Zadie Smith, más allá del prejuicio

El mensaje en su literatura es claro: Europa lleva varios siglos mezclándose, yendo a otros lugares, llevando a otras personas. No existe una sola Europa: es mentira su totalidad blanca.

Zadie Smith nació el 25 de octubre de 1975 en Brent, Reino Unido. / Cortesía Vogue

La primera vez que Zadie Smith viajó a África lo hizo en búsqueda de la identidad que le adjudicaban quienes la conocían. Había pasado la vida tratando de arreglarse una cabellera indómita que ante el sol y el aire se levantaba muy por encima de su cabeza y no permitía que ningún peine pasara por ella. Se hacía preguntas constantemente sobre el asunto de la construcción de la identidad y la raza en Brent, el barrio obrero de Londres en el que nació y creció y al que llegaban familias de distintos lugares del mundo. ¿Qué significaba ser inglés en un escenario como ese?

Smith es hija de una modelo jamaiquina que migró al Reino Unido a finales de los años sesenta y de un fotógrafo inglés que no resistió el encanto de la modelo. En una entrevista para el NY Times, Smith le mostró al periodista, quien además era su amigo, una foto de ella en la adolescencia. Una chica con sobrepeso y el cabello muy rizado a quien la escritora describe en Swing Time diciendo: “el pelo no es esencial cuando te pareces a Nefertiti”. Fue en esa misma etapa de su vida en la que la escritora escuchaba apasionada los grandes clásicos del jazz, mientras veía en las fotografías a esos hombres blancos en sus grandes pianos acompañados de mujeres negras que se paraban junto a ellos a cantar. Zadie Smith soñaba con ser una de esas chicas.*

La vida, que cumple sueños en circunstancias extrañas, permitió que la osada chica departiera como cantante de jazz en bares y restaurantes para poder sostener su carrera de filología inglesa en la Universidad de Cambridge. Fue en esta misma universidad donde surgió la magia, y aunque Zadie Smith había contemplado primero la danza, la música o el periodismo, fue la literatura la que fluyó de sí misma, como su ruta y destino. Así, después de haber hecho varios relatos cortos, un editor se interesó en lo que escribía, le propuso escribir una novela y Smith produjo Dientes blancos, la novela que sorprendió a la crítica y la catapultó como la nueva promesa de la literatura inglesa.

Llegada la fama y con otros títulos escritos, los periodistas y sus lectores corrían detrás de ella para preguntarle sobre su “negritud”, sobre la carga simbólica de la herencia jamaiquina-africana en sus novelas. A Smith ese tipo de crítica le da risa, porque nunca ha escrito sus textos basada en el color de piel de las personas. Pero, más allá de simplificar la situación, trata de entenderla y explicarla: la gente tiene muy interiorizado el racismo y lo refuerza a diario positiva o negativamente. Zadie Smith representa en las novelas el mundo que la rodea y que muchos europeos se niegan a aceptar. Su Londres es diverso, es obrero, es negro, amarillo, musulmán, ateo y cristiano. El mensaje en su literatura es claro: Europa lleva varios siglos mezclándose, yendo a otros lugares, llevando a otras personas. No existe una sola Europa, es mentira su totalidad blanca. Smith afirmó en una entrevista: “Mis personajes tienen sus dramas y sus problemas como cualquier ser humano. No los tienen por ser negros, sino por estar vivos. Sólo trato de escribir sobre personas. No desde la perspectiva de la gente que piensa que ‘nosotros’ somos diferentes. Porque nosotros no somos diferentes. Ni siquiera quiero pensar en “nosotros”.

Sin embargo, esos cuestionamientos no estuvieron siempre resueltos para Smith. Su mamá sabía que ella tenía que conocer el lugar de donde venía su sangre. Darle una explicación a esa búsqueda de identidad para que ella pudiera buscar a los suyos y darse un lugar entre ellos. Así emprendieron con ella el primer viaje a Jamaica y en medio de la aventura Zadie Smith sintió que no quería estar en ese lugar, sentía que ese viaje era una imposición desesperada de su mamá para brindar a su hija algo que ella consideraba propio. Así lo relató la autora: “Era el último lugar al que quería ir”, “Yo sólo quería quedarme en Londres con mis amigos. Todo me daba alergia, sobre todo ese calor sofocante que me asfixiaba. No quería pertenecer a ese lugar”.

