"Para innovar hace falta volver a las raíces"

La diseñadora pastusa Adriana Santacruz busca en las técnicas ancestrales de tejido del pueblo indígena nuevos caminos para la moda.

Desde la tierra del Galeras, Adriana Santacruz ha llevado sus colecciones a Europa, EE.UU. y Latinoamérica. / Fotos de Luis Ponce y Zico Rodríguez

La ley de origen de los indígenas pastos, que habitan la franja andina comprendida entre el sur del departamento de Nariño, en Colombia, y la región del Carchi en Ecuador, otorga a la tierra un carácter sagrado. Creen estos pueblos, que han cautivado a la diseñadora de modas Adriana Santacruz, que la tierra es la gestora de todas las formas de vida y el lugar de reposo de los espíritus de sus antepasados.

Motivada por el deseo de mostrarle al mundo el acervo cultural de los nariñenses, decidió en 1999, cuando terminaba la carrera de diseño de modas en la Universidad Autónoma de Nariño, dedicar su tesis de grado al estudio de las técnicas de tejido que, generación tras generación, han aplicado las mujeres del pueblo pasto. “Ahí subyace una poderosa fuerza de imaginación”, dice hoy la diseñadora.

“En 1999 me encontré con las artesanas del sur de Nariño. Desde entonces, la mezcla de sus saberes tradicionales con mis conocimientos en el campo del diseño inspiraron un proyecto en el que para innovar jamás he descartado la sabiduría ancestral”.

Para los pastos, más que un oficio, la tejeduría constituye una forma de vida y de pensamiento en el que confluyen el conocimiento técnico y el legado espiritual, elementos que, junto a la naturaleza orgánica de los materiales utilizados para tejer, cautivaron la atención de Adriana Santacruz.
“Desde un principio percibí el potencial estético y ecológico de los materiales utilizados para tejer como el algodón y la lana. Estos, al igual que las tinturas de plantas como la chilca, la yerbabuena, el saúco, el barrabás y la caléndula, son 100% naturales, por lo que su empleo se encuentra en perfecta sintonía con el cuidado de la tierra”.

Sin embargo, lo que más curiosidad le causó fue la increíble capacidad que “las manos legendarias” de los indígenas tienen para producir verdaderas obras de arte sin la necesidad de utilizar aparatosas maquinarias ni contar con las enormes, y en muchas ocasiones contaminantes, instalaciones de las fábricas textiles. Familias enteras se congregan alrededor de las ‘tulpas’ (fogones) de sus casas para participar en la elaboración de los tejidos. “Retuercen, urden, tejen. Su mejor herramienta: la ‘guanga’ o telar, su mayor inspiración: la Pacha Mama”. De sus manos salen las piezas que luego representan la cultura pasto en el resto del país y el mundo.

Para Kate Fletcher, diseñadora británica experta en moda sostenible, la industria de la moda se ha desconectado de la preocupación por el equilibrio ambiental y la preservación de las culturas tradicionales. Algunas prácticas de esta industria “refuerzan las desigualdades, someten a los trabajadores a un régimen de precariedad y explotación laboral e incrementan el impacto ambiental al utilizar inadecuadamente los recursos naturales y generar residuos tóxicos durante su procesamiento, manifestó Fletcher en una entrevista para Monográfica, una revista de diseño de modas.

Según Fletcher, “pasar del consumo desaforado de los recursos naturales al aprecio del mundo natural es una cuestión impostergable en la industria textil”. Una de las principales propuestas de la moda sostenible es observar atentamente la forma como actúa la naturaleza e imitar los principios de cooperación, simbiosis y eficiencia que la rigen. “La naturaleza es versátil, ligera, flexible, diversa. Ahí están las claves para contrarrestar los efectos de una industria dominada por la estandarización y la homogeneización”.

El proyecto de Adriana Santacruz constituye una vanguardia de la moda sostenible. Al alejarse de las lógicas que rigen la industria textil tradicional, argumenta que está intentando impedir que las prácticas de consumo masivo pongan en detrimento los recursos naturales, la calidad de vida y la justa remuneración de sus colaboradores. Alrededor de 45 familias indígenas trabajan junto a ella “en un acuerdo de honor, bajo el principio del desarrollo humano sostenible”. Las rutinas del trabajo de los tejedores y tejedoras corresponden a sus hábitos ecológicos y socioculturales. Al igual que el cultivo de la chagra y la realización de las mingas, la tejeduría convoca al cuidado colectivo del medio ambiente y a la multiplicación de los usos y saberes milenarios sobre la tierra.

Angélica Gallón, editora jefe de la revista Fucsia, dice que “la capacidad de ponerles diseño a las prácticas ancestrales de tejido” ha convertido a Adriana Santacruz en la “vocera de una tradición que para muchos resulta desconocida”. “A través de su ropa, Adriana está perpetuando cosmogonías, culturas milenarias, formas particulares de ver el mundo, retomando antiguos conocimientos para transformarlos en vanguardias”, manifiesta.

Siguiendo la costumbre pasto de la “Espiral del Universo” o “Churo Cósmico”, proyecta la creación de sus prendas como un ‘eterno retorno’ en el que volver a las raíces es indispensable.

“Sara y el halcón”, “María y el rey”, “Mar Coralina” y “Horus” son algunas de las colecciones que ha llevado a la Semana de la Moda en Medellín, al Bogotá Fashion, a Colombiamoda y al Vancouver Fashion Week. Su última colección, que próximamente se trasladará al World Fashion Week de París, recibe el nombre de “Relámpago” y combina materiales inusuales como el neopreno, la lana de oveja, el paño alpaca, entre otros materiales con los que dará lugar a la producción de novedosos chalecos, chaquetas y tradicionales abrigos.

Cada una de las piezas es única y posee un significado particular. “Las prendas están diseñadas para mujeres modernas y elegantes, identificadas con valores étnicos y culturales de arraigo tradicional”.

La cuidadosa observación de la naturaleza por parte de Adriana Santacruz ha acompañado procesos creativos que culminan en la producción de piezas tan diversas como las principales fuentes de su inspiración: los paisajes del departamento de Nariño, un lugar donde la selva amazónica con su espesa vegetación, el océano Pacífico arrullado por las marimbas y el Nudo de los Pastos en la cordillera de los Andes son la trama y la urdimbre de un incomparable tapiz ecocultural.