Democracia, inclusión y prosperidad

El exjefe del FMI cree que la prosperidad económica va de la mano del libre mercado y la rendición de cuentas democrática, que da confianza e impide los excesos del Gobierno.

Para Raghuram Rajan, el Gobierno debe garantizar la prestación de los servicios públicos. / AFP

Es una verdad de Perogrullo que, en todas las latitudes, las personas desean vivir en un país seguro y próspero donde disfruten de libertad de pensamiento y acción, y pueden ejercer el derecho democrático a elegir a su gobierno. Sin embargo, el mundo enfrenta una pregunta cautivadora en 2017 y los años venideros: ¿cómo podemos estar seguros de que la libertad política y la prosperidad económica van de la mano?

El politólogo estadounidense Francis Fukuyama ha sostenido que las democracias liberales, junto con la libertad política y el éxito económico de dichas democracias, se sostienen sobre tres pilares importantes: un gobierno fuerte, el Estado de derecho y la rendición de cuentas democrática. Quisiera añadir un cuarto pilar: los mercados libres.

Un gobierno fuerte no significa simplemente poder militar o un aparato de inteligencia eficiente. Por el contrario, un gobierno fuerte debe traducirse en una administración efectiva y justa. En otras palabras, en una “buena gobernanza”.

El Estado de derecho significa que un gobierno se limitará a lo que los ciudadanos de la India denominaron dharma: un código de comportamiento moral que es ampliamente comprendido por la población, cuyo cumplimiento es exigido por las autoridades religiosas, culturales o judiciales.

La rendición de cuentas democrática significa que los gobiernos deben ser popularmente aceptados y los ciudadanos deben estar empoderados para reemplazar a los gobernantes corruptos o incompetentes.

Pero ¿qué hace que surja un gobierno fuerte? Los libertarios predican que el mejor gobierno es aquel que gobierna lo menos posible, es decir, aquel que actúa como un “vigilante nocturno”, que se limita a garantizar la seguridad de la vida, la propiedad y los contratos. Los marxistas creen, tal como lo expresó Friedrich Engels, que una vez que la victoria del proletariado da fin con el conflicto de clases, “el gobierno de las personas es sustituido por la administración de las cosas”. Ambos puntos de vista son erróneos: todas las economías necesitan un gobierno fuerte para desarrollarse y prosperar.

Sin embargo, los gobiernos fuertes no pueden avanzar en la dirección correcta. Hitler proporcionó a Alemania una administración efectiva: los trenes funcionaban de manera puntual (al igual que los trenes de la India durante nuestro estado de excepción en el período 1975-77). Sin embargo, Hitler puso a Alemania en camino hacia la ruina, anulando el Estado de derecho, sin el cual la democracia puede conducir a la tiranía de la mayoría (al fin y al cabo, Hitler sí fue elegido mediante votación).

Por el contrario, cuando se combina con el Estado de derecho, la rendición de cuentas democrática garantiza que el Gobierno responda a los deseos de sus ciudadanos. Por supuesto, los diversos grupos sociales y los intereses organizados no siempre verán sus programas convertidos en políticas; sin embargo, las instituciones democráticas son, a pesar de todo, esenciales, ya que permiten la canalización no violenta de quejas.

No podemos ignorar la influencia de la historia. Como señala Fukuyama, China ha experimentado largos períodos de caos. La competencia militar desenfrenada llevaba a que los grupos se organizasen a sí mismos cual si fuesen unidades militares jerárquicas, con gobernantes que ejercían un poder ilimitado. Cuando un grupo, finalmente, salía victorioso, imponía su gobierno autocrático y centralizado para cerciorarse de que el caos no regresara. Y ejercer control sobre una enorme área geográfica requería de una burocracia de élite bien desarrollada; por esta razón surgieron los mandarines. En los momentos en los que la China se encontraba unida, tenía un gobierno irrestricto y efectivo. Sin embargo, tal como argumenta Fukuyama, China no tenía fuentes alternativas de poder, que emanaran de la religión o la cultura, para apuntalar el Estado de derecho.

En Europa occidental, por el contrario, la Iglesia cristiana impuso límites a lo que el gobernante podía hacer. Por lo tanto, la competencia militar, unida a las restricciones impuestas por el derecho canónico, condujo al surgimiento de un gobierno que, a la vez, es fuerte y sustenta un Estado de derecho.

