El fin del frenesí petrolero

Mientras se debate sobre cómo evitar una masacre laboral en las petroleras, en Puerto Gaitán, Meta, hoteleros, mecánicos y transportadoras alegan afectaciones en su economía.

Después de 1848 el mundo fue testigo de uno de los episodios más importantes de la industria extractiva mundial: la fiebre del oro en California, Estados Unidos. El terreno de John Sutter, un inmigrante suizo, se inundó de personas luego de que uno de sus empleados hallara el metal mientras excavaba.

La historia ya es conocida. Personas de América y Europa llegaron en busca de riqueza. Burdeles, tiendas, hoteles, todo se construyó. Incluso un tren que atravesaba el país para que todos los que quisieran, literalmente, buscaran oro a pica y pala. Fue un proceso de cohesión social sin precedentes para EE.UU., pero también por el que murieron miles de personas.

Aunque son odiosas las comparaciones, algo similar, en un contexto distinto y con unas consecuencias distintas, ocurrió en Puerto Gaitán, Meta. Un campo abandonado, visto como poco rentable por tratarse de crudo pesado, comenzó a ser operado por Pacific Rubiales Energy Corp. La producción creció de una manera desbordada. En 2014, de acuerdo con cifras de la Agencia Nacional de Hidrocarburos, la producción de Campo Rubiales llegó en promedio a los 180.583 barriles diarios. Cerca del 20% del petróleo nacional tiene el sello de la canadiense.

Con la llegada de la empresa al municipio todo cambió. Las dinámicas mafiosas y de violencia generadas por la presencia de grupos paramilitares financiados por Víctor Carranza —según la investigación coordinada por Claudia López Hernández, Y refundaron la patria...— se transformaron, por lo menos en apariencia. Todos comenzaron a bañarse en oro negro.

Al igual que en California, Puerto Gaitán desarrolló una dinámica económica en torno a un recurso natural. Desde 2007 los arriendos se encarecieron, los restaurantes no tienen un almuerzo que cueste menos de $10.000 y una carrera en mototaxi supera los $3.000.

Huyendo de la violencia y del desempleo, llegaron personas desde todos los rincones del país. Unas montaron talleres de mecánica, otras se dedicaron al comercio de electrodomésticos, algunas a la hotelería y a los restaurantes.

Todo marchaba bien. El petróleo superaba los US$100 y Puerto Gaitán se regocijaba con la bonanza. Durante los festivales de verano —populares en el país— contrataron artistas de talla internacional: el último fue Romeo Santos. Ese festival también ha contado con la presencia de Daddy Yankee y Wisin y Yandel. Así se promovía el turismo.

Los parqueaderos con capacidad para más de mil tractomulas siempre estaban atestados. Incluso el polvo rojizo que quedaba sobre los vehículos luego de transitar por esa trocha interminable y tediosa que conduce desde Puerto Gaitán hasta Campo Rubiales era negocio, porque obligaba a los conductores a hacer una parada para comer, descansar y pagar a alguien por el lavado de su mula.

Pero una catástrofe mundial se avecinaba, el mercado bursátil empezaba a reportar el desplome de los precios. Primero US$100,91, dos meses después US$91,01, en noviembre US$78,78 y hace un mes estaba en unos cómodos US$44,45. Últimamente el precio ha fluctuado entre los US$40 y los US$55.

Entonces empezaron las especulaciones. Los miembros de la OPEP se reunían, la economía China empezaba a crecer a otro ritmo, Estados Unidos se convertía en el primer productor gracias al fracking, Arabia Saudita aseguraba que mantendría la producción. En Colombia, el Gobierno decía que tenía todo bajo control. Pacific llamaba a la calma en los medios de comunicación. “Con el plan que hicimos, podemos aguantar un precio de hasta US$28 por barril”, decía Federico Restrepo, vicepresidente de asuntos corporativos de la compañía canadiense.

En esa coyuntura no se desplomó solamente el precio del petróleo a nivel internacional sino también el optimismo de miles de personas que tenían que ver con la actividad de esa compañía en la región.