La vida continuó en Londres y una Zadie Smith más madura, con preguntas fuertes sobre la construcción social de la cultura, sobre sí misma, sobre la literatura y la historia, decidió viajar a África Occidental y enfrentarse de una vez con eso que todos querían recordarle, sobre lo afro que lucía su cabello, su literatura y el gusto por el jazz. La respuesta entonces fue contundente, cuando llegó al encuentro de lo que Europa le decía que era su verdadera identidad, lo único que la abrazó fue la mirada de los nativos africanos que murmuraban al verla pasar: mira, una blanca.

Información tomada de: Las piezas de Zadie Smith, por Jeffrey Eugenides. New York Times...

 

***

Dos hombres llegan a un pueblo 
(
un cuento de Zadie Smith)

*Este texto es traducido por primera vez al español especialmente para El Espectador. 

Versión de Jimena Jiménez Real

Unas veces a caballo, otras veces a pie, en auto o a horcajadas en una moto, de vez en cuando en tanque (después de alejarse de la falange principal) y una vez cada tanto desde arriba, en helicóptero. Pero si atendemos al panorama más amplio, la perspectiva más dilatada, hemos de admitir que la mayor parte de las veces han venido a pie, así que, al menos en este sentido, nuestro ejemplo es representativo; posee, de hecho, la perfección de una parábola. Dos hombres llegan a un pueblo a pie, y siempre a un pueblo, nunca a una ciudad. Si dos hombres llegan a una ciudad llegarán lógicamente con más hombres, y muchos más con suministros. Es de sentido común. Pero cuando dos hombres llegan a un pueblo puede que sus únicas herramientas sean sus propias manos claras u oscuras, depende, aunque por lo general tendrán en esas manos alguna clase de objeto cortante, un arpón, una espada larga, una daga, una navaja retráctil, un machete, o tan solo un par de cuchillas viejas y herrumbrosas. A veces una pistola. Ha dependido, y seguirá dependiendo. Lo que podemos decir con seguridad es que cuando estos dos hombres llegaron al pueblo los divisamos enseguida, en ese punto del horizonte donde el largo camino que lleva al próximo pueblo coincide con el sol poniéndose. Y supimos lo que pretendían viniendo a esta hora. Desde el principio de la historia, la puesta de sol ha sido un buen momento para los dos hombres, llegaran a donde llegaran, pues cuando se pone el sol aún estamos juntos: las mujeres acaban de llegar del desierto, o de las granjas, o de las oficinas de ciudades, o de las montañas escarchadas, los niños y niñas juegan en el polvo junto a los pollos o en el jardín vecinal frente a la torre de apartamentos, los muchachos están tumbados a la sombra de los cajús, buscando alivio del terrible calor (si es que no están en un país mucho más frío, grafiteando sus firmas en el envés de un puente de ferrocarril) y, lo que quizá es más importante, las muchachas adolescentes están apostadas frente a sus chozas o casas, y llevan jeans o saris o velos o minifaldas de lycra, y limpian o preparan comida o pican carne o mandan mensajes con sus teléfonos. Depende. Y los hombres aptos para el trabajo aún no han vuelto de donde sea que hayan estado.

También la noche tiene sus ventajas, y nadie puede negar que los dos hombres han llegado en medio de la noche a caballo, o descalzos, o aferrados el uno al otro en un scooter Suzuki, o encaramados en lo alto de un jeep incautado del gobierno, aprovechando así el factor sorpresa. Pero la oscuridad también tiene sus desventajas, y porque los dos hombres siempre llegan a pueblos y nunca a ciudades, si vienen de noche casi siempre los recibe una oscuridad absoluta, sin importar en qué lugar del mundo o de su larga historia uno se tope con ellos. Y en una oscuridad tal es imposible estar totalmente seguro de quién es el dueño del tobillo que uno está agarrando: puede ser de una vieja arpía, de una esposa, o de una muchacha en el primer rubor de su juventud.

No es necesario aclarar que uno de los hombres es alto, más bien guapo -de un modo vulgar-, un poco memo y mezquino, mientras que el otro hombre es más bajo, con cara de comadreja, y astuto. El tipo bajo y astuto se apoyó en la valla publicitaria de Coca-Cola que señalaba la entrada al pueblo y levantó la mano en amistoso saludo; por su parte, su acompañante tomó la ramita que había estado masticando hasta entonces, la tiró al suelo y sonrió. De igual manera podrían haberse apoyado en una farola y masticado chicle, y el olor del borsch podría haber flotado en el aire, pero en nuestro pueblo no hacemos borsch: comemos cuscús y pargo, y ese era el olor que flotaba en el aire, pargo, cuyo olor aún a día de hoy apenas podemos soportar porque nos recuerda al día en que los dos hombres llegaron al pueblo.

