“El Estado tiene dos funciones: cobrar impuestos y el monopolio de las armas”

Lo dice Carlos Caballero Argáez, quien próximo a lanzar el libro “La economía colombiana del siglo XX” (sello editorial Debate), advierte que el país está en un momento histórico para garantizar el progreso social anhelado.

“El Estado tiene dos funciones: cobrar impuestos y el monopolio de las armas”. / Gustavo Torrijos

Carlos Caballero Argáez sonríe. Está feliz. Al fin y al cabo, a uno la emoción le gana cuando habla de sus éxitos, de sus hijos, y La economía colombiana del siglo XX, el libro que lanzará el próximo 11 de noviembre, está dentro de esa caracterización. Un texto juicioso que relata cómo Colombia se concentró en el café y una porción de la industria, dejó a un lado la diversificación, vio nacer gremios como la Andi y brincar a los poderosos de puesto en puesto manejando al país desde el centro, olvidando a la región. Exministro, excodirector del Banco de la República, expresidente de la Bolsa de Bogotá y exdirector de Fedesarrollo, por solo citar algunos cargos, en conversación con El Espectador, no sólo habla de historia, habla del futuro que debemos construir entre todos y que tiene relación directa con el proceso de paz con las Farc y la reforma tributaria estructural.

Usted les hace un reconocimiento a los académicos jóvenes. Dice que ellos cambiarán la forma en la que se dirigen los asuntos públicos en Colombia.

Eso es lo que yo espero.

Entonces le pregunto: ¿cómo cree que se manejan hoy los asuntos públicos en el país?

En algunos campos hemos avanzado mucho, toda la parte económica se maneja con rigurosidad, pero en otros no, siempre dice uno que se debería tener una especie de Fedesarrollo (tanque de pensamiento) para la educación y uno para la justicia. La agricultura se ha manejado mal, la salud ha sido compleja, pero en alguna época se manejó mal. Yo veo el esfuerzo de Alejandro Gaviria. Pero, por ejemplo, la justicia, toca mirarla fuertemente, toca tener políticas de justicia. Hay una serie de campos en los que nunca se ha puesto la atención prioritaria como sí nos ocurrió en macroeconomía con el Banco de la República.

Yo digo en el libro que lo que es más interesante es que hubo un cambio en la élite ilustrada, de los hacendistas a una tecnocracia que sabe de política, de pasar por el Congreso leyes y reformas, y que es respetada por políticos y gremios. Obviamente el exponente de eso es Mauricio Cárdenas. Esa transición fue muy importante, porque si uno se fija, esos hacendistas, esa élite ilustrada, era muy pequeña, muy pocas personas manejaban la economía colombiana, se contaban con los dedos de la mano, ministros de Hacienda que lo fueron en los 30 repitieron en los 40. Era muy poca la gente ilustrada y la mayoría eran antioqueños o caldenses. Uno cree que la influencia de Bogotá fue muy grande y no.

¿Después de toda gran bonanza se asoma una gran crisis? La bonanza de los 20 y la crisis del 30. ¿Vivimos la bonanza del petróleo y ahora pagamos las consecuencias?

Sí, claro. Las bonanzas son pasajeras. Aquí se tiende a pensar que eso es para siempre. Los precios del petróleo estuvieron por encima de los US$100 produciendo cerca de un millón de barriles y creyeron que eso iba a durar siempre. Está claro que no. Fíjese el café, que tuvo una bonanza a principios de los 50 y la volvió a tener en el 75-76. Un ciclo de 25 años.

Usted fue ministro de Minas. ¿Cree que hubo una falta de gestión de nuestros líderes?

La crítica que se puede hacer al gobierno en el manejo de la bonanza petrolera es que no se ahorró ni un centavo. Ese fue el gran problema. Los chilenos lo supieron hacer, los noruegos ni se diga. En el gobierno de Uribe se desmontó el Fondo de Ahorro y Estabilización Petrolera, que tenía algo así como US$1.500 millones. Vino la bonanza y todo lo que pagó de impuestos Ecopetrol, de dividendos, nada de eso se ahorró.

Y llegamos a la crisis del 2014…

Y tocó entonces hacer una reforma tributaria hoy, urgentemente, en buena parte por eso.

¿Qué hay que hacer para que el sector cafetero vuelva a ser lo que fue entre 1905 y 1990?

No se puede echar reversa. En la historia todo tiene sus momentos. Un poco lo que quieren los americanos con el señor Trump, volver al pasado. Eso no se puede. El mundo cambió y aquí las cosas cambiaron. Yo siempre he dicho un poco, y no es cosa original mía, que el siglo XX fue corto.

