Artífices del TLC

Un plan de acción, que tardó algo más de un mes en ser diseñado y unos meses más en ser ejecutado, fue el salvavidas del acuerdo comercial.

Estados Unidos. Noviembre de 2010. El Partido Republicano se queda con la mayoría de los representantes a la Cámara y en el Senado se vive una situación similar. El objetivo del debate legislativo, en materia comercial, era discutir el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Corea y el texto que daba lugar al acuerdo con Colombia estaba fuera del juego político. Un trabajo de cuatro años de costoso lobby en Washington ininterrumpido estaba prácticamente en el cuarto de atrás.

Con el invierno se enfriaban las posibilidades de calentar el acuerdo. Era claro que tras las festividades de Navidad y Año Nuevo había que mover las fichas entrado 2011. “Necesitábamos convencer a la administración Obama de que valía la pena echarle otra mirada al TLC con Colombia”, cuenta una fuente de la Embajada de Colombia en la capital estadounidense. La movida maestra, como en el ajedrez, fue lograr que los americanos voltearan las miradas sobre los cambios que se estaban dando con la administración Santos. Y lo lograron.

En febrero de este año “viajó desde Estados Unidos a Bogotá una delegación de técnicos representantes de la oficina del trabajo, de la oficina comercial, de la Casa Blanca y del Departamento de Estado”, cuenta Gabriel Silva, embajador de Colombia en Estados Unidos. Los recibió Catalina Crane, alta consejera presidencial y quien tenía otra labor titánica: “Hablar con los representantes de los ministerios del Interior y de la Protección Social, la Fiscalía, la Policía y otras entidades del Gobierno para que les mostraran las reformas que se habían hecho bajo el nuevo mandato”, cuenta Crane.

Y desde allí todo cambió. La primera tarea fue misión cumplida. La delegación regresó a su país con información positiva. Más temprano que tarde el teléfono en la Casa de Nariño timbró. Era de la oficina del secretario general de la Casa Blanca y llamaban para agendar una cita en la que se buscaba crear una hoja de ruta para avanzar. Así “surge la idea de hacer un plan de acción que nos permitiera que la administración demócrata mostrara el compromiso colombiano frente a los temas laborales y sindicales”, relata Crane, la mujer que había escogido el presidente Santos y el embajador Silva para liderar esa tarea desde Colombia.

El reloj no paraba de correr, el tiempo era cada vez más corto y con los días contados, en algo más de un mes, se diseñó ese plan de acción con la Fiscalía y los ministerios de la Protección Social, del Interior y el de Justicia, y se logró convencer el gobierno americano, a la Casa Blanca, que ese documento debería ser protocolizado en la más alta jerarquía de los dos países. “Eso fue en abril, cuando los presidentes Santos y Obama se reunieron y lo anunciaron conjuntamente”, recuerda Silva. Y en él se dejaron claros compromisos que buscaban demostrar cómo Colombia sí estaba atacando el asesinato de sindicalistas, la impunidad y protegía los derechos de los trabajadores.

Al plan de acción se le pusieron una serie de fechas, números que nadie entendía para qué eran, más aún porque no se hicieron públicas. El 22 de abril, el 15 de junio y el 15 de septiembre. En esas fechas Colombia se comprometió a cumplir con los requisitos y los norteamericanos con pasar el texto del TLC a consideración de su Congreso.

Y comenzó, paralelamente hablando, con más tenacidad que antes la labor de los funcionarios colombianos en los pasillos del legislativo americano con los amigos republicanos y demócrata. La misión, persuadirlos y convencerlos de que lo único grave sería no discutir y debatir el TLC. Entrado mayo, la Casa Blanca le mandó una carta al Congreso presentándole el plan de acción y les dijo que por qué no sentarse como legisladores a mirar el tratado. Ahí fue cuando regresó a la vida el texto colombiano.

Pasa el 15 de junio y se hace de nuevo la petición. Se reúnen los dos comités, hacen un voto simulado, llega el 15 de septiembre, las cosas marchan bien y pasados los primeros días de octubre, el 3 para ser exactos, el TLC se presenta por la administración Obama formalmente al Legislativo, junto con el de Corea y Panamá. La segunda tarea estaba hecha.

La historia de una apertura comercial

Tras la redacción del texto, liderada por Jorge Humberto Botero, entonces ministro de Comercio, entra en escena el equipo negociador, comandado por Hernando José Gómez. “Eso implicaba negociar primero a nivel interno en el Gobierno colombiano, luego con el sector privado y con los interesados de la sociedad civil. Como estábamos negociando al tiempo con Perú y Ecuador, teníamos que hacer la coordinación andina, entonces imagine ese proceso antes de negociar con los americanos”, relata Gómez, hoy director del Departamento de Planeación Nacional (DNP).

