en la sala, me pidieron que hiciera silencio, Shhhhhhhhh, y pusieron en el tocadiscos el Ave María de Haendel.    

Yo me asomé al viejo tocadiscos Phillips de mi tío y me embelesé mirando cómo giraba el long play de Haendel, y vi girar a Haendel y a la virgen María, los vi, sí, aunque nadie me crea, aunque yo mismo me empeñe en pensar que no fue así, que me lo inventé.  Con cada giro, mi alma o lo que fuera eso que me hacía sentir, se aclaraba. Si había Dios, yo lo vi esa tarde. Lo vi metido entre los diminutos surcos del disco que mis tíos me habían regalado, y lo sentí dentro de mi cuerpo. Esa tarde, como ninguna otra hasta hoy, fui santo. Y permanecí siendo santo cuando me despedí de beso y abrazo de mis tíos, y luego, en el taxi que me llevó al seminario, y fui más santo aún cuando entré por el místico portón de la avenida séptima y subí las escaleras de la entrada, con los jardines a mi lado, e ingresé en el vestíbulo principal del edificio. Fui santo cuando el prelado superior me dio la bienvenida, cuando uno de sus acólitos se llevó mi maletín y me entregó un juego de ropa, cuando me vestí de monaguillo y cuando recé para acostarme a dormir. Santo, santo, santo era yo, y santo era el señor, y santo el monaguillo, y santo el prelado y aquellos ladrillos sin mácula y la Biblia que estaba sobre mi mesa de noche, y el rosario y la túnica y las sábanas y el armario y la ventana desde donde miraba la montaña.  Vivi en estado de santidad durante más de dos años, y hago énfasis acá en que esos dos años fueron los mejores de mi vida.

Viví en la santidad, y por lo tanto, viví en la mentira, y esa mezcla demoníaca me hizo pleno. Por supuesto que yo no era consciente de nada de eso. Vivía mi santidad con plenitud y punto. La vivía y la veía por doquier. Estaba convencido de que cada día sería más santo, y por lo mismo, más pleno. Incluso llegué a creer que en algún momento podría hacer milagros, y tanto creer en esa posibilidad me hizo empezar a descreer en Dios. Tanto esperar afectó mi fe. Era estúpido, lo sé, pero era así. Mis expectativas eran sobrehumanas, y sin embargo, yo pensaba que eran normales. Cuando fueron pasando los días, las semanas, los meses, y no hubo milagros, empecé a decepcionarme, poco a poco, y muy, pero muy lentamente. Pese a todo, seguí creyendo, y cuando me atacaba el escepticismo, miraba hacia otro lado, igual que cuando me atacaba el pasado. Pero ahí afuera estaba el mundo, y el mundo era un inmenso letrero que me decía que no había milagros, y que a cambio de milagros, había otras cosas. La segunda estocada fue un libro, Demian, de Hermann Hesse. Un seminarista a quien llamábamos Tartufo me lo prestó una mañana, mientras íbamos de viaje hacia Zipaquirá para cantar con el coro del que hacíamos parte en una misa conmemorativa por los muertos de las minas de sal. Demian me llenó de bofetadas. Me tiró al piso. Me hizo entender la diferencia entre el mundo blanco y bonito que vivía, y el mundo con sus pecados, el del letrero gigantesco.

Por mucho tiempo pensé que yo no podría comprender los pecados del hombre común, sí, los pecados del hombre común, si no vivía en el mundo de los pecados, si no lo conocía, si no caminaba sus calles y hablaba con su gente, la gente común. Ahora que lo recuerdo, me detengo en eso del hombre común y caigo en cuenta de lo pedante que era, o que sigo siendo. De lo pedante que somos los curas. Porque en el fondo, digan lo que digan, detrás de nuestra voz suave y de nuestros zapatos viejos, y de nuestros libros y nuestro olor a encerrado, nos sentimos superiores a la gente de la calle, a los que están más allá de nuestra muros. Somos arrogantes, quizá los más arrogantes de la especie humana. Nos creemos enviados de Dios, nada más y nada menos. Yo me lo creí. Iba por la vida flotando, pero no flotaba por misticismos ni por fe, flotaba porque era enviado de Dios.  Dios me había elegido por mis virtudes. Por ser, precisamente, distinto a los demás. Todos los elegidos somos arrogantes, aunque nos vistamos de pastores y nos llamemos pastores. Un sábado de permiso, después de la oración de matines, le propuse a Tartufo que bajáramos a la ciudad, que la palpáramos, en lugar de visitar a nuestras familias.

