La funeraria presidencial

Durante más de 125 años, la Funeraria Gaviria ha tenido la responsabilidad de preparar grandes funerales de Estado y de prestar sus servicios a empresarios y personalidades. Historia de un negocio familiar que se reinventa.

En julio de 2007 la Funeraria Gaviria preparó el funeral de Estado del expresidente Alfonso López Michelsen, quien falleció a los 94 años. / Gabriel Aponte - El Espectador

Mientras que en Colombia corrían los tiempos de la Regeneración y el país trataba de dejar atrás una extensa convulsión política —el presidente Rafael Núñez alistaba la Constitución de 1886—, Mariano Gaviria, un ebanista antioqueño, vivía de fabricar muebles para venderlos a sus vecinos de Medellín, una ciudad que en ese momento no tenía más de 40.000 habitantes. También, por el angustioso pedido de sus conocidos, elaboraba algunas cajas fúnebres.

Pero esa petición, con el paso de los meses comenzó a hacerse más recurrente para don Mariano, quien ya no dio abasto para fabricar ataúdes. En un intento por remediar la situación, el ebanista resolvió almacenar más féretros en su taller. En esa época no existían funerarias y los difuntos eran velados en sus hogares durante varias noches.

De ese modo, el ebanista, en compañía de su familia, comenzó a dar forma a un negocio, sin pensar que por él iban a pasar cinco generaciones a lo largo de más de 125 años y también los funerales de personajes de la vida pública como los expresidentes Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay, Virgilio Barco Vargas, entre otros.

Después de que la pequeña fábrica de féretros comenzó a tomar visos de funeraria y a ser conocida en Medellín, Francisco —hijo de don Mariano— resolvió partir a la Bogotá de comienzos del siglo XX para comenzar a ofrecer nuevos servicios a la gente adinerada de una ciudad que no superaba los 120.000 habitantes y que cada vez tomaba mayor relevancia como centro de poder. Así, en un pequeño taller de la calle 10 —cercano al Capitolio Nacional—, se instaló la Agencia Mortuoria de Mariano Gaviria.

Gladys Gaviria Segura, bisnieta de Mariano Gaviria, cuenta que su abuelo Francisco, después de llegar a ofrecer sus servicios funerarios a Bogotá, partió a Europa en busca de ideas para dar un nuevo aire a su negocio. Varios meses después regresó con un elegante carruaje fúnebre halado por enormes caballos percherones.

En 1934 falleció don Mariano y quedó al mando su hijo Francisco, quien en ese momento comenzó a tener más claro que la tradición de velar a los difuntos en las casas debía dar un vuelco, tal como ya había sucedido en países como Estados Unidos. Bajo ese empeño, alcanzó a dejar las bases de la actual Funeraria Gaviria y murió en 1944.

En ese momento, Eduardo y Francisco —nietos de Mariano Gaviria— continuaron la herencia funeraria. “Mi padre (Eduardo), vivió un tiempo en Estados Unidos y vio la necesidad de que los dolientes tuvieran un espacio donde no se involucraran en detalles como atender a quienes los acompañaban. Mi papá hizo dos salas de velación en el barrio Palermo de Bogotá. Fue difícil que tuvieran acogida, porque la gente era muy cerrada a sus costumbres”, cuenta la señora Gaviria, al tiempo que recuerda que su padre fue pionero en la importación del primer automóvil fúnebre que rodó por las calles de la capital.

Beatriz Elena Álvarez, gerente de la Funeraria Gaviria, explica que el negocio funerario ha tenido una transformación desde lo cultural y sabe de sobra que la intervención de un funerario no sólo es poner un cofre y prestar un servicio. “Si no entendemos las necesidades, será difícil dar lo que se espera. La muerte es lo más cercano que tenemos y estamos en negación con ella”.

Una funeraria presidencial

Desde que la funeraria se asentó en Bogotá, la familia Gaviria tuvo claro que tenía cómo prestar servicios de lujo a la hora en la que fallecieran importantes personalidades de la capital. Desde comienzos del siglo pasado, diferenciarse de la competencia fue el objetivo. Con el paso del tiempo comenzaron a recibir como encargo grandes funerales de Estado —realizados por lo general en el Capitolio Nacional— y de distinguidos personajes, cuyas familias ponían de por medio numerosos detalle a la hora de realizar el ritual fúnebre.

