Análisis

¿Reactivar el mercado laboral prepandemia o pensar en el desarrollo?

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La estrategia de reactivación de la economía, que incluye a la Misión de Empleo, debe enfocarse en cómo crear un mercado laboral orientado a la agricultura, la industria y los servicios de mayor transformación con contenido tecnológico.

Algunos analistas hablan de la reapertura posterior a la cuarentena como si esta situación condujera de facto a una reactivación económica. Ambos procesos son diferentes e independientes. Las cifras del mercado laboral para mayo de 2020 muestran que hubo una mayor ocupación que en abril, pero el 53 % de los nuevos puestos de trabajo se crearon en los sectores de minería, construcción y comercio, caracterizados por alta informalidad, bajos salarios y poca formación y capacitación. Mientras, en la industria y la agricultura se perdieron 355.000 puestos adicionales.

La reapertura sin garantías sanitarias, que llevó a un incremento sustancial de los contagios por COVID-19, no provocará una reactivación económica si, primero, se hace de manera irresponsable como hasta ahora y, segundo, si el crecimiento mantiene el mismo patrón anterior a la pandemia.

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En 2019, se había afianzado una situación calamitosa para el mercado laboral: con 455.000 inactivos adicionales para ese año, el número de desempleados creció en 209.000 personas y se destruyeron 170.000 puestos de trabajo: ¡todo al mismo tiempo! Esta situación es consecuencia de una consistencia macroeconómica precaria (o inexistente), en la cual el crecimiento del PIB fue de 3,3 %, pero el consumo de los hogares creció 1,4 veces más que la economía en su conjunto y se financió con un aumento de los desembolsos de crédito 1,8 veces superior al crecimiento del consumo. Una situación insostenible que anunciaba una crisis, sin que aún se supiera de la pandemia.

Después vino la emergencia sanitaria y la economía terminó de desplomarse. Es cierto que la pandemia fue imposible de predecir y su impacto era inédito. Tanto los países más ricos como los más pobres han tenido daños masivos, pero hay otra verdad poco difundida: los países con estructuras productivas más fuertes, menor dependencia externa de materias primas, gasto público más robusto y mercado laboral de mayor productividad y mejores salarios promedio están teniendo una recuperación más rápida y sólida que aquellos que no cumplían estas características, como Colombia.

En este sentido, es preciso generar un debate sensato que involucre a empresarios, trabajadores, academia y sectores políticos sobre cuál es el mercado laboral que propiciará la reactivación económica.

Todo trabajo es, sin duda, valioso y dignifica a quien lo ejerce. La discusión debe superar valoraciones individuales y concentrarse en el aspecto macro de su caracterización. De acuerdo con esta apreciación, la estructura laboral de Colombia es de alta informalidad, baja remuneración, poca productividad y escaso aporte a la generación de riqueza nacional.

Según la vinculación a la seguridad social, la informalidad es de 65 %. El salario promedio es de $1,7 millones; es decir que la posibilidad de fortalecer el mercado interno es escasa, por lo que el país se vuelve dependiente de las exportaciones.

Pero, como el 77 % de la fuerza de trabajo a duras penas tiene un título de bachiller, la productividad es 2,8 veces más baja que el promedio de países de la OCDE. Con esta condición, el 61,2 % de lo que el país es capaz de exportar se concentra en materias primas básicas y recursos naturales, que no alcanzan a pagar el 91 % de las importaciones, que son bienes agrícolas e industriales, que sí generan riqueza, pero a los productores y trabajadores foráneos. También a unos cuantos comerciantes que ocupan a una quinta parte de la mano de obra total, pero con la informalidad más alta y uno de los salarios promedios más bajos.

Es justamente este sector el que más ha presionado por una reforma laboral que tendría alcances preocupantes en cuanto a recorte de derechos adquiridos por los trabajadores, especialmente en las prestaciones sociales.

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En respuesta, el Gobierno propuso crear la Misión de Empleo, para la cual contrataron estudios del Banco Mundial y el BID, dos de las instituciones que han orientado el atraso productivo de Colombia.

La Misión debería abordar la forma en que se construirá un mercado laboral orientado a la agricultura, la industria y los servicios de mayor transformación con contenido tecnológico, y no al regreso de la “normalidad” de trabajadores informales con ingresos precarios que les impide ahorrar, según dice la vicepresidenta del país.

El debate sobre esta Misión de Empleo debe servir para salir del peor de los mundos, que nos avergüenza como sociedad y que la pandemia desnudó: todavía somos muy pobres al compararnos con el club de los países de la OCDE, quienes —diferente a proponer menores ingresos para sus trabajadores— son los más competitivos, los de mayor productividad y los que pagan los salarios más altos del planeta.

*Director del Centro de Estudios Cedetrabajo.

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