El hombre alto levantó la mano en amistoso saludo. Y entonces la prima de la esposa del jefe (que casualmente estaba cruzando el largo camino que lleva al próximo pueblo) sintió que no le quedaba otra que pararse frente al hombre alto, cuyo machete brillaba al sol en toda su gloria, y levantar la mano, aunque le tembló todo el brazo al hacerlo.

A los dos hombres les gusta llegar de este modo, con un saludo más o menos afable, y esto quizá nos recuerde que, a todos los seres humanos, sin importar lo que hagan, les gusta mucho agradar, aun si dentro de una hora o así van a ser temidos u odiados. O quizá sería mejor decir que les gusta que el miedo que inspiran fermente con otras cosas, como el deseo o la curiosidad, aun si, a la hora de la verdad, el miedo es siempre la parte más grande de lo que quieren. Se les cocina comida. Nos ofrecemos a cocinarles algo o lo piden, depende. Otras veces, en el decimocuarto piso de un descuidado edificio de apartamentos cubierto de nieve - en el que un pueblo vive en vertical- los dos hombres se apretujarán en un sofá familiar, frente a un televisor, y verán la retransmisión del nuevo gobierno, del nuevo gobierno que acaban de establecer con un golpe de estado, y los dos hombres se reirán de su nuevo líder, que desfila por la plaza de armas con un sombrero de majadero, y al reírse agarrarán a la hija mayor que está mirando la televisión por el hombro, supuestamente con camaradería pero un poco demasiado fuerte, mientras ella llora. (“Somos amigos, ¿no?, le preguntará el hombre alto y memo. “¿No somos amigos todos?”)

Este es un modo en el que llegan, aunque aquí no llegaron así; aquí no tenemos televisores ni nieve ni hemos vivido nunca por encima del nivel del suelo. Pero el efecto fue el mismo: la quietud de pesadilla y la anticipación. Otra muchacha más joven trajo los platos de comida para los dos hombres, o, como es costumbre en nuestro pueblo, un único cuenco. “¡Está muy rica esta cosa!” dijo el que era alto, guapo y memo, sirviéndose pargo con sus sucios dedos, y el que era pequeño y astuto y con cara de rata dijo: “Uf, mi madre solía hacerlo así, ¡Dios tenga en gloria su vieja alma cabrona!” Y mientras comían hacían botar cada uno en su regazo a una muchacha mientras las mujeres mayores se apretaban contra las paredes del recinto familiar y lloraban.

Después de comer, y de beber -si este es un pueblo donde el alcohol está permitido, los dos hombres irán a dar una vuelta, para ver lo que haya que ver. Es el momento idóneo para robar. Los dos hombres siempre robarán cosas, aunque por alguna razón no les gusta usar esta palabra y, mientras echan mano a tu reloj o cigarrillos o cartera o teléfono o hija, el bajo concretamente dirá cosas solemnes como: “Gracias por tu regalo” o “Apreciamos el sacrificio que haces por la causa”, aunque esto hará que el alto rompa a reír, arruinando así cualquier efecto dignificante que el bajo estuviera tratando de conseguir. Llegado un punto, mientras van de una casa a otra, tomando lo que les place, un muchacho valiente saltará de detrás de las faldas de su madre y tratará de subyugar al hombre bajo y astuto. En nuestro pueblo fue un muchacho de catorce años a quien todos llamábamos Rey Rana, porque una vez, cuando tenía cuatro o cinco años, alguien le preguntó quién era el que tenía más poder en nuestro pueblo y él señaló a un viejo sapo en el jardín y dijo: “Ese, el Rey Rana”. Y cuando le preguntaron por qué explicó: “¡Porque incluso mi padre le tiene miedo!”. Con catorce años era valiente, pero le faltaba sensatez, razón por la que su madre, de anchas caderas, había pensado esconderlo tras sus faldas como si fuera un bebé. Pero hay una cosa que se llama coraje físico, y es algo que existe de verdad, persistente y muy difícil de explicar; se encuentra en pequeñas bolsas aquí y allá y en todas partes, y aunque casi siempre es inútil no es algo que uno olvide fácilmente cuando lo ha visto (como una cara muy bella o una cordillera enorme, de alguna manera impone límites a lo que uno espera para sí mismo) y, dándose cuenta de ello, el alto y memo levantó su destellante machete y, con el mismo gesto fluido y fácil con que uno cortaría la cabeza de una flor, separó al muchacho de su vida.

