La integración pragmática

El nuevo bloque económico avanza en medio de un vecindario que piensa diferente. Su temprana consolidación ha sido posible gracias a las semejanzas económicas de sus miembros y a objetivos limitados, fáciles de cumplir.

En mayo de 2013, durante la cumbre de la Alianza del Pacífico en Cali, los presidentes Enrique Peña Nieto (México, izquierda), Juan Manuel Santos (Colombia), Ollanta Humala (Perú) y Sebastián Piñera (Chile), anunciaron la eliminación de aranceles para el 92% de los productos producidos por sus países. / Archivo

Los últimos meses han estado marcados por las malas noticias provenientes de América Latina. Se han presentado protestas y una inflación galopante en Venezuela, una disminución en las reservas extranjeras, una devaluación forzada en Argentina y pronósticos sobre otro año de crecimiento lento en Brasil. Pero eso no significa que la llamada ‘década de América Latina’, anunciada hace tan sólo cuatro años, se haya acabado. Por ejemplo, Colombia, Chile, México y Perú dieron un gran paso al formar el bloque comercial de la Alianza del Pacífico, el cual, a través del libre comercio entre sus miembros, busca darle un nuevo respiro económico a la región.

Aunque muchos disientan del término “libre comercio”, la alianza ha sido descrita como “inspiradora” (por Costa Rica) y “el evento más interesante de América Latina en este momento” (por Felipe Larraín, exministro chileno de Finanzas). Una razón del entusiasmo es su tamaño. Si fuera una sola economía, se ubicaría entre las 10 más grandes del mundo. Juntos, sus miembros abarcan el 39% de la economía latinoamericana, valorada en 2012 en US$6 billones, y casi la mitad de los US$144.000 millones que recibe de inversión extranjera directa.

También está su actitud hacia el comercio. La alianza contiene algunas de las economías regionales mejor administradas, más amigables a la inversión y de más rápido crecimiento; es vista cada vez más por los banqueros de inversión como un líder de fusiones y adquisiciones que traspasan las fronteras.

Pero el principal argumento de ese interés es lo que el bloque se ha propuesto alcanzar. Su objetivo es generar economías transfronterizas de escala y encadenamientos productivos para ayudar a sus miembros a tomar provecho total de la cuenca del Pacífico (los países de América y Asia que conforman la región de crecimiento más acelerado en el planeta). Los avances en productividad les permitirían a los miembros del acuerdo continuar con los rápidos crecimientos económicos una vez concluyan tanto el boom de commodities como las políticas occidentales de expansión monetaria.

La integración comercial, por supuesto, no es una aspiración reciente en la región. Mientras su comercio interno abarca tan sólo el 29% del total (comparado con el 70% de Europa), sus beneficios potenciales son más grandes. Las cadenas de suministro que China tiene con sus vecinos, o que EE.UU. mantiene con México, escasamente existen en Suramérica. Tristemente, la subregión cuenta con una larga historia de promisorios pactos comerciales que no alcanzaron su pleno potencial. Un ejemplo es Mercosur (el Mercado Común del Sur), cuyo nacimiento en 1991 generó gran entusiasmo. Hoy, sin embargo, el grupo dominado por Brasil, y que incluye a Argentina, Paraguay, Uruguay y la Venezuela socialista, luce más como un escenario antiestadounidense que un bloque comercial.

Aunque persiste el peligro de generalizar, sus economías tienden a un lento crecimiento y a sufrir de una inflación más alta que aquellas de la Alianza del Pacífico. “Si Mercosur representa al socialismo del siglo XXI, la alianza lo hace al capitalismo del siglo XXI”, dice Barbara Kotschwar, del Instituto Peterson para Economía Internacional en Washington. “Tiene un enfoque pragmático hacia el desarrollo, incorporando elementos de inclusión social al igual que políticas de liberalización económica”.

Aquella prédica no siempre encaja bien en la región. Algunos críticos califican como la alianza “del mercadeo”, lo cual no es malo si diferencia a un país de otro con crecimiento lento y vecinos volátiles. Por otra parte, Rafael Correa, presidente de Ecuador, la ha calificado de “más neoliberalismo” y Evo Morales, mandatario boliviano, la describe como un plan de Washington para dividir a la región.

La respuesta usual de la Alianza del Pacífico es que no está en contra de nadie. “Somos una iniciativa económica, no política”, dice Juan Manuel Santos, presidente de Colombia. En efecto, en muchas formas recuerda las teorías del “regionalismo abierto” que prevaleció en los años 90. Esto derivó en el Mercosur y la largamente anquilosada Comunidad Andina, y afirma que la apertura al comercio global es más ventajosa si se combina con mercados regionales profundos. Ese regreso a la teoría económica puede sonar inquietante. De hecho, los obstáculos para el éxito del nuevo bloque son enormes.

Geográficamente es un acuerdo que se extiende por 10.000 kilómetros de territorio y en medio de muchos países que no son miembros. También es fácil realizar pronunciamientos, pero lo difícil es implementarlos. La falta de una armonización fiscal, por ejemplo, ha obstaculizado el progreso de su mercado de capitales: el Mila, su bolsa conjunta, tiene un volumen diario que abarca un tercio del mercado bursátil brasileño (Bovespa), a pesar de contar con capitalizaciones de mercado similares.

Los cambios en el liderazgo político también pueden ralentizar el ritmo de la integración. Michelle Bachelet, la nueva presidenta chilena, ha manifestado que quiere profundizar los vínculos con Argentina y Brasil, aunque eso no necesariamente significará abandonar los progresos del bloque.

Por último, está la cuestión crucial de desarrollar nueva infraestructura debido a los débiles lazos de transporte que han frenado la integración regional. Dos de los principales puertos de la alianza, el colombiano de Buenaventura y el mexicano de Lázaro Cárdenas, están bajo alerta continua debido a problemas de seguridad.

Aunque la Alianza del Pacífico puede seguir el camino de otros acuerdos latinoamericanos, ha llegado más lejos en tan sólo dos años: eliminó los aranceles para el 92% de los productos, suprimió las visas de corta permanencia (lo cual puede fortalecer al capital humano) y sus miembros conforman misiones comerciales conjuntas en el exterior. Una razón para estos avances es que sus metas son limitadas a propósito. No hay grandes planes para implementar una moneda común o un secretariado; de hecho, las disputas comerciales pueden dirimirse en la Organización Mundial del Comercio.

Todos sus países están comprometidos con liberalizar el comercio, lo que se demuestra con los acuerdos comerciales previamente firmados entre ellos. Mantener a la alianza como “una coalición de voluntades” es de suma importancia dada la larga lista de candidatos potenciales, que incluye a Costa Rica, Panamá, Canadá y Uruguay.

¿Qué podría ser un indicador de éxito económico? Kotschwar sugiere que “cuando puedas beber pisco sour ‘hecho en la alianza’ en un bar de Tailandia o de China, será cuando pueda decirse que la integración se hizo realidad”.