Hidrosogamoso, a mil por hora

Ambientalistas rechazan la construcción de hidroeléctricas para generar energía. La obra producirá el 10 % de la energía que requiere el país.

Como verdaderos malabaristas, los trabajadores que construyen la hidroeléctrica de Hidrosogamoso aseguran las varillas que servirán de esqueleto a una de las paredes que contendrán la montaña.  /  Fotos: Andrés Torres
Como verdaderos malabaristas, los trabajadores que construyen la hidroeléctrica de Hidrosogamoso aseguran las varillas que servirán de esqueleto a una de las paredes que contendrán la montaña. / Fotos: Andrés Torres

Cuando encendemos un bombillo no cuestionamos la forma como se generó esa energía: si se atentó contra el medio ambiente, si se vulneraron los derechos de las comunidades que viven o habitaban en las zonas aledañas a una hidroeléctrica, cuánto costó la ejecución de la obra y si valió la pena inundar miles de hectáreas verdes para construirla. Lo importante es tener energía en casa.

Por una invitación de Isagen, logramos llegar hasta el corazón de Hidrosogamoso, en Santander, un lugar al que no puede acceder nadie sin el permiso de los dueños del proyecto, que durante los últimos tres años y medio, y de manera silenciosa, han construido el 75 % de la obra, que a partir de diciembre de 2014, o antes, ofrecerá el 10 % de la energía que requiere el país.

Así como se siente de diminuta una persona en los Campos Elíseos, en las Cataratas del Niágara o en la represa de Hoover, así se siente estar en las entrañas de la montaña que fue transformada para dar paso a la obra de infraestructura más importante de Santander en los últimos 200 años.

Allí se construye de día y de noche, con cerca de 7.000 personas, que en medio de las más intrépidas maniobras, pero protegidas por inflexibles normas de seguridad, alcanzan los lugares más extremos para hincar un perno que permita soportar la estructura que durante los próximos 100 años generará 5.056 gigawatios de energía/hora para el país.

Para ello fue necesario desviar el río Sogamoso, medida muy cuestionada por los ambientalistas, por considerar que alteraron el ecosistema del lugar, lo que sin duda afectará el medio ambiente por los nuevos microclimas que se generarán.

Sin embargo, el presidente de Isagen, Luis Fernando Rico, cree lo contrario: que es un proyecto que ha cumplido con todo el protocolo internacional y que sin duda será menos agresivo con el medio ambiente si se le compara con aquellos que usan carbón o una planta nuclear para obtener la energía.

Durante el recorrido por la central subterránea, un laberinto intrincado donde estarán las tres unidades de generación, Rico sonríe al ver como en medio de un calor infernal avanzan las obras que terminarán este año, lo que le permitirá tener una holgura de un año para ajustar los problemas que este tipo de obras puede presentar en su afinación para ponerla en marcha.

Ya en la superficie, Rico muestra todo lo que será inundado. Un área de 7.000 hectáreas, donde se depositarán 4.800 millones de metros cúbicos de agua que generan la energía al pasar por las turbinas y que se vertirán al río Sogamoso sin alterar su composición, para que continúen su recorrido hacia el mar.

Técnicamente todo está bien y es de resaltar el trabajo a cargo de un ingeniero italiano de Impregilo que vive en el corazón de la montaña para cumplir al pie de la letra el contrato. La pregunta de todos los reporteros que visitamos la obra apuntó a las comunidades ubicadas en la zona de influencia del proyecto, unas 160 familias que hoy hacen parte de un programa que no sólo las dotará de un terreno de cinco hectáreas, sino de casa y de un programa productivo en el que desarrollarán actividades agrícolas y ganaderas, que antes no podían adelantar por falta de tierra y de acompañamiento.

Lo cierto es que durante el recorrido no tuvimos acceso a dialogar con las comunidades, pero algunos trabajadores entrevistados por El Espectador señalaron que el proceso es bueno y que una vez acaben las obras, ellos van a dejar de estar colgando de los andamios y las varillas para ir a cultivar cacao o realizar labores de ganadería en la zona.

Grupos de ambientalistas y de campesinos afectados insisten en que el proyecto tiene más efectos negativos que positivos. Entre los mayores temores que ha manifestado la comunidad se destacan los de los pescadores, por “el riesgo de desecación de la ciénaga a causa del represamiento del río Sogamoso”. La pérdida de los suelos aptos para la agricultura, debido a la inundación necesaria para la hidroeléctrica, también preocupa a los agricultores.

De acuerdo con Tatiana Roa, coordinadora de la ONG Censat Agua Viva, expertos en medio ambiente, esa megaobra destruirá la dinámica natural del río y se cambiarán las condiciones de humedad que requiere el cacao para una producción óptima.

Entre los municipios afectados están Betulia, San Vicente de Chucurí, Zapatoca Sabana de Torres y Lebrija.

A estas denuncias, Ana María Gómez Mora, directora del Plan de Manejo Ambiental y Social del proyecto, sostiene que todos estos aspectos se tuvieron en cuenta para atender a estas comunidades, unas 600 personas, y que para ellos se destinarán $900 mil millones, de una obra que cuesta $4,1 billones y que va a mil por hora.

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