Análisis

¿Es momento de repensar la política monetaria?

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Es hora de discutir cuál es el alcance de instrumentos como la tasa de interés, las distancias entre los bancos centrales y el sistema financiero, y la obsesión por el control de la inflación en tiempos que exigen alejarse del modelo clásico para enfrentar una crisis que no tiene nada de clásica.

Las crisis tradicionalmente han sido momentos que traen vientos de cambio e incluso llegan a replantear paradigmas teóricos dentro de las ciencias económicas. La gran depresión de hace noventa años en Estados Unidos sentó las bases de la macroeconomía moderna y, sobre todo, envió un mensaje de cómo la economía en su conjunto no podía ser analizada con las mismas herramientas del mundo microeconómico de los productores y los consumidores.

La crisis del modelo keynesiano abrió las puertas al auge del paradigma monetarista, en el que el manejo de los agregados monetarios (cantidad de dinero) se volvió la prioridad de muchos macroeconomistas en los bancos centrales. Las metas monetarias que daban prioridad al control de la cantidad de dinero entraron en desuso ante las altas tasas de interés que se originaron con su implementación a principios de los años 80. Hoy, el principal instrumento de política de los bancos centrales es la tasa de interés junto con las operaciones de mercado abierto y el encaje en marcos de inflación objetivo.

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La crisis de 2020, que sin duda pasará a la historia como una de las más grandes de nuestros tiempos, traerá retos futuros que plantearán reformas y nuevos paradigmas a la política macroeconómica y consecuentemente a la política monetaria.

Esta visión se define en los libros básicos de texto como la política encargada de controlar la oferta monetaria (cantidad de dinero), pero esto solo fue cierto en los años 70 y 80, cuando, como ya se dijo, se controlaban los agregados monetarios. Hoy algunos libros ampliamente usados la presentan aún como la única definición, a pesar de que en nuestros tiempos el principal objetivo de la política monetaria es controlar la inflación y a la vez alcanzar el nivel máximo sostenible de PIB y empleo.

Esto se trata de lograr a través de instrumentos de política, entre ellos la tasa de interés, lo que explícitamente reconoce que la moneda es endógena. Esto, en palabras sencillas, significa que la cantidad de dinero en la economía depende de la demanda de dinero de los diferentes agentes y no únicamente de la decisión del banco central de “imprimir” dinero (aumentar la oferta monetaria).

Esto tiene como consecuencia aceptar que el dinero se crea de la nada. Así cuando un banco otorga un crédito, éste no necesita de los ahorros de los individuos para dar el crédito. Lo mismo ocurre a nivel macroeconómico en una nación con soberanía monetaria. El mito del trueque difundido en los salones de clase no permite entender que el dinero es deuda, como lo mostró Keynes en su Tratado del Dinero hace más de 80 años. Esto ha sido reforzado con evidencia por el trabajo magistral del antropólogo David Graeber en su libro Debt: The First 5000 Years que en español fue publicado como En deuda: Una historia alternativa de la economía. Este debe ser uno de los puntos que debe tomar mayor protagonismo a futuro para construir cambios a la luz de un nuevo paradigma.

Ahora bien, volviendo de nuevo a la política monetaria, para el caso de Colombia la prioridad del Banco de la República ha sido tener la inflación dentro del rango meta (meta de 3 %, con un rango entre 2 % y 4 %) sin importar los efectos que las altas tasas de interés puedan tener dentro del PIB. Esto se vio en 2016, cuando se tuvieron elevadas tasas de interés en medio de una desaceleración con perspectivas inflacionarias ante la depreciación del peso colombiano y la presión del fenómeno de El Niño, entre otros factores que afectan los ciclos económicos. A esta actitud de los bancos centrales se les conoce en la literatura especializada como “hawkish” o política de halcones.

En esta perspectiva se prioriza, de manera insistente y aguda, el control de la inflación. Y aquí vale la pena recordar la frase del gran economista británico David Ricardo, quien afirmó que la inflación es el peor enemigo de los “money men” (hombres que hacen dinero con dinero).