Una vez que se ha derramado sangre, sobre todo una cantidad tal de sangre, se hace presente una especie de salvajismo, un caos sangriento, en el que todo gesto formal de bienvenida y comer y amenaza parece disolverse al momento. Por lo general en este punto se bebe más, y lo que es extraño es que los viejos del pueblo - que, pese a ser hombres, están indefensos- a menudo agarrarán ahora las botellas, bebiendo profusamente y llorando, pues hace falta valentía no solo para provocar un caos sangriento sino también para sentarse a ver cómo ocurre. ¡Mas las mujeres! Qué orgullosos estamos, en retrospectiva, de nuestras mujeres, que se formaron, con los brazos entrelazados, cerrando un círculo en torno a nuestras muchachas, mientras el hombre alto y memo se agitaba y escupía al suelo (“¿Qué les pasa a las zorras estas? Se acabó lo de esperar, ¡dentro de un rato estaré demasiado borracho!”) y el hombre bajo y astuto acariciaba el rostro de la prima de la esposa del jefe (la esposa del jefe estaba en el siguiente pueblo, visitando a unos familiares) y hablaba en tono bajo y conspirativo de los bebés que traería la revolución. Sabemos que las mujeres se colocaban así en la Antigüedad, junto a piedra blanca y mares azules, y más recientemente en los pueblos del dios elefante y en muchos otros lugares, viejos y nuevos. Había algo particularmente conmovedor en la inútil valentía de nuestras mujeres en ese momento, aunque no pudo evitar que dos hombres llegaran al pueblo e hicieran lo peor - nunca lo ha evitado y nunca lo hará -, y eso que hubo un breve momento en que el alto y memo parecía amedrentado e inseguro, como si la mujer que ahora le escupía fuera su propia madre, momento que se desvaneció en cuanto el tipo bajo y astuto dio una patada en la ingle a la mujer que había escupido y la formación se rompió y el caos sangriento no encontró mayor obstrucción a sus planes habituales.

Al día siguiente, la historia de lo que ocurrió se cuenta en versiones parciales y fragmentadas que varían sobre todo en función de quién pregunta: un soldado, un marido, una mujer con un portapapeles, un visitante de morbosa curiosidad del siguiente pueblo, o la esposa del jefe, que ya ha regresado del recinto familiar de su cuñada. La mayoría insistirán en ciertas preguntas (“¿Quiénes eran?”, ¿Quiénes eran esos hombres?”, “¿Cómo se llamaban?”, “¿En qué idioma hablaban?”, “¿Qué marcas tenían en las manos y en el rostro?”), pero en nuestro pueblo tenemos la suerte de no tener rígidos burócratas sino, en su lugar, la esposa del jefe, que para nosotros es, al fin y al cabo, más jefe de lo que el propio jefe ha sido nunca. Es alta y hermosa y astuta y valiente. Cree en el ga haramata, ese viento que sopla caliente por aquí y frío por allá, depende, y que todo el mundo aspira (es inevitable hacerlo), aunque solo algunos pueden espirarlo en medio del caos sangriento. Según ella esas personas se convierten en ga haramata y nada más, se pierden a sí mismas, sus nombres y sus rostros, y ya no se puede decir que atraen la ventolera solamente; son el propio viento. Se trata de una metáfora, claro. Pero ella la aplica a todo. Fue directa a donde las muchachas y les preguntó por su versión y encontró una que, alentada por los modos amables de la esposa del jefe, contó su historia completa, y su fin era el más extraño, pues el tipo bajo y astuto pensó que se había enamorado y, después, posando su cabeza sudorosa en el pecho desnudo de la muchacha, le había dicho que también él era huérfano (aunque era más duro para él, porque había sido huérfano mucho tiempo, no solo unas horas) y que tenía un nombre y una vida y que no era un monstruo sino un muchacho que había sufrido como sufren todos los hombres, y había visto cosas horribles y ahora solo quería tener bebés con esta muchacha de nuestro pueblo, muchos bebés varones, fuertes y guapos, y hembras también, sí, ¡por qué no! Y vivir lejos de todos los pueblos y ciudades, con ese ejército de niños y niñas rodeando y protegiendo a la pareja por el resto de sus días. “¡Quería que supiera su nombre!”, exclamó la muchacha, aún atónita. “¡No tenía vergüenza! Dijo que no quería pensar que había pasado por mi pueblo, por mi cuerpo, sin que a nadie le importara cómo se llamaba. Es probable que no sea su nombre real, pero dijo que su nombre era…”

Mas la esposa de nuestro jefe se levantó de repente, abandonó la habitación, y salió al jardín.

 

*La versión original de este cuento fue publicada por primera vez el 30 de mayo de 2016 en The New Yorker.

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