El giro de la estrategia económica brasileña

Luego de mantener estables los tipos de interés y una tasa de cambio debilitada, Brasil alista su artillería para controlar presiones inflacionarias.

La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, habló recientemente de una nueva matriz de políticas económicas que alentarán el crecimiento de su país. / AFP

Hasta hace poco el gobierno de Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, hablaba con optimismo de una “nueva matriz” de políticas económicas que revivirían la debilitada historia de crecimiento del país.

Esta estrategia, que consiste en tasas de interés históricamente bajas, una tasa de cambio debilitada que se logra a través de controles cambiarios y exenciones tributarias temporales para la industria, debía llevar a Brasil a un crecimiento de 4%.

Este mes, sin embargo, las campanas parecieron doblar por la nueva matriz económica. Las persistentes presiones inflacionarias forzaron al banco central de Brasil a aumentar nuevamente las tasas de interés con respecto a su punto históricamente bajo de 7,25% en 2012, a 11% la semana pasada, con la posibilidad de más aumentos en el futuro.

Con el crecimiento aún frágil y la credibilidad del Gobierno en riesgo luego de una reducción en la calificación de crédito por parte de Standard & Poor’s, la pregunta que ahora se hacen los inversionistas en Brasil es qué tan rápido pueden los administradores públicos deshacer la nueva matriz económica y volver a caminos más ortodoxos, asumiendo que tengan la voluntad política de hacerlo.

“Todo esto fue el intento de Rousseff de llevar a cabo realmente un modelo macro de desarrollo keynesiano, del que las personas en Unicamp estuvieron hablando durante todos estos años, pero nunca pudieron montar”, dijo Tony Volpon, economista de Nomura, al referirse a la universidad en la que Rousseff estudió el posgrado en economía (aunque no terminó el programa).

La mayoría de los economistas consideran que el gobierno de Rousseff comenzó a tropezar en 2012, luego del inicio de la crisis de la Eurozona. Cuando la economía mundial aún estaba débil y la Reserva Federal de Estados Unidos aún creaba liquidez a través de su programa de compras de activos, el Gobierno comenzó una campaña para reducir las tasas de interés hacia los que fueron los puntos bajos sin precedentes de Brasil.

Simultáneamente, el Gobierno desató medidas poco ortodoxas para controlar la inflación, que amenazaba con frustrar su estrategia de bajas tasas de interés.

Sin embargo, los administradores públicos también introdujeron políticas contradictorias que estimularon la deflación, como apoyar una moneda más débil contra el dólar y estimular la industria y la demanda doméstica a través de exenciones tributarias temporales. El resultado fue una situación de bajo crecimiento y alta inflación. La economía de Brasil debería crecer 2% este año, mientras que se espera que la inflación llegue a 6,3%.

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