P.A. “Tenemos que saber de qué esta hecha la gente común para poder comprenderla”, le dije. 

Él me miró, sonrió, y me dijo: 

T: “Estás hablando de conocer el pecado, ¿cierto?”

Le respondí que no sabía si esa era la palabra ni el concepto, y para convencerlo, le comenté que ya en menos de un año nos íbamos a ordenar de sacerdotes, y que tendríamos que oír los pecados de la gente, sus cuitas, sus problemas.

P.A: “Si no, ¿para qué vamos a ser sacerdotes?”, le pregunté, muy serio y muy decidido.

T: “Está bien, está bien, padre Andrés”, me contestó con cierto tono irónico.

Nos vestimos de gente común, aunque yo creo que en ningún momento logramos pasar desapercibidos. Dos muchachos juntos, de pantalón de paño y pelo my corto, de sweter al cuello y zapatos negros, podían ser cualquier cosa menos gente común. Sin saber nada del mundo de la fiesta, ni de los lugares ni de los bares que había, le preguntamos a una señora de una panadería por algún lugar para tomarnos unas cervezas y oír música. La señora sonrió.

S. T: “Pues por las cervezas y la música, pueden quedarse acá, pero me late que van por algo más”, nos dijo sin dejar de sonreír, subiéndole el volumen a un vallenato de los tiempos de upa, y nos señaló un bar a unas diez cuadras.  

S.T: “Se llama Bongosero, vayan, mis hijos, y mañana me cuentan”. 

Cuando llegamos había unas cuatro parejas diseminadas en mesas alrededor de un rectángulo de madera con luces encima. Sonaba algo en inglés que ni Tartufo ni yo reconocimos. Nos sentamos ante una mesa redonda y un señor vestido de negro con corbatín blanco nos preguntó qué queríamos. 

T: “Dos cervezas, amigo, gracias”. 

El señor nos miró con cara de querer decirnos algo más, pero como que se arrepintió y a la vuelta nos trajo las dos cervezas.   

Tartufo le pagó y el señor volvió a mirarnos con gesto de extrañeza. 

S.C: “Acá es un poco caro para tomar cervezas”, nos dijo antes de irse, y luego nos comentó que el show iba a empezar en media hora. Tartufo y yo lo miramos como si hablara en mandarín, nos miramos y tomamos un sorbo de cerveza. En toda mi vida apenas me había tomado media cerveza, como mucho. Me repugnó. Sentí que bajaba por mi garganta y se metía en mi estómago con estelas de fuego. Quise escupir. Sin embargo, en medio de mi atragante, comencé a reírme porque Tartufo se veía peor que yo. Le pregunté si quería que nos fuéramos. Me contestó que no, que estuviera tranquilo. 

“Ahí la llevaremos”, me dijo después de tragarse el poco de cerveza que había mantenido en la boca un rato. Se reclinó hacia atrás. Abrió las piernas y miró hacia el techo. 

T: “La verdad es que la vida del pecado no parece muy divertida”, agregó y se echó a reír con una risa que parecía de demonio a veces, y otras de payaso de calle. Así estuvimos un rato, hasta que se apagaron las luces y la música, y el hombre del corbatín se paró en el centro del rectángulo de madera y anunció que iba a comenzar el show. 

S.C: “Con ustedes, lo que nunca han visto, lo que jamás van a olvidar y lo que no los va a dejar dormir… Vaaaaaaaneeeeeeesaaaaaaaaa”. 