¿Cómo así?

En el mundo entero hay gente que dice que el siglo XX comenzó con la Primera Guerra mundial en 1914 y terminó en el 89 con la caída del muro de Berlín. Yo lo pongo un poco antes, en 1905, después de la Guerra de los Mil Días y la separación de Panamá. Vino la expansión cafetera y pasamos de producir 50.000 sacos en 1905 a 3 millones de sacos en 1930. Para mí, ahí comenzó el siglo, en 1905, y terminó en 1990. Después del 90 estamos en otro siglo.

Entonces la finalización del acuerdo cafetero en 1989 cambió todo. El mercado cafetero era eso, un mercado libre, que no tenía lo que tenía antes en los acuerdos internacionales que fueron muy importantes. Incluso, la Federación de Cafeteros en 1990 pensó que podía restablecer el acuerdo internacional del café, trataron, pero no lo lograron. No se podía. Quedamos en manos del mercado, los precios se cayeron.

Esta semana el precio de la carga de café superó el millón de pesos...

Eso beneficia mucho a los cafeteros, y eso será bueno para el país. El café participa hoy en día muy poco en exportaciones, pero participa mucho en el empleo. Por eso es tan importante que al café le vaya bien, pero hoy las condiciones son distintas.

El peso del café en las exportaciones llegó al 80 %...

Claro, es que este país dependió del café por mucho tiempo, las instituciones se organizaron alrededor del café, de la Federación, la Caja Agraria, el Grupo Cafetero, el Banco, la Flota Mercante Grancolombiana. El manejo de la economía estuvo en el café, sobre todo en el Comité Nacional de Cafetero

¿Cómo cambió la Constitución de 1991 la economía colombiana? ¿En qué acertó y en qué falló?

Hubo dos cosas muy importantes. Varias. La creación de la junta del Banco de la República…

De la que usted fue codirector…

Sí, entre 2001 y 2003. También la descentralización, que ya venía con la elección popular de alcaldes, pero se reforzó fuertemente con la Constitución. El hecho de que la carta cambiara el concepto del Estado empresario al Estado regulador, eso es clave. Todavía nos falta. Obviamente una carta como la del 91, que era para proteger todos los derechos, implicaba unos aumentos fuertes de gasto público. Entonces tocaba subir los impuestos, pero simultáneamente con la apertura se estaban bajando los aranceles, tocó aumentar otros impuestos. El Estado creció, lo tenía que hacer, para poderle cumplir la Constitución, pero los recursos no crecieron al mismo ritmo.

¿Qué responsabilidad tuvo esa junta del Banco de la República en el desastre de la UPAC?

Hoy en día y con una mirada histórica, a mí me parece que la UPAC tuvo un efecto, que importante para que la gente pudiera tener vivienda, introdujo una competencia muy grande en el sector financiero, me parece que creó unas distorsiones gigantescas, entonces el manejo de la economía, del Banco de la República, se volvió muy complicado. Le estoy hablando de la junta monetaria y del paso a la junta directiva del Banco de la República. Y se volvió complicado porque cuando se liberaron las tasas, subían las tasas de interés de los bancos, los de la UPAC pedían que les cambiaran la fórmula para que les subieran sus tasas y pudieran competir, se introducían unos retazos ahí de cambiar la fórmula de la UPAC, y al cambiarla y amarrarla al DTF, el problema para la política económica era terrible. Subieron las tasas de interés de la UPAC y se vino la crisis hipotecaria. La UPAC fue una cosa muy novedosa que resultó siendo muy distorsionante.

¿Cómo lo ha hecho la junta directiva del Banco de la República desde que se creó?

Yo creo que bien. Hubo un período de transición 1991-1999, donde comenzó a bajar la inflación y a cambiar la política monetaria. Después los verdaderos cambios fueron en el 99 con la liberación de la tasa de cabio y el esquema de inflación objetivo. Eso ha sido excelente. La gente critica la subida reciente de tasas, pero eso tocaba hacerlo. Había que hacerlo.

Leo en su libro: “Los gobiernos recientes han sido débiles para resistir las presiones, no solamente de la clase política, sino de los gremios de producción, por temor a perder apoyo político”. ¿Qué daño, para el colombiano de a pie significa tener gobiernos débiles?