Bajo esta visión, el control obsesivo de la inflación es un camino de acción que termina favoreciendo a muchos actores financieros, en varios escenarios. De ahí que figuras como Joseph Stiglitz planteen la idea de que un banco central independiente beneficia al top 1 % de los más ricos: así, el mantra necesario de la separación entre gobiernos y bancos centrales esconde una cercanía entre estos últimos y el sector financiero.

Incluso a comienzos de la emergencia sanitaria el argumento de muchos economistas locales ante las posibles medidas radicales de los bancos centrales era el temor a una inflación futura, cosa que no ha sucedido: este miedo se basaba más bien en creencias, acentuadas de forma casi religiosa, en un solo paradigma económico.

En julio de 2020, la inflación anual fue de 1,97 % y la mensual de 0 % en Colombia, sin importar los programas expansivos del Banco de la República y la caída de la tasa de interés del 4,25 % al 2,25 % entre marzo y la última reunión del banco, en la primera semana de agosto.

En el caso colombiano el instrumento de la tasa de interés aún tiene margen de maniobra, pero no hay que olvidar que el modelo que se usa es muy similar al de muchas naciones en donde la tasa ha llegado a cero e incluso al terreno negativo.

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Las opiniones sobre el efecto de las tasas de interés negativas son diversas. Para algunos economistas, cuando los bancos comerciales tienen que pagar por depositar sus fondos en el banco central en vez de obtener intereses, esto debería motivarlos a prestar ese dinero y activar la economía. Pero otros argumentan que no hay certeza sobre este mecanismo, pues los bancos comerciales, en la perspectiva tradicional, perderían su mayor fuente de financiamiento (proveniente de los ahorradores) cuando se impone una tasa negativa y tendrían menos para prestar.

Prestigiosos economistas, como Oliver Blanchard, han venido subrayando las falencias de la política macroeconómica después de reconocer sus limitaciones en la crisis de las subprime en EE. UU. y él específicamente ha señalado cómo la baja inflación limita el alcance de la política monetaria ante recesiones deflacionarias.

Ante la pandemia, el debate ha vuelto a arreciar y en el caso de Estados Unidos, Jerome Powell presidente de la Reserva Federal, ha argumentado que las tasas de interés negativas no son una herramienta adecuada en su país, pero reconoce que hay un debate en el tema. Y, al final del día, el corazón financiero del planeta no va a jugar una carta arriesgada con las tasas de interés negativas frente la columna vertebral de su sistema económico.

Por supuesto, este tema requiere mucho mas análisis, pues ya hay países como Suecia, Dinamarca o Japón con esquema de tasas de interés negativas con resultados diversos. Y si bien este camino abre una nueva caja de pandora para la macroeconomía, en el fondo la lógica de la política monetaria a la luz de una tasa de equilibrio se mantiene. Pero claramente la economía nunca está en equilibrio y más bien debe abordarse desde la complejidad, con modelos de tiempo continuo y no lineales, que en tiempos de big data y alto procesamiento computacional pueden dar mejores aproximaciones.

Lo que es claro es que las habilidades de la política monetaria convencional están probando los limites de su capacidad de respuesta y esta tendrá mucha más tensión con los choques económicos asociados al cambio climático en el futuro cercano (conocidos como cisnes verdes).

Es tiempo entonces de repensar la política monetaria desde una perspectiva de las finanzas funcionales en las que instituciones como el Ministerio de Hacienda y el Banco de la República trabajen de la mano para alcanzar objetivos claves en la pospandemia como empleo pleno, salud y educación universal.

Este cambio de pensamiento claramente no vendrá desde Colombia y las transformaciones locales, más bien serán un reflejo de lo que pase en los consensos globales en los que la pandemia ha generado una reflexión sobre la independencia de los bancos centrales y los alcances de las tasas de interés sin necesidad de llamar hereje a nadie.

*Profesor de la Escuela de Economía de la Universidad Nacional de Colombia.

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