Sonó un redoblante y un reflector iluminó hacia una puerta de donde salió una mujer vestida de plumas y lentejuelas, con una sonrisa plena y un caminar como de avestruz. El redoblante acabó y se fue apagando para darle paso a una guitarra eléctrica y después, a una canción en inglés, que luego vine a saber era Satisfaction, de los Rolling Stones. Tartufo abrió los ojos como dos platos y se sentó en el borde de su asiento. Yo lo observaba. O más que observarlo, lo vigilaba, y de reojo veía a Vanessa, que había empezado a bailar y a hacer figuras con sus capas de plumas. Se acercaba cada vez más a nosotros, se inclinaba hacia adelante y provocaba a Tartufo, que ni siquiera pestañeaba y estaba a punto de caerse de su silla. En un momento, Vanessa nos dio la espalda, lanzó sus plumas lejos y se desabrochó el brassiere. Los Rolling Stones dejaron de sonar. Se apagó la luz. Yo pensé en José Alfredo Jiménez. Susurré “Y los mariachis callaron”, y entre aquella canción, las rancheras en general, la oscuridad, la mujer que había desparecido y el silencio que había caído sobre todo el bar, me sentí protegido. No supe de qué ni por qué, pero protegido, hasta que irrumpió otra canción que jamás había oído, volvió el reflector de antes y sobre todo, regresó Vanessa. Regresó y caminó hacia nosotros de nuevo, con las manos cruzadas sobre su pecho y una sonrisa que nunca logré descifrar. No sabía si era parte de su show, o una burla o una provocación o una fina coquetería. La verdad, ni antes ni después sentí lo que sentí con Vanessa y su sonrisa. Si aquello era el pecado, pensé, pecaría, y pecaría hasta morir. Sentí el pecado por toda mi piel y hasta por mis huesos.

Estaba como hipnotizado. La vi, recorrí sus piernas, subí por su cuerpo, suspiré para que levantara los brazos y se destapara, y cuando lo hizo, huí. No le di tiempo ni a Tartufo ni al señor del corbatín blanco ni a Vanessa ni a nadie de que me detuviera. Salí a las carreras, cada vez más aliviado, cada vez más alejado del infierno. Me había salvado, pensaba. Apenas me detuve en la puerta de la tienda de la señora que nos había hablado del Bongosero, que ya estaba cerrada, con rejas y varios candados de distintos tamaños y colores. Me senté en un murito a recuperar el aire. Me sentí un poco culpable por Tartufo, y más culpable aún por mi debilidad. Temblaba. Unos novios pasaron frente a mí, tomados de la mano. La mujer me miró. Su mirada me llevó a Vanessa, y el recuerdo de Vanessa, al pecado, una vez más. Volví a correr. No dejé de correr hasta que llegué a las puertas del seminario y le toqué en el vidrio de la caseta de vigilancia al viejo Roberto, el portero, que debía estar ahí sembrado desde antes de que hubieran construido aquel edificio. 

P.A: “Lo siento, don Roberto, perdóneme, pero es que no había nadie en la casa y tuve que volver”. 

D.R: “Ay, estos muchachos, dizque seminaristas y se van es de farra y luego vuelven con la cola entre las piernas”.   

Don Roberto lo sabía todo. Siempre lo había sabido todo. Veía el alma de uno y lo que había dentro sólo con mirarlo. 

Entré a toda prisa, tratando de hacer cara de fastidio por haber tenido que devolverme. Don Roberto me seguía con una linterna. Me preguntó cuando era que yo me iba a ordenar. Le contesté que en tres meses.

D. R: “Bueno, me busca, señorito Andrés, que tengo algo para usted”, me comentó antes de abrir la puerta de la casona. 

D.R: “Ah, y agarre del patio unos palitos de hierbabuena y los mastica para que se le pase ese aliento a trago”, agregó. Antes de dar vuelta, me dio una palmada en el hombro, sonrió y cerró la puerta.   

Cuando ingresé a mi cuarto y cerré con llave, volví a la vida. Volví a mi vida y a mí mismo, a Dios, antes que nada, y a la santidad. A la limpieza, a la dulzura, al bien, al camino recto, al Ave María de Haendel y a Haendel, pero en menos de un minuto sentí que no estaba a la altura de nada de eso. No era limpio ni claro ni recto, y muchos menos, santo. Estaba en deuda con Dios y con Haendel, lo había estado desde mucho tiempo atrás, desde la época del colegio. Me acosté en mi diminuta cama. Las sábanas tenían una que otra arruga. Las saqué y las volví a poner. Una mínima imperfección era una ventana abierta que se podía abrir más y más y llevarnos al infierno, solía decirnos el prelado Aristizábal, el más viejo de nuestros mentores. Tal vez tenía razón, pensaba, mientras comprobaba que no hubiera una sola arruga en el tenido. Un principio de pecado lo llevaba a uno a un pecado, y después a otro y a otro más. La arruga era una ventana abierta, el comienzo de la vida de los pecadores, sí. 

