Inflación carcome bolsillos de argentinos entre miedo y resignación

La carne vacuna, afamada por su calidad y alimento básico de los argentinos, resulta un lujo en la mesa de muchos hogares.

Bloomberg News

Daiana Alonso, una camarera de Buenos Aires de sueldo magro, suspendió la compra de carne y pollo por el impacto de la súbita alza de los precios en enero en Argentina, donde este jueves se anuncia el índice oficial de inflación.

"Los aumentos se sienten cuando vas al supermercado. Dejé de comprar carne y pollo, que aumentaron mucho", cuenta a la AFP Alonso, que pasea por el centro de Buenos Aires durante un día franco de su trabajo como camarera en una cafetería de la periferia oeste. Junto a ella marcha su hija de 4 años, que consume leche en polvo, cuya lata "pasó de 45 pesos (5,77 dólares) a 55 (7,03 dólares)" en un abrir y cerrar de ojos.

La carne vacuna, afamada por su calidad y alimento básico de los argentinos, resulta un lujo en la mesa de muchos hogares, luego de que el precio de los cortes más populares se fuera por las nubes con aumentos de hasta el 23% desde comienzos de año.

"Las cosas aumentan, pero los sueldos no", dice Alonso, evocando una fórmula demasiado conocida en un país con larga tradición inflacionaria, y con la perspectiva de un incremento del 30% del costo de vida para este año, según consultoras privadas.

Este jueves, el gobierno divulga el índice de inflación de enero bajo un nuevo sistema de medición, elaborado con el asesoramiento del Fondo Monetario Internacional.

Se presume que esta cifra mensual batirá un récord histórico desde la crisis económica de 2001, afectada por una devaluación del peso que llegó al 18% en enero, lo que disparó la psicosis en un país con las heridas frescas de la hiperinflación de 1989.

Según la medición de consultoras privadas que divulga la oposición en el Congreso, la inflación fue de 4,61% en enero, mientras que en todo 2013 totalizó un 28,8%, el índice más alto en la última década.

- Candado a los precios, alarma a los quesos -

Para frenar la escalada del costo de vida, las autoridades sellaron acuerdos con sectores productivos y de distribución.

Mientras el gobierno intenta ponerle un candado a los precios, algunos supermercados han optado por ponerle alarmas electrónicas a los sobres de queso rallado y las latas de atún, de consumo habitual en la mesa de los argentinos, como si fueran perfumes importados o prendas exclusivas.

El aumento de los precios no solo afecta a los alimentos. Esta semana, las autoridades y los laboratorios firmaron un acuerdo para bajar el costo de unos 18.600 medicamentos a los niveles de antes del 15 de enero.

Laura Martínez compra cada mes un medicamento para su hija de 9 años. A principios de enero lo pagaba 1.770 pesos (226 dólares) y unas semanas después, en febrero, ya le costaba 2.000 (256 dólares).

"Lo llevo igual, ¿qué otra cosa puedo hacer?", se pregunta frente al farmacéutico.

Una farmacéutica del centro porteño que pidió permanecer en el anonimato aseguró a la AFP que "aumentaron todos los medicamentos un 30% o más. Un nebulizador que salía 500 pesos (63,9 dólares) la semana pasada hoy está a 800 (102,3 dólares). Un repelente de mosquitos estaba a 40 pesos (5,1 dólares) y hoy a 75 (9,6 dólares)".

"La gente no puede dejar de comprar los remedios, se le va la vida en eso", advierte.

Gerardo Felippini, de 52 años, tuvo el mal tino de iniciar refacciones en su casa justo en medio de la fiebre de precios.

"Un fregadero de acero de fabricación nacional que valía 2.000 pesos (256 dólares) al otro día costaba 2.500 pesos (319,7 dólares), lo mismo con la bolsa de cemento (...) pero además retacean el stock, borraron descuentos por pago efectivo y no se consigue financiación", cuenta, y asegura que los comerciantes del rubro le echan la culpa a los proveedores.

Juan Selatore, vendedor con más de 30 años de experiencia en el rubro de la construcción, asegura que "esta locura" la vivieron sólo durante el final -anticipado- del gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989), cuando los precios se dispararon un 3.000%

Pese a todo, la gente sigue consumiendo y no hay señales visibles de derrumbe económico en Buenos Aires, aún lejos de las imágenes del estallido de 2001, que desencadenó la peor crisis de la historia argentina.

 

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