Además de Estado, liderazgo cívico

En el tipo de economía que plantean, las problemáticas sociales se resuelven con una convergencia entre sector público, privado y ciudadanía.

Paul Macmillan, Socio líder de la Industria Global del Sector Público de Deloitte. /Archivo Particular

Un nuevo sistema económico, colaborativo, es para los autores William D. Eggers y Paul McMillan, el modelo adecuado de cara a nuevos retos que enfrentan los países y que llegaron con el siglo XXI, tal y como lo consignan en su libro La revolución de las soluciones.

Según ellos, las peticiones al Estado son cada vez más numerosas y con orígenes más diversos, lo que, incluso, las pone en ocasiones en contradicción. Una nueva economía, la de las soluciones, consiste en la convergencia de esfuerzos del sector público, el privado, las organizaciones con objetivos sociales y la ciudadanía, para la generación de valor en las comunidades.

McMillan, socio líder de la industria global del sector público de la firma Deloitte, en diálogo con El Espectador, explicó algunas de las ideas que se plantean en el libro y los hallazgos en relación con nuevas ideas de negocio que integran en sus estrategias una visión social y sostenible que, al final, genere beneficios mutuos.

En su libro cuentan casos exitosos de modelos de negocio alrededor del mundo que integran una visión social en su estrategia. ¿Qué los motivó a investigar?

Cuando empezamos la investigación estábamos muy interesados en el crecimiento de estos ciudadanos, negocios e innovadores sociales que tienen como objetivo aportar al progreso social. Pensamos que si entendíamos lo que ellos estaban haciendo, podríamos traer esas observaciones a los gobiernos y decir: aquí está esta oportunidad de lo que llamamos economía de las soluciones.

Nos sorprendió el rango de estos agentes y el ritmo con el que están creciendo. Hay los más grandes filántropos, multimillonarios, pero también hay ciudadanos del común buscando financiaciones colectivas y desarrollando aplicaciones para transporte, entre muchas otras cosas. Hay un compromiso creciente de los negocios para hacerse socialmente más sostenibles. Nos dimos cuenta además de que está pasando en distintos mercados alrededor del mundo. Desde mercados en desarrollo a países industrializados.

Hablan de algunos casos de éxito en India. ¿Puede contarnos sobre alguno?

Tenemos muchos ejemplos en India que referenciamos. Hubo un grupo de emprendedores que creó un servicio sostenible de ambulancia accesible para todos. Llamamos esos casos como de “capital paciente” porque esos empresarios que estaban apuntando a un mercado en la base de la pirámide recibirían fondeo de inversionistas privados. La idea de capital paciente consiste en proveer capital a esas ideas de negocio con la expectativa de que se vuelvan financieramente sostenibles.

Usted menciona que estas iniciativas surgen en economías emergentes por la falta de ambición de los gobiernos. ¿Qué tipo de ambición?

Vimos que los inversionistas del sector privado no están buscando dar subsidios o donaciones sino maneras de ayudar empresas sociales. Encontramos que eran capaces de ayudar a los emprendedores a conectarse con otros actores del mundo de negocios que proveyeran asesoría y fondeo de una forma en que los gobiernos no lo estaban haciendo. Encontramos que estos innovadores están adaptando tecnologías cotidianas a sus trabajos, como teléfonos inteligentes, que el Gobierno tampoco lo está haciendo.

Hablan de que la inversión social se ha convertido en una “industria”. ¿No son conceptos mutuamente excluyentes?

Decimos que hay una evolución en la estrategia de negocios. Las grandes compañías tienen responsabilidad social empresarial. Pero vemos compañías que estaban buscando ir más allá de eso e integrar el retorno económico con una contribución social. El ejemplo que usamos es el caso de Unilever y su programa de lavado de manos, que fue básicamente abrir un mercado en la base de la pirámide en India, a través del proyecto Shakti, que consistía en entrenar madres solteras que ayudaran a enseñar en la comunidad la importancia de lavarse las manos con el fin de reducir la mortandad infantil, al tiempo que se creaban oportunidades de empleo independiente mercadeando los productos.

Así como el sector público es blanco de críticas, el sector privado también ha experimentado desprestigio por casos de corrupción de algunos. ¿Por qué deberían los ciudadanos confiar en las estrategias “socialmente sostenibles”?

Hay negocios más pequeños, startups, que han sido creados con el concepto de empresas B (con ánimo de lucro, pero orientadas a generar impacto social y ambiental positivo). Estas se adecúan al estándar que ha sido creado para las empresas b. Pero en el contexto de grandes corporaciones, hemos encontrado que el estándar público ha aumentado, el ciudadano espera más, y debido a que el ciudadano está mejor equipado con tecnología tiene la oportunidad de hacer público cualquier asunto relacionado con la cadena de suministro o con prácticas laborales y mucho más rápido que hace 10 años. Los negocios han despertado a que hay más altas expectativas y estándares por parte de los consumidores.

Con las iniciativas que mencionan para resolver problemas, ¿se puede caer en estarle quitando responsabilidades al Estado?

Estos innovadores que apuntan a estos mercados emergentes no están diciendo que quieran hacer tal o cual cosa en vez del Estado, sino que le están diciendo al Estado que haga más. No vemos una situación en que los innovadores sociales asuman tareas en lugar del Gobierno o para dislocar al Gobierno. Se llama la Revolución de las soluciones porque lo que hacen es señalar retos que estaban inadvertidos. No lo vemos como una competencia con sector público. Hay muchas y muy complejas necesidades, y el Gobierno no las puede asumir solo. Tampoco pueden hacerlo los negocios por sí solos.

En países desiguales como los latinoamericanos hay retos de distinto orden: de acceso a agua potable y energía eléctrica sobre todo en zonas apartadas, y en las grandes ciudades, problemas en la movilidad o de contaminación. ¿Cómo organizar las prioridades?

Todas son prioridad. Lo que concluimos en el libro es que tiene que haber liderazgo cívico. Lo que hicimos fue proveer una ruta para que los individuos sepan adónde podrían dirigir sus capacidades. Eso se podría hacer por crowdfunding para infraestructuras, comunicaciones, soluciones disruptivas. Lo que encontramos en definitiva fue a personas que tomaron la decisión de resolver un problema y atender a un segmento desatendido y en términos generales creemos que los gobiernos deberían comprometerse más con estos mercados.

Usted vino a presentar su libro en Colombia. ¿Con quién se reunirá?

Ayer estuvimos en Medellín y estaremos con la Andi. Creo que tenemos una audiencia que está comprometida con líderes de negocios y de fundaciones sociales. Es una oportunidad para compartir lo que está funcionando y lo que no y tener mejor entendimiento sobre estos modelos que de hecho ya existen en Colombia. Es cuestión de promoverlo.  

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