'El café sólo trae dolores de cabeza'

Lorenzo, un caficultor de Garzón (Huila), tiene claro que no terminará sus días haciendo lo que le enseñaron a hacer sus padres y abuelos: sembrar café. Muchos productores, en medio de los duros tiempos que pasa el sector, hablan de dar paso al cultivo de nuevos productos.

El viernes, durante todo el día, los cafeteros caminaron de regreso a sus tierras con la esperanza de volver al negocio que un día fue productivo.
El viernes, durante todo el día, los cafeteros caminaron de regreso a sus tierras con la esperanza de volver al negocio que un día fue productivo.Andrés Torres

“Cuando vine a este mundo, andaba sin pantalones. Con la pura camisa; sin botones. Sin nada en los pies. A los cinco años andaba sembrando café con mi papá. Se plantaba a macana, abriendo hoyos en la tierra. Así comencé”. Así, Lorenzo Pizo, un caficultor de 67 años nacido en El Pital (Huila), resume cómo el cultivo del grano ha atravesado su vida. Ahora se siente cansado y su memoria regresa 50 años. Eran los tiempos en los que los cafetales levantaron las economías de los pueblos del sur huilense y también de cientos de pueblos del país.

Durante las jornadas del paro cafetero en Garzón (Huila), estuvo seis días en uno de los asentamientos apoyando a los agricultores de El Agrado, El Pital y otras veredas de Garzón. Sin embargo, Lorenzo en el fondo sabe que seguir viviendo del café en su región no será fácil para las nuevas generaciones y tampoco para los cafeteros viejos. Recuerda que la bonanza del grano llevó en décadas pasadas a constituir grandes emporios económicos como la Flota Mercante Grancolombiana y la aerolínea Aces. “De eso no queda nada. Esa plata salió del café. Ahora no pagan ni $24.000 por una arroba de grano verde”.

Lorenzo es padre de seis hijos y vive con su esposa en un barrio de Garzón. Siente que ya no tiene energías para dedicarle a un cultivo que durante los últimos tiempos sólo le ha causado problemas. “La idea mía es cambiar y salir de Garzón. Me crie sembrando café, cogiéndolo, cargándolo con bestias por caminos difíciles. Pero ya quiero vender la finquita y comprar unas casas. Si no vivo del café, esos ranchos los pongo en arriendo y de eso vivo”.

Los bajos precios internos de la carga de café en el país —que en lo corrido del último año y medio han pasado de $1 millón a $530.000— y una de las revaluaciones más fuertes del continente, son factores que han hecho que cultivar el grano sea cada vez más difícil para miles de caficultores, no sólo del Huila, sino del país. Sin embargo, las ayudas del Gobierno al sector ya sobrepasan los $700.000 millones para este año (el último acuerdo al que se llegó, fue un subsidio por carga de $145.000).

Aun así, y pese a que muchos cafeteros de su región aún tienen puestas sus esperanzas en la recuperación del sector, Lorenzo está convencido de que dejar el cultivo de café le va a quitar de encima problemas como “buscar trabajadores, comprar abono, mercados, pagar transporte y cuidanderos. Con todo eso, uno queda debiendo”.

“Hay mucha gente que quiere salir del café, porque ya no es productivo. El café ya sólo trae dolores de cabeza. No trae sino angustias, enfermedades y necesidades. Para pagarles a los trabajadores a veces me toca quedarme sin mercado; a ellos hay que darles su plata porque tienen sus hijos, su señora. Están trabajando por esa comidita”, asegura Lorenzo en un tono pausado, mientras está sentado en la sala de su casa techada en hojas de cinc. Por momentos se queda pensando en silencio, tratando de entender dónde irá a pasar sus últimos días.

Con su sombrero negro de fieltro de ala corta, un poncho de colores y su bastón de mando tallado en la mano izquierda, Manuel Jesús Tombé, un gobernador indígena de El Danubio (caserío cercano a Florencia, Caquetá), hablaba a sus paisanos y a los cafeteros de Garzón sobre las dificultades que están atravesando los campesinos por la crisis cafetera. Lo hacía sin prisa, sonriendo poco. En el fondo sabía que seguir viviendo del café no es tan sencillo, y menos en un lejano corregimiento donde aún las casas son hechas en tabla y no hay presencia de energía eléctrica.

“Tenemos que diversificar con otros cultivos. Pueden ser granadilla, lulo, arveja. También, con otros productos como haba y papa. Hemos sido conformistas y hay sueños truncados por esta crisis. El café tiene que tener un precio justo y no podemos seguir dejando que importen el grano. Se les está regalando a los intermediarios”, contó Tombé mientras sus compañeros lo escuchaban con atención.

Detrás de una carga de café que se comercializa y llega en una chiva (bus de escalera) hasta una cooperativa como la de Garzón, Lorenzo cuenta que hay más de dos años de trabajo. “Primero, hay que limpiar una hectárea de potrero para poder sembrar las matas de café con una distancia de 1,10 metros entre cada una. Hay que dejar 1,50 metros de calle. Caben más o menos 5.000 palos de café por hectárea”. A esto se suma la compra de semillas seleccionadas (una bolsa cuesta $8.000).

Para que esa hectárea de café sembrada entre en producción —y que previamente ha debido ser abonada—, tienen que pasar dos años. “Uno tiene que tener $10 millones para que la hectárea comience a dar frutos. Eso vale levantarla. Eso significa endeudarse y el banco puede prestar hasta $6 millones pagaderos en cuatro años”, cuenta Lorenzo.

En el momento en que el cultivo comienza a producir hay que pagarle la deuda al banco, sostiene Lorenzo. “Uno mete un obrero, recoge diez arrobas de café y hay que pagarle mínimo cada una a $3.000. En el campo también toca pagar agua y luz. Imagínese tener 10 obreros, pagándoles $20.000 y la arroba de café costando apenas $27.000”. Si de levantar dos hectáreas se trata, se necesita un préstamo de $12 millones para comprar abonos, fertilizantes y fungicidas. Además, $20 millones adicionales para los 10.000 palos de café que se van a sembrar.

“Muchos acabaron con el café y metieron pastos en sus fincas. Hoy son ganaderos. Hemos quedado los campesinos con tierras entre cuatro y cinco hectáreas. Ahora, quien tiene apenas una hectárea, recoge sus pepas en una semana y se va a ayudar al vecino; al pariente. Así se defiende la gente”, apunta Lorenzo mientras se queda mirando al televisor de su sala. Estaba el noticiero al aire a esa hora.

 

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