Zapathos

Todos los días, al levantarse, encuentra dos pares de zapatos frente a la cama. Cada par tiene un recorrido marcado. Desde que los fabricaron estuvieron destinados a transitar numerosas sendas y, ahora que los mira, sabe que su ciclo de uso terminará cuando vayan a parar al basurero del distrito.

Archivo particular

La primera vez que metió los pies en los zapatos planos fueron ellos mismos los que comenzaron a andar. Como guiados por su propio destino, la condujeron a la iglesia y meses después al parque de los grafitis, frente a la casa cural. Allí un par de seminaristas amanerados dictaban por las tardes un estudio bíblico.

Le ocurrió algo similar el día que se estrenó los tacones. Según el propio azar del cuero negro y de los taches que refulgían en las punteras, los zapatos le incitaban a recorrer esos lugares donde podía pasear su intrepidez. Con ellos se robó un labial de un supermercado y visitó por primera vez el bar donde conoció al hombre con el que terminó encamada en el motel más barato de la ciudad.

Ahora que recién se levanta y ve los dos pares de zapatos piensa que de todo el calzado que alguien tiene para ponerse se deriva el futuro de su conducta, pero al tiempo, supone que los zapatos deben recorrer la incertidumbre de los caminos ignorados.   

Cuando sale a la calle se queda mirando los huecos del asfalto, esquiva las losas levantadas, pero se hunde en los desniveles del cemento. De nada le vale tantear sus pasos.

Los tenis mórbidos, de tela blanca, recorren siempre el mismo trayecto rutinario: el laberinto típico que de la universidad conduce a la casa y de la casa a su bondad.

Los stilettos, en cambio, revelan una marcada la tendencia al abismo. Con ellos peca sin arrepentimientos desde la altura que le otorgan. Esos tacones podrían llevarla a cualquier parte y hacer que, en ese lugar, minutos más tarde, la policía practicara el levantamiento de un cadáver. Con ellos se volvería criminal.

Le gustan las sandalias que llegan a emular los pasos redentores de un profeta en el desierto. O las pantuflas que le recuerdan a su abuelo paterno, echado en una mecedora, dedicado al oficio alegre de no hacer nada. Y sin embargo, encuentra una fascinación especial por las botas que pueden dar una impresión rotunda. Las botas con las que podría someter por la nunca a un ladrón que está a punto de escapar.

A veces los zapatos la aprisionan y es únicamente descalza cuando se libera. Pero cada mañana está obligada a decidir qué par debe ponerse, entonces se calza uno de los dos y es como si los zapatos recibieran desde el fondo de la corteza terrestre una orden. Ni ella misma descifra a qué lugar puede ir con el calzado que escoge. No sabe a qué cuchitril, altar o pasadizo la lleven. Tan sólo advierte que a donde quiera que vayan sus zapatos, estará eximida de toda falta. A donde quiera que vayan sus zapatos, no habrá hecho más que seguirlos.  

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