El listado de personalidades que ha atendido la Funeraria en más de 125 años es extenso. Jefes de Estado como Virgilio Barco Vargas, Julio César Turbay Ayala, Misael Pastrana Borrero, Guillermo León Valencia, Alfonso López Michelsen, Marco Fidel Suárez, Gustavo Rojas Pinilla, entre otros expresidentes de la República, han recibido sus servicios.

“Personajes del Gobierno, de la sociedad y empresarios siempre llegan a nosotros. No hemos fallado con ningún presidente. Sabemos que ante el fallecimiento de alguna celebridad, siempre estamos y tenemos todo organizado, con todos los detalles”, dijo doña Gladys, al tiempo que recordó que Carlos Pacheco, fundador del Grupo Colpatria y quien falleció en 2011, recibió los servicios de la funeraria.

Cuando murió el expresidente de la República Julio César Turbay Ayala, en septiembre de 2005, recuerda doña Gladys, los funerarios que prestaban el servicio y que corrían con todos los preparativos encontraron un serio problema. No era cuestión de las carrozas, que ya estaban listas e impecables, ni de las flores, ni tampoco del Salón Elíptico del Capitolio donde iba a ser velado el exmandatario. Todo recaía sobre un corbatín, accesorio que siempre, de forma impecable, acompañó a Turbay desde muy joven. “Mi hermano estaba de gerente y le tocó ‘revolotear’ para encontrar un sastre cercano que le hiciera el corbatín como era adecuado. Nosotros no sabíamos hacer corbatines”.

Y no sólo detalles como la logística que implica el funeral de una celebridad resultan importantes para la familia Gaviria. La labor del equipo de tanatopráxicos también es crucial para los parientes de los fallecidos, ya que de ellos depende, según la gerente de la Funeraria, que los dolientes puedan volver a recordarlos como eran en vida. Una de las innovaciones —única en el país y en la región— es la tanatopraxia reconstructiva, con la que se hacen ‘cirugías’ a quienes fallecieron en circunstancias trágicas.

Aparte de tener la responsabilidad de los funerales de Estado, la Funeraria Gaviria ha sido la encargada de despedir a empresarios, académicos, políticos, diplomáticos, artistas, entre otros. Por ejemplo, en abril de este año prestaron su servicio a la familia de Víctor Carranza, el fallecido zar de las esmeraldas. Tan sólo este funeral tuvo un costo de $40 millones (en Estados Unidos un servicio puede oscilar entre US$15.000 y US$25.000).

Enrique Acuña Leal (quien fundó las droguerías Acuña), Carlos Julio Vargas (creador de Carrocerías El Sol), Rafael Puyana (músico y clavicordista), José Salgar Escobar (periodista y jefe de redacción de este diario), Guillermo ‘La Chiva’ Cortés (también periodista), Fernando Londoño Henao (fundador de Caracol Radio y de Caracol Televisión) y Efraín Páez Espitia (fundador de Radio Melodía), han sido algunas de las personalidades que este año han recibido los servicios de la Funeraria Gaviria.

Para que cinco generaciones hayan pasado por el mando del negocio familiar, doña Gladys cree que el secreto es no tener conflictos entre los miembros de la familia. “Todos aportamos de alguna manera a la empresa. En la junta directiva hay cuatro personas de quinta generación, pero además de ser funerarios, la familia tiene sus profesiones y podemos lograr que aporten muchos conocimientos de sus carreras. Además, hemos tenido el acierto de tener un gerente que sea extraño a la familia. Eso nos une también”.

“Esta funeraria no va a tener fin, porque he visto que en la generación que me sigue hay interesados en que el negocio siga existiendo, igual o mejor. Me imagino que ellos les van a inculcar a sus hijos lo que es el servicio funerario; la parte humanitaria”, concluye doña Gladys, convencida de que la responsabilidad que tiene aún con sus antepasados, los fundadores de la Agencia Mortuoria de Mariano Gaviria, es muy grande.

hsandoval@elespectador.com

 

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