Yo elegí a Frida Kahlo

Aventureras, científicas, escritoras y madres. Un universo lleno de las mejores formas de representar la feminidad, la razón de ser mujer: que va más allá del sexo y el físico. Y Yo la elegí a ella. Se cumplen 110 años de su nacimiento.

03. Frida Kahlo pintando “Autorretrato en la frontera entre México y los Estados Unidos”. Fotografía de W.J. Stettler, 1932

Ocurre, de pronto, que el tiempo retrocede ante nuestros ojos y lo que un día fue un momento vital, certero y latente, se convierte en un rezago, un pedazo de existencia que se perdió en los escombros de la memoria y que de vez en vez reluce ante un trivial estímulo externo. También pasa que nuestros mejores recuerdos son vestigios de días y meses de alegría y certidumbre, que al final los reducimos en segundos para tener de qué alimentarnos en las noches donde el frío y la ausencia quema y perfora y fractura; esos son los recuerdos normales, los recuerdos lúcidos, los que no le dan cuerda al mundo, pero que nos ayudan a sobrevivir. (Galería Frida Kahlo, 108 años de leyenda).

Pero hay otros. Unos recuerdos que determinaron nuestra manera de crear y de creer. Unos recuerdos que aparecen todos los días como un mapa para continuar, como guía y mantra. Un momento tan pequeño, tan insignificante, tan real que uno cambia para siempre y la vida como la conocíamos deja de ser igual. Esos momentos decisivos pueden estar ligados a una persona, un libro, una canción, una calle o un cigarrillo. Depende.

Mi recuerdo decisivo, uno de los que le dan movimiento a mi mundo y consistencia a mi esencia está ligado a ella. A la mujer con cejas pájaro y bigote de charro. A un corcel de lata y unas trenzas con flores amarradas.

Aventureras, científicas, escritoras y madres. Un universo lleno de las mejores formas de representar la feminidad, la razón de ser mujer: que va más allá del sexo y el físico. Y Yo la elegí a ella. Entre todas las opciones –igual de importantes- elegí a Frida Kahlo como ejemplo, tal vez. Como amiga, seguro.

Había detrás de su fuerza desmesurada, una ternura que me cautivó. Todas sus pinturas, sus obras y sus cartas me llevaban al centro de la fragilidad disfrazada del poderío de una mujer que siempre, a pesar del mundo y sus contradicciones, lucharía y viviría según su parecer, su pensamiento. (Leer Frida Kahlo, un autorretrato de pasión).

Su filosofía del amor y del odio al mismo tiempo, esa dicotomía que la volvía un ser tan perturbado, tan intenso que escribía desde el cuarto de un hospital y en la antesala del quirófano. Donde Intentaban apresurarla pero resuelta a terminar aquella carta para Diego Rivera, su eterno y más profundo amor. No quería dejar nada a medias y menos en ese momento en el que planeaban herir su orgullo cortándole una pata... Una pata que se fue y que con su pérdida de a poco la marchitó.

Entendí, después de verle a ella en nuestra lejanía temporal e intelectual, que todo está dentro. En el alma, en las entrañas. Pensar que nuestra obra y destino está en un lugar geográfico nos envía directo a la frustración, al desespero y al olvido. Entonces, de repente comprendí que la felicidad y la misma vida eran ideas que estaban fijadas por Disney, novelas y canciones que no tomaban en cuenta a las personas como yo, como ella: extrañas por naturaleza, profundamente perturbadas y con una rara fascinación por la tristeza, por las personas tristes.

Los árboles, las flores, los olores, los atardeceres, eso también estaba dentro. Y uno lo ve fuera cuando se da cuenta que está ahí y entonces uno en ese momento lo vuelve realidad. Lo aprendí de ella, cuando volvió una noticia en pintura y una vida en poema. Lo aprendí de ella. Me miré, hacia dentro, en un espejo lleno de telarañas con una imagen que no reconocía: era yo. La verdadera. Un montón de basura: miedos, pedazos de pasado que me dejaron otros y me sesgaron para siempre. Y entonces tuve que vaciarme viendo todos los días una pintura diferente, leyendo una de sus cartas chingadas. Y me dolió tanto, tantísimo que todo mi cuerpo se fracturó en pedacitos incontables. Y quedé para siempre un poco triste y un poco rota, pero yo. Quedé gracias a ella hecha yo.