William Martínez, un transportador que espera su turno en uno de los parqueaderos del municipio y que refleja experiencia en el oficio, dice con sofoco: “El trabajo está muy difícil. Los cargues están muy demorados, ganamos poco y nos lo gastamos en comida y dormida”.

Los hoteles que meses atrás estaban ocupados permanentemente han visto cómo el número de visitantes se reduce a la mitad. El letrero que cualquier propietario quisiera tener en la parte de arriba de un anaquel, empolvado, donde no se sepa siquiera de su existencia, hoy adorna las puertas de estos alojamientos: “Sí hay habitaciones”, anuncia.

Mislena Perilla, del hotel Hacienda San Marcos, comenta que “los hoteles mantenían su capacidad al máximo. Ahora, en mi hotel, sólo se llena el primer piso, cuando tengo tres pisos”.

Los administradores de los estacionamientos también se asoman al borde de la carretera, hablan con el de al lado, están enseñándose a esperar. La crisis fortaleció la amistad entre los que antes competían por llenar primero lo suyo.

“Los parqueaderos están más o menos en un 15% de capacidad. Ya no hay carros que cuidar y los empleados se están quedando sin qué hacer”, dice uno de los encargados. Tras él, sus empleados se reparten la lavada de una mula. Una llanta, un espejo, el tanque, un tornillo, por lo menos, les garantiza ser parte de la repartición de lo que se haga ese día.

Esta situación ha desembocado en la creación de grupos delincuenciales, denunciados por algunos ciudadanos a El Espectador. La zona rural, al igual que en Castilla la Nueva, fue abandonada por la actividad petrolera, pero también porque “los finqueros ya no quieren tener vacas por miedo a la extorsión”, según el exconcejal, José Roberto Correal.

Un hombre que emigró desde Bogotá hace tres años tras la fiebre del petróleo y que se dedica al comercio corrió con suerte cuando unos hombres trataron de abordarlo para, según él, secuestrarlo. “Al no haber trabajo reaparecen las bandas que se dedican al hurto de ganado, el fleteo y el secuestro exprés”.

Las cosas sí pueden estar peor

A pesar de que lo que sucede en el casco urbano de Puerto Gaitán preocupa, quienes trabajan en la vía que de allí conduce a Campo Rubiales, donde está el 11% de las reservas de la canadiense, enfrentan una situación más difícil.

A los lados de la empolvada vía están los rastros de talleres en donde los muleros hacían paradas técnicas. En algunos restaurantes sólo se cocina para los empleados y ahora queda tiempo para contemplar el interminable llano, las aves de colores que pasan y los morichales, que son como manantiales en medio del desierto.

Un exenfermero y ahora propietario de un parador en el kilómetro 83 de la vía Campo Rubiales fue uno de los infortunados que no pudieron, ni podrán, beneficiarse del petróleo.

“Llegué hace veinte días con la ilusión de que estos negocios eran rentables. Por este sitio pedían un arriendo de $10 millones, a mí me lo arrendaron por $2,5 millones. Alcanza para la comida de nosotros y deja deudas”.

Lo que está pasando no daba para menos porque, como cuenta Tatiana Chávez, una mesera que atiende un restaurante en el kilómetro 78, el año pasado llegaban más de doce buses con treinta pasajeros y hoy viene la mitad con cuatro o cinco personas a bordo.

Ni siquiera las prostitutas se han salvado de la crisis. En julio, camioneros y trabajadores de las petroleras podían gastar, cada uno, hasta $600.000 en una noche. Hoy, un día en el que cada una haga “un ratico” es bueno.

Del problema laboral que afronta esta zona petrolera se habla en sindicatos, ministerios y medios de comunicación. Sin embargo, esta cadena de empleos informales posiblemente sea la más afectada pero hoy se puede decir que está por fuera de las negociaciones que se harán para prevenir la masacre laboral.

San Francisco fue el resultado de la fiebre del oro en Estados Unidos. ¿Cuál será el de Puerto Gaitán con el milagro de Pacific?