¿Existe en Colombia el “impuesto rosa”?

Este sobreprecio, señalado de sexista por sus denunciantes, es materia de discusión en países como Francia e Inglaterra. Expertos aseguran que, nacionalmente, la guerra del centavo, entre otros factores, lo hacen por ahora improbable.

Que una cuchilla de afeitar para mujer sea más cara que una masculina podría encontrar su explicación en los insumos que usa: el tipo de hoja o si tiene aloe vera o algo por el estilo, pensado para la piel femenina. Para otros es simplemente una inflación sustentada en el género al que va dirigido. Se conoce como el “impuesto rosa”, definido por quienes lo denuncian como un sexismo revestido en fijación de precios.

En países como Francia e Inglaterra no ha sido un tema de poca monta. Como lo reportó CNN Money a principios de este mes, la discusión llegó al Parlamento británico, en donde la representante del Labor Party Paula Sheriff reclamó: “Les cobran de más por el simple hecho de ser mujeres”. Con el agravante, según ella, de la brecha salarial. De acuerdo con la Comisión Europea, las mujeres pueden llegar a recibir 31% menos salario que los hombres en un año, en la misma ocupación.

La ciudad de Nueva York también se ha dado a la tarea. Según un estudio del Departamento de Asuntos del Consumidor, los juguetes para niñas son 7% más costosos, la ropa infantil femenina es 4% más cara, mientras que la de adultas lo es en 8%; los productos de cuidado personal tienen precios 13% mayores y los del cuidado de la salud cuestan 8% más. En definitiva, ellas pagan más que los hombres el 42% de las veces. Ellos, en un 18%, y ambos géneros pagan lo mismo 40% de las veces.

En Colombia la situación es un poco diferente. De acuerdo con Camilo Herrera, CEO de Raddar, firma especializada en consumo, si bien es cierto que la mayoría de productos de higiene femenina en el país tienen IVA, e incluso que hay gastos de las mujeres que no tienen los hombres -y viceversa-, el “impuesto rosa” es un debate que aquí no ha calado. “Debe haber productos que son más caros por ser para mujer. Que eso sea justo o no es muy difícil de decir. En muchos casos son más costosos por los insumos, pero es difícil saber cuándo eso es verdad o mentira, o si es abuso”. De hecho, la constante en Colombia es esa: una falta de exploración en la materia.

Según Carlos Mansilla, director del programa de administración de empresas de la Universidad de la Salle, el “impuesto rosa” es una discusión fértil en países con mayores ingresos per cápita, como los europeos. “Tenemos que partir de la base de que en Colombia muchas de las mujeres pertenecen a estratos medios y medios bajos. La posibilidad de que se den el lujo de comprar caro no existe. La gente hace la guerra del centavo en todas sus condiciones de vida”, dice.

No obstante, Mansilla señala una creciente clase media y un segmento, principalmente en los estratos 5 y 6, que están dispuestos a pagar los precios que el mercado les ponga. “Normalmente en servicios personales la mujer paga más. Por ejemplo, en tratamientos capilares para alisarse el pelo, se puede pagar entre $300.000 y $400.000, incluso en los estratos medios. Un hombre jamás haría eso. La mujer está dispuesta a pagar por algo que considera que es único y especial para ella”.

En un sentido similar piensa Rafael España, director de Estudios Económicos de Fenalco. “La gran diferencia entre hombres y mujeres es que ellas van de compras, y los hombres simplemente compran. Disfrutan al máximo del acto porque significa escogencia y explotar el aspecto sensitivo. Por eso no escatiman esfuerzos en comprar si les toca más caro, que para ellas no es más caro, sino el disfrute de comprar y tocar”, afirma.

Sin embargo, en este punto cabe preguntarse por qué tipo de mujeres se habla. Al referirse a aquellas que se dan esos gustos, “están pensando en un tipo de consumidora de clase media urbana, probablemente joven”, dice Luz Gabriela Arango, profesora de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional. Agrega que “la belleza como construcción de lo femenino ha incidido en que esa industria se dirigiera hacia las mujeres, pero ellas también han sido empresarias, productoras, profesionales de la belleza, estilistas o cosmetólogas. Son actores de ese sector”.

Precisamente en la lógica de demanda y oferta, la Cámara de la Industria Cosmética y de Aseo de la Andi encuentra la razón para que incluso haya productos que son más caros para los hombres. “El consumo de cosméticos es más alto por parte de las mujeres. Por haber menos oferta, el producto de hombre es más costoso. El champú para hombre es difícil de conseguir, más allá de Ego o Head & Shoulders, y por eso es más caro”, dice Juan Carlos Castro, director de la Cámara. Sin embargo, es enfático en que todo depende del nivel de especialización del producto que se tome como ejemplo.

El Espectador, en un ejercicio de observación hecho en tiendas de un concurrido centro comercial de Bogotá, pudo encontrar tendencias como que efectivamente los productos de cuidado personal son más caros para las mujeres (ver gráfica). Sin embargo, con la ropa sucede todo lo contrario. Es más común encontrar prendas más costosas para los hombres. Camilo Herrera explica que “la ropa de hombre es más densa y pesada. Tiene más hilos por centímetro cuadrado, porque el hombre huele fuerte y puede usar el mismo pantalón tres días de la semana. Es mayor el desgaste”.

La cabida -o no- del debate del “impuesto rosa” en el escenario colombiano dependería de factores como que la diferenciación de género en el mercado pueda ser cada vez más tenue. Arango señala ideales de masculinidad “que han chocado con la idea del uso de artificios (como el maquillaje). Pero en otros grupos sociales esos ideales estéticos han ido incorporándose, con variaciones, que no sea igual a como lo usan las mujeres, para que la norma de la virilidad no se vea amenazada”. Podría pensarse, por ejemplo, en la manicura masculina. Como afirma Nelly Delgado, dueña de una peluquería en el norte de Bogotá, de los clientes que se arreglan las uñas, 35% son hombres, una proporción que hace años era impensable.

Pero también está una creciente clase media, la cual según el Gobierno es el 30,5% de la población. “Esta población se llama “aspiracional” en mercadeo. Eso explica por qué en centros comerciales surgen cadenas que venden ropa no tan cara, pero con características de marca para que la gente aspiracional lo pueda tener. Un síntoma también es la falsificación de las marcas”, explica Mansilla. Un país que según Fenalco abre un centro comercial cada tres semanas pone a pensar si la guerra del centavo -que desplaza un “impuesto rosa” generalizado- tiene los días contados.

 

 

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María Alejandra Medina C.

Economía

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