La gira en medio de la tormenta

Después de una parada en Rusia, Nicolás Maduro se encamina hacia Pekín, la que se perfila será la parada más importante para afrontar los serios problemas que presenta la economía de su país.

El presidente venezolano, Nicolás Maduro visitará China, Arabia Saudita, Irán y Argelia./ EFE

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, emprendió su gira para, como él mismo aclaró, “enfrentar los nuevos proyectos en las circunstancias que tiene nuestra patria, de merma de los ingresos producto de la caída estrepitosa de los precios petroleros”. De camino a China visitó Rusia y dentro de los destinos que aparecen en el itinerario están también Argelia e Irán, este último un viejo socio heredado de Hugo Chávez, aunque visto con reservas políticas y religiosas por el más pesado de todos los pesos pesados de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP): Arabia Saudita. Allí, en este último destino, Maduro también tiene estipulada una parada.

La gira no se trata de un intento de Caracas por estabilizar los precios o al menos detener la caída, sí estrepitosa, parafraseando a su líder. Sería obedecer a un deseo ingenuo pensar que Maduro tiene el suficiente peso diplomático o económico para lograr una proeza que dadas las actuales circunstancias resultaría mágica, épica y titánica. Aunque ciertos análisis sugieran que el heredero de Chávez partió de su país para buscar el bienestar de los suyos en tierras foráneas, la apuesta parece orientarse hacia un intento por paliar efectos nocivos en su maltrecha economía, en buscar nuevos amortiguadores para recibir un golpe —una continuidad en la caída del precio del barril— del que a ciencia cierta no se conoce intensidad y alcance.

Hace un año, el ‘eje’ Venezuela-Rusia-Irán gozaba de una sonoridad envidiable con un precio del barril de crudo por encima de los US$90. Hoy el debilitamiento de sus finanzas, con el barril por debajo de los US$50, ha menguado su influencia y mientras que la crisis toca las puertas de las naciones, la fortaleza de Arabia como foco de poder petrolero y de Estados Unidos, aupado por sus avances en autosuficiencia derivados del petróleo de esquistos, dan poco margen a un giro radical —y pronto— en el mercado. “¿A quién podría pedirle ayuda Maduro? Ni a Rusia ni a Irán, precisamente. Esos países, como Venezuela, tienen el agua al cuello. La gira, considero, no tendrá ningún efecto. Es un viaje que quizá sirva en este momento para dar unos días mientras pasa el temporal”, afirma Luis Mata Mollejas, presidente de la Academia de Ciencias Económicas de Venezuela.

El temporal: en noviembre, la inflación anual de Venezuela llegó al 63,6%; la venta de crudo y sus derivados, del que dependen el 96% de los ingresos de divisas, ve cotidianamente la pérdida de vigorosidad en sus precios; Maduro recurre a medidas impopulares, como restaurar el pago de 71 peajes de carretera que Chávez había levantado hace siete años, y mientras las maldiciones parecían ponerse en fila, la firma Datanálisis —en la última semana— publicaba un sondeo que apenas le otorgó un 22% de popularidad al jefe de Estado en el comienzo de un año electoral.

Nicolás Maduro necesita apoyo y tal vez por eso, dentro de la agenda del viaje, la escala más importante se encuentra en China, acaso la única nación que podría socorrerlo económicamente, una “hermana” —así la describe el presidente— ideológica grande y poderosa que podría darle aire mientras, como un nadador exhausto, intenta alcanzar la superficie. De hecho, en abril de 2014, el gobierno de Caracas hacía cuentas con la alegría petrolera de su lado: un millón de barriles de petróleo diarios serían enviados a China desde 2015, que a la postre se convertirían en un abono constante a la deuda que Venezuela ha venido adquiriendo con Pekin en los últimos años. El último de los grandes préstamos se tasó en US$5.000 millones y tuvo lugar en septiembre de 2013, un instante de baja liquidez para el gobierno bolivariano.

Ya nada es lo mismo, menos cuando ese cálculo optimista de un millón de barriles diarios hoy vale casi la mitad de lo que costaba entonces. De acuerdo con el presidente del Banco de Desarrollo chino en Caracas, Hu Huaiban, China le había prestado a Venezuela US$55.000 millones hasta mediados del año pasado y, en ese tiempo, el propio Huaiban establecía la contraprestación en 540.000 barriles de crudo venezolano diario. Las prendas de garantía han cambiado y Maduro anunciaba y explicaba su gira con un particular énfasis en el aspecto chino: “Trabajar proyectos diversos de carácter económico, financiero, energético, tecnológico y educativo para el desarrollo integral”. Proyectos que, por qué no, podrían constar de un aumento en la liquidez nacional a costa del enorme acreedor asiático.

 

 

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