En la India, el sistema de castas garantizó que poblaciones enteras no pudiesen nunca dedicarse al esfuerzo bélico. Por esta razón, las guerras en la India nunca fueron tan duras como lo fueron en China. De igual forma, los códigos de comportamiento justo que emanan de las antiguas escrituras indias han limitado históricamente el ejercicio arbitrario del poder por parte de los gobernantes. Como resultado, los gobiernos de la India rara vez son autocráticos.

La historia no se traduce en destino. Sin embargo, sí influye, y es una interrogante eterna la razón de por qué la India ha adoptado la democracia, mientras algunos de sus vecinos con pasados históricos y culturales similares no lo han hecho. En vez de especular sobre las razones, permítanme referirme a la relación entre democracia y libre mercado.

Tanto la democracia como la libre empresa crean y prosperan dentro de un ámbito de competencia. Pero, si bien la democracia trata a las personas individuales de manera igualitaria, el sistema de libre empresa otorga poder a las personas sobre la base de sus ingresos y sus activos. Por lo tanto, ¿qué es lo que impide que el elector promedio en una democracia vote a favor de despojar de sus riquezas a los ricos?

Una razón por la cual el votante promedio acepta proteger la propiedad de los ricos e imponerles impuestos de manera moderada puede ser que dicho votante promedio ve a los ricos como creadores de prosperidad para todos. Cuanto más ociosos o más corruptos son los ricos, el votante promedio se inclinará más por votar a favor de regulaciones duras e impuestos punitivos.

En algunos mercados emergentes hoy en día, los oligarcas ricos crecieron ricos porque manejaron bien el sistema, no porque manejaron bien sus negocios. Cuando el Gobierno va tras estos magnates ricos, pocas voces se levantan en protesta, y el Gobierno puede llegar a ser más autocrático como resultado de ello.

Un sistema competitivo de libre empresa, con igualdad de condiciones para todos, minimiza este riesgo al permitir que los más eficientes adquieran riqueza. El proceso de destrucción creativa reemplaza la riqueza mal administrada que se heredó con riqueza nueva y dinámica. La gran desigualdad, surgida a lo largo de generaciones, no se convierte en una fuente de resentimiento popular. En cambio, todos pueden soñar que ellos también llegarán a convertirse en el próximo Bill Gates o Nandan Nilekani.

La dificultad que se presenta en un número de democracias occidentales es que el campo de juego está siendo inclinado. Para muchos en la clase media, la prosperidad parece inalcanzable, debido a que una buena educación —que es el pasaporte de hoy en día que conduce hacia la riqueza— es inasequible. La creciente percepción de injusticia está erosionando el apoyo al sistema de libre empresa.

Para finalizar, permítanme referirme a lo que ocurre en la India. De los tres pilares de Fukuyama, el más fuerte en la India es la rendición de cuentas democrática. También nos adherimos ampliamente al Estado de derecho. Donde tenemos un largo camino por recorrer en lo referente a la capacidad que tiene el Gobierno para brindar servicios públicos. Si bien las instituciones fuertes —como ser un poder judicial independiente, partidos de oposición, libertad de prensa y una sociedad civil vibrante— impiden un exceso del Gobierno, nuestros “controles y balances” requieren lo que se podría denominar como un “equilibrio de controles”. Por ejemplo, no debemos tener un proceso de apelación tan lento que detenga las medidas gubernamentales necesarias.

El desarrollo más alentador es que más personas a lo largo y ancho de la India están siendo equipadas para competir, y una mayor cantidad de nuestros jóvenes empresarios no están dispuestos a reverenciar al Gobierno como si hacerlo fuese una acción natural y rutinaria. Si queremos tener prosperidad y libertad política, también debemos tener inclusión económica y condiciones de igualdad. El acceso a la educación, la nutrición, la atención sanitaria, las finanzas y los mercados para todos nuestros ciudadanos es un imperativo moral, precisamente porque es una condición previa para un crecimiento económico sostenible y democrático.

Traducción del inglés por Rocío L. Barrientos.Raghuram Rajan, execonomista jefe del FMI, es profesor de finanzas en la Escuela Booth de Administración de Empresas de la Universidad de Chicago.Copyright: Project Syndicate, 2016.www.project-syndicate.org

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