La primera arruga había sido mi oficio de alquimista en el bachillerato, con todas sus consecuencias. Vanessa había sido la cuota inicial de mi vida de pecador en el seminario porque, creí aquella noche, y la noche siguiente y durante muchas noches, tantas que ya ni sé cuántas fueron, jamás la iba a olvidar, y si no la olvidaba iba a querer volver a verla, tal vez hablar un poco, y después un poco más. Así fuimos siempre los humanos, así era yo. Buscábamos algo más después de un algo. Jamás nos sentíamos satisfechos. Y eso, lo comprendí con el tiempo, no era necesariamente negativo. Estar en busca de es un aliciente, lo que nos hace levantarnos y aguantar los días, a los otros y a uno mismo. Vanessa empezó a convertirse en mi motivación. De ventana entreabierta pasó a ser ventana abierta del todo, y luego puerta, y portón, y túnel, y recibidor, sótano, terraza, balcón, sala.  Esa noche traté de ahuyentar su imagen con un libro de San Agustín. No lo logré. Veía las letras, y donde decía santidad, yo veía pecado, y donde decía amor por el otro, yo veía amor por Vanessa, y donde decía compasión, yo veía pasión. Me dormí cuando ya tenía que levantarme para las oraciones de la hora de maitines, y aunque sabía que si llegaba tarde tendría que atenerme al castigo de tres latigazos en la espalda y seis horas de calabozo, dormí otro rato. Pensé que nadie sabía de mi regreso, pues en últimas, estaba en mi día de permiso.  Me equivoqué. Don Roberto había anotado mi ingreso la noche anterior, y había informado que yo estaba en mi habitación. Él mismo me había abierto las puertas. 

Así que después de las oraciones de la madrugada, el padre Benito tocó a mi puerta. Cuando la abrí, estaba como una estatua, con su túnica negra, un rosario entre las manos y una biblia.

P.B: “Esto le puede costar la ordenación, novicio Andrés”, me dijo, en su habitual tono de hielo. 

P.A: “No, excelencia, excúseme, me sentía mal, me siento muy mal”. 

Cuando le respondí, tosí hacia un costado, temblé y me tomé las manos para hacerle creer que sí estaba temblando, di dos pasos hacia atrás y me tiré a la cama, convencido de que estaba enfermo.

P.B: “No le creo nada, novicio. Sin embargo, por si acaso y para que no haya ningún escándalo, llamaré al enfermero Pinzón para que dé fe de su estado. Si usted no está enfermo, va a tener que sufrir las severas consecuencias de su mentira y de su actuación”. 

El padre Benito habló en tono de sentencia, sin entrar a la habitación, y se retiró. Cuando dejé de escuchar sus pasos, salí a toda prisa por el lado opuesto del pasillo por el que se había marchado. Tenía que encontrar a Pinzón antes que él y pedirle, suplicarle a cambio de lo que quisiera que me declarara enfermo mortal, lo más mortal que se pudiera. Cuando llegué a la enfermería, vi y oí detrás de una cortina blanca a dos sombras que conversaban. Me sentí morir. En menos de un segundo, vislumbré mi expulsión del seminario y me vi caminando sin rumbo por la ciudad. Desesperado, agarré unas pastillas que había por ahí, me eché al piso, agarrándome de la manigueta de una puerta, tosiendo como un enfermo de tuberculosis, y llamé a Pinzón.

P.A: “Enfermeroooooo, por favoooooor, me mueroooo, no puedo, deme algo, se lo ruego, no me deje así, no me deje morir”. 

 

Fernando Araújo Vélez

(Versión original del libreto de Yo confieso)

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