Pero los americanos ya habían negociado muchos acuerdos y no era sencillo. “Alguien hizo un cálculo de siete años para llegar a la aprobación del Congreso de Estados Unidos cuando comenzaron las negociaciones. Negociar con los americanos es cosa difícil”, aclara Peter McKinley, embajador de EE.UU. en Colombia.

Y es verdad. “Manejábamos 14 o 15 mesas de negociación al mismo tiempo, el equipo tenía más de 100 personas y viajaban no menos de 50 personas en el cuarto de al lado cuando era por fuera de Colombia, a quienes también les tenías que explicar sobre los avances logrados a diario”, apunta Gómez, el negociador. “Nos concentramos en las cosas importantes, demostrar por qué se requería una variación a lo que ellos habían negociado en otros tratados y adicionalmente siempre decir las cosas como son y no andar con cuentos chinos”, agrega.

De resultados, ‘lobby’ y acuerdos

Así, mientras los funcionarios colombianos (Alta Consejería presidencial, Fiscalía y ministerios) se encargaban de entregar los reportes a tiempo a la Embajada en Washington, durante el mes de agosto, cuando los congresistas estaban descansando en sus estados, el embajador Silva visitó a los legisladores claves y se desplazó hasta el norte de Virginia, a Miami, a Carolina del Norte, a Los Ángeles, a San Francisco y a Nuevo México. El mensaje siempre fue: “El no aprobar el TLC con Colombia está destruyendo empleos en Estados Unidos”.

Cuentas más, cuentas menos, ya se tenían del lado colombiano no sólo a los congresistas que habían estado en Bogotá y Cartagena para verificar la información entregada por la administración Obama, o los amigos demócratas y republicanos que vieron los resultados del gobierno Santos. También estaban a favor los amigos de estos amigos. Y los resultados se vieron el pasado miércoles, cuando por fin, tanto en la Cámara de Representantes como el Senado de los Estados Unidos, el TLC con Colombia fue aprobado y ahora espera la firma del presidente Obama. La tercera y más importante misión estaba cumplida. “A Colombia se le ve con un gran futuro”, apunta McKinley. La gerencia, el trabajo en equipo y la estrategia lograron su cometido. Se cumplió en octubre de 2011. Once meses después de comenzar la maratónica tarea.

El arquitecto del acuerdo comercial

Jorge Humberto Botero, exministro de Comercio, fue el cerebro que estructuró el Tratado de Libre Comercio. Bajo su timón estuvieron aquellas tertulias que se organizaban entre economistas de la más alta talla para poner a discusión el que sería el documento que se llevarían los negociadores a Estados Unidos.

Se abarcaban todo tipo de temas y entre las 4 de la tarde y las 8 de la noche la lluvia de ideas y de argumentos no se hacía esperar. Se escucharon a exministros y ministros y, mientras tanto, el documento iba tomando forma en las oficinas del ministerio. Era el libro blanco, ese espacio en el que recopilaban las informaciones que salían de cada uno de los encuentros formales y no formales, pero todo se centraba en la oficina de Botero, un hombre prudente y que manejaba el tema con mucha altura. A los periodistas también se les compartía los días sábados, en un restaurante en el norte de Bogotá, y a quienes, en el proceso de negociación, se les contaba en detalle en qué etapa iba el proceso.

Encuentros claves entre presidentes: Mincomercio

“Lo primero que se hizo desde el primer día de gobierno fue un listado de la importancia del tratado y su impacto en las economías de Colombia y Estados Unidos, y que la agenda comercial era importante para los dos países, porque el retraso significaba pérdidas millonarias. Creo que ese fue el mensaje y la motivación para el equipo que tenemos en Washington, que estaba pendiente del proceso, tomara un nuevo aire y trabajara acorde con el embajador Silva. Nuestro caso era preparar la información en la dimensión económica y asistir el proceso de tiempo completo. En Washington, de nuestra parte, eran cuatro personas trabajando día y noche, el equipo que coordina la consejería comercial en Estados Unidos. Pero lo más importante para destacar fueron dos momentos, y aquellos se dieron en las citas del presidente Santos en Naciones Unidas, en septiembre del año pasado, y la otra en abril 7 de este año con el presidente Obama, citas que marcaron el comienzo del proceso y lo destaparon completamente”.

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