Creo que los gobiernos débiles permiten que no se hagan las cosas que se deben hacer, las políticas que toca hacer. Que si toca subir los impuestos, pues toca subir los impuestos. Que hay cosas en las que no se puede gastar, como la cantidad de subsidios a todos los productos comerciales de la agricultura, pues un gobierno débil tiene que ceder ante las presiones. Lo que pasó con el paro agrario. Dignidad Cafetera. Y terminó el Gobierno subsidiando a los cafeteros de una manera bárbara. $1,3 billones de $3 billones en total que se destinaron. Yo creo que no se necesitan gobiernos autoritarios, se necesitan gobiernos fuertes.

Que hagan lo que deben…

Sí. Por ejemplo, muchas de las cosas del acuerdo de paz, sobre todo en la parte agrícola, son cosas que el país debió hacer hace mucho años. Y no se ha podido hacer.

Países como Corea del Sur decidieron que su economía tenía que estar basada en dos grandes industrias: automotriz y tecnológica. KIA y Hyundai por un lado y LG y Samsung por el otro. Hoy son casos de éxito. ¿En qué nos deberíamos enfocar nosotros?

Colombia, está en el libro, no logró diversificar su economía. Se concentró en café e industria. Y lo que hay que hacer es cosas que había que hacer hace mucho rato.

Por ejemplo…

La infraestructura, la educación. Desde los años 50, cuando vino la misión Kerry, en 1949, se dijo que lo más importante para trabajar en ese momento era la infraestructura y la educación. Eran los dos ejes, pero lo que hicimos fue seguir con lo mismo, un mercado central, y la consecuencia de eso fue que no se localizan industrias en la Costa Caribe o el Pacífico. Y eso fue por la política económica que protegió el centro del país. Faltó una visión más amplia del país. Y eso se ve en los ministros de Hacienda, eran predominantemente del centro del país. Este es un país muy diverso y con muchas regiones, pero no podemos asumir desde Bogotá que todas las regiones son iguales.

¿Usted le cree a la teoría de la que habla el Gobierno de la nueva economía?

Toca creerle (risas). Es muy importante la relocalización industrial. La innovación es importante, la tecnología es importante, obviamente, lo que se da en las universidades en investigación y patentes, pero eso no nos va a producir desarrollo de un día para otro. Hay que persistir para que el gasto en ellos sea grande.

¿Cuánto va a durar ese recambio económico?

De 20 a 25 años. Pero hay que hacer revoluciones silenciosas. Si uno atiende a la primera infancia bien, la nutrición, y les da salud, en 25 años usted tiene una gente maravillosa. En Colombia estamos mejorando peor nos falta mucho. Nos va a ayudar varios fenómenos: este país se volvió urbano, la necesidad de aumentar la productividad agrícola será gigantesca porque vamos a tener menos gente en el campo. Piense con 50 millones de habitantes y el 85% viviendo en poblaciones de 20.000 habitantes, serán muy pocos en semejante campo tan grande. Entonces hay que pensar en el empleo en las ciudades y la productividad del campo.

Colombia está en una gran incertidumbre: el Eln no libera a Odín Sánchez, estamos en vilo con el proceso de paz con las Farc, la tributaria se presentó sobre el tiempo y hay advertencia de baja en la calificación. ¿Cuál es su lectura de esta Colombia?

Estamos viviendo un momento muy desconocido, por un lado el proceso que tenemos que terminar, y le digo que ese proceso es muy importante porque para que exista un verdadero estado se necesita que el monopolio de las armas esté en las Fuerzas Armadas y la Policía. Y para poder lograr eso se necesita tributación. Las dos cosas forzosamente deben ir juntas. Puede que en un principio la cantidad de plata que se necesite para el posconflicto no sea muy grande. Pero el Estado tiene dos funciones: poder cobrar impuestos y tener el monopolio de las armas.

Que es lo que está juego en este momento...

Así es. Este es un momento muy especial para tener un estado de verdad. El padre Germán González en su libro dice que aquí no hemos tenido un estado fallido porque no hemos terminado de armar el estado.

¿A la reforma tributaria qué le quitaría y qué le pondría?

A mí me gusta la reforma tributaria y en las juntas en las que he estado se cree que esa reforma puede promover el crecimiento económico y la inversión. Yo le veo más cosas buenas. Es indispensable subir el IVA, como dice Leonardo Villar. Si no se sube el IVA, entonces toca bajar el gasto. Si se baja el gasto, magnífico. Yo creo que la reforma simplifica. Es que pagar impuestos se volvió complicadísimo. A quienes tienen ingresos salariales altos les van a poner un tope a las exenciones, pero eso hay que aguantarlo, hay que pasar de lo